[gay] Lo mejor está por venir

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Volvió a su apartamento, estaba resultándole difícil dejar de pensar en Regina y su situación. Estaba comenzando a sentirse culpable por no insistir demasiado cuando ella dejó de responder sus llamadas. Sabía que ellos seguían juntos por Marissa, ya que ella y Saúl, el primo de Regina, eran novios desde la secundaria, incluso parecían estar por comprometerse. Se dio un baño caliente y tras secarse se arrebujó dentro de las cobijas para intentar conciliar el sueño, pero le resultó imposible. Se levantó de nuevo y se vistió, cogió una pequeña maleta que su madre le había obsequiado para sus últimas vacaciones dos años atrás, y guardó un par de mudas, su cepillo de dientes y su loción,  tomó en sus manos su cartera, las llaves del coche y del departamento, y su móvil. Iría a buscar a Regina, sabía que era mala hora para hacerlo, pero por algún motivo no podía dejar de pensar en ello, y no estaría tranquilo hasta hacerlo.

Cerró su apartamento y caminó hasta el aparcamiento, echó la maleta en la parte trasera del auto y entró dispuesto a conducir por hora y media hasta la casa de Regina. En cuanto encendió el auto comenzó a reproducirse “The Reason”, de Hoobastank, la canción favorita de Armando, había sido incapaz de tirar el CD que su expareja le había obsequiado poco antes de largarse. Sacó el disco compacto del reproductor y lo colocó en su respectiva caja, volviendo a guardarlo dentro de la guantera, no estaba de humor para deprimirse de nueva cuenta. Condujo por la autopista hasta llegar a su ciudad natal, pensó que sería mejor dirigirse primero a casa de sus padres para explicarles y tener dónde dormir después de ver a Regina, funcionara bien o no ese reencuentro con su mejor amiga.

—¿Todo está bien Marco? —le preguntó su padre con obvia preocupación dibujada por todo el rostro—, te acabas de mudar y…

—Todo está bien papá, sólo vine porque debí hablar con Regina antes de irme… —dudó unos segundos—. Debí arreglar aquella pequeña riña que tuve con ella hace un tiempo…

Su padre sonrió aliviado. Parecía como si aquella respuesta le hubiese quitado un enorme peso de encima, y por más que le dio vueltas a la idea en su cabeza, no pudo encontrar una respuesta que explicara aquel cambio en la expresión de su padre.

—Deja tus cosas en tu habitación, Marco —le dijo sin más—; supongo que irás a ver a Regina mañana por la mañana, ¿me equivoco?

—De hecho planeaba ir hoy mismo…

—Hijo, son casi las once de la noche, ¿no crees que sería mejor esperarte?

—No sé por qué, pero no me siento tranquilo —explicó preocupado—; es extraño, por lo general no pretendo ser imprudente, pero…

—Si eso te hace sentir más tranquilo, adelante —escuchó la voz calma de su madre desde el umbral de la puerta de la cocina—. Estoy segura que una vez que puedas ver que todo está en orden estarás mejor.

—Gracias —respondió con una ligera sonrisa—; entonces, los veo en un momento.

Volvió a su auto, condujo hasta la casa en que Regina y su marido vivían, todavía había luces encendidas y desde su auto pudo escuchar bastante alboroto en el interior del inmueble, ¿una fiesta quizás?, no, el ruido parecía más bien una discusión algo acalorada y el llanto de un niño. Se armó de valor y bajó del auto. Caminó hasta la entrada de la casa y presionó el timbre sin obtener respuesta, los gritos no cesaban, tocó el timbre en repetidas ocasiones hasta escuchar un fuerte golpe, como si algún objeto pesado hubiese caído por la escalinata, y entonces obtuvo respuesta.

—¡Ya le he dicho señora Martínez que no se meta en donde no la llaman! —la voz de Tomás se escuchaba alterada, quizás estaba bebido de nuevo y además enojado por alguna razón.

—¡Soy Marco! —anunció casi a gritos. Silencio. De pronto escuchó pesados pasos acercarse hacia la puerta, supo que Tomás estaba enojado por aquellos pasos, imaginó que habría problemas por su presencia allí.

La puerta se abrió de golpe, el rostro de Tomás tenía algunos rasguños poco profundos; llevaba en su mano una maleta y al verlo una mueca de asco se trazó en su rostro.

—Tenía que ser el amigo maricón de mi esposa… —le escuchó bufar—. ¿Qué carajo haces aquí?

—Vine a ver a Regina —respondió sin más explicaciones.

—¿Y te parece que son horas?

—Me parecen mejores horas para visitas que para gritos y golpes —dijo abriéndose paso dentro de la casa— ¿Regina?, ¿está todo bien?

Tomás salió deprisa, se subió en su auto y desapareció en la oscuridad de la noche sin mirar atrás. Dio amplias zancadas a través de la estancia, su corazón latía a mil, estaba asustado. De pronto, en el pasillo, justo al pie de la escalera vio a su amiga tumbada en el suelo, inconsciente. Se apresuró a revisar que su mejor amiga estuviera respirando, suspiró aliviado. En su móvil digitó el número de emergencia y pidió una ambulancia, no tenía demasiados detalles qué darle a la operadora telefónica sobre lo sucedido se limitó a describir lo visto y aguardó a que la ayuda llegara al lugar.



Saga Zuster

Editado: 06.01.2019

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