Green Hill

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DE LA MUERTE Y VIDA

El verano estaba apunto de llegar a su fin, mirando por la venta y haciendo un poco de esfuerzo se podía notar que las hojas de los árboles comenzaban a dorarse y cuando salias podías notar como el intenso calor poco a poco comenzaba a ser opacado por las corrientes frescas que eran más frecuentes cada noche, aunque para él aún faltara demasiado tiempo para despedirse por completo de la estación actual. 

Encerrado en aquella aula donde siempre se respiraba esa misma esencia; una mezcla entre libros viejos, la ya demasiado diluida esencia del mar y la fresca brisa que llega cuando te posas debajo de una sombra en el verano. Un aroma al cual antes de darte cuenta terminas acostumbrandote. Aunque fuera el único en acercarse a aquella habitación desde que ese falso club fue dejado en sus manos, jamás sintió que hubieran motivos para no asistir cada día después de clases, poner su nombre en la lista de asistencia y comenzar la rutina que por lo general terminaba con una siesta después de un par de capítulos leídos del libro de ese momento. 

Después de un largo día de no hacer nada y tomar descansos cada tanto llegaba a casa, como de costumbre ignoraba los mensajes que aquel pequeño foco rojo indicaba desde el teléfono cercano a la entrada, caminaba sobre sus propias huellas del día anterior hasta su habitación donde se acostaba sobre la cama una vez entraba, arrojaba la mochila a su suerte y como de costumbre miraba sin interés el techo de la habitación, no había nada en su mente, se perdía durante horas inmerso en no pensar en nada hasta que su estomago hambriento lloraba por alimento.

Una casa demasiado grande era ahora la morada de un solitario estudiante que (aunque podía) evitaba complicarse y cocinaba lo más simple que le pasara por la mente con los pocos ingredientes que aún eran comestibles del refrigerador. 

Después de vagar por la casa como alma en pena regresaba a su habitación con el estomago menos vacío y con la misma resignación de todos los días se preparaba para dormir.

 

 

 

 

 

Las voces de los alumnos llenaban los pasillos cuando el timbre que anunciaba el fin de las clases sonaba, él como de costumbre salió como una suave corriente de aire que nadie notó y se encaminó a la misma aula a la cual había dedicado ese largo medio año de su segundo grado repitiendo desde entonces el mismo ciclo cada vez que la misma campana sonaba para anunciar una vez más lo que ya fue mencionado. 

Una novela que había leído hasta casi memorizar todos los diálogos principales había sido la elegida como cada vez que había la oportunidad. El sonido de las hojas del gran árbol que estaba fuera de la ventana lo adormecía y la música clásica que sonaba en su memoria tecla por tecla lo arrullaron hasta que el sueño lo supero.

Un parpadeo y la dorada tarde se había vuelto toda oscuridad, miró a su alrededor un poco atontado pero nada sorprendido ya que esto era algo que pasaba con bastante frecuencia, así que guardo sus cosas en la mochila y salio de la habitación después de apagar las luces. Permaneció de pie frente a la puerta del salón cerrado y suspiró, no había motivo, ni tampoco necesitaba uno, simplemente deseaba hacerlo.

Primer paso y silencio. 

Segundo paso y silencio. 

Tercer paso y un fuerte sonido lo detuvo. 

Escaleras arriba, el sonido de la puerta que daba al techo de la escuela sonó y esto si causo sorpresa en él, ya que las clases habían terminado hace bastante tiempo y los horarios de los clubes igual, además de que ese era el edifico antiguo de la escuela y los clubes cercanos no tenían necesidad alguna de subir hasta el último piso sin razón alguna, así que el hecho de que aún hubiera alguien lo hizo dudar y casi sin pensarlo comenzó a subir. 

Las luces del lugar se habían apagado junto con el resto y subir sólo teniendo como guía la idea de que para llegar a los más alto solo hace falta no perder la noción de los escalones era una idea que lo molestaba un poco. Pesé a eso siguió. 

El edifico constaba de tres plantas, de las cuales sólo dos eran usadas por los clubes, en su mayoría eran deportivos y por comodidad estaban en la primera planta donde también había vestidores y espacio vacío suficiente para guardar los materiales que llegaran a utilizar para sus prácticas. Ahora bien, en el segundo sólo había un club formado por un único miembro, este era "el falso club de literatura" apodado así por la misma tutora de los ex alumnos de grados superiores que accedió a que permaneciera un club con un solo miembro aunque oficialmente la escuela no lo viera así y, ya para finalizar, estaba el ultimo piso, tierra inhóspita que se había perdido en el tiempo ya que nada de éste había cambiado desde que la escuela se fundo, con esto lo único destacable de este lugar, era que al subir un poco más llegabas a la entrada del techo donde no había nada en particular ni nada en especial y, continuando con aquel joven, ese era el lugar donde estaba justo ahora, pensando en el por qué había llegado hasta ahí sólo por un simple ruido. Esta vez suspiro (teniendo por fin un motivo) después de percatarse de que la puerta seguía abierta. 

Apretó un poco la mochila que sostenía en una mano y abrió la puerta sin prestarle mucha importancia a lo que pudiera encontrar, pero tomándolo por sorpresa el estrellado cielo del verano lo hipnotizó, acompañado de una suave brisa que sacudió su despeinado cabello y siendo la misma brisa la que lentamente lo guió de regreso a la tierra donde con aquella mirada desinteresada pudo observar la delgada silueta de esa joven cuyo largo cabello bailaba con el aire y que con elegancia mantenía el equilibrio sobre la reja metálica de seguridad.

Ella sostuvo un mechón de cabello y lo colocó detrás de la oreja con un suave movimiento dejando que su hermoso rostro se mostrara iluminado por la luz de la luna que no hacia más que dar la impresión de que frente a él se mostraba una imagen divina o por lo menos lo más cercano posible. Sin embargo, algo ya anunciaba que algo saldría mal. 



Esau Longoria

Editado: 17.04.2019

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