Guardián de almas ©

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CAPÍTULO 2

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Quedé con la mirada hacia la chimenea, estaba sin palabras, helada y con miedo. Nunca pensé escuchar una historia de ese calibre viniendo de mi madre, pensé más bien, que nunca le había pasado algo extraño; sobre todo, a lo que respecta a fantasmas.

Pero me había equivocado. ¿Ahora como podré dormir?

Estaba más que claro, que no dormiría en toda la bendita noche, estaría tapada de pie a cabeza; nunca me gustaron las historias de fantasmas, ni mucho, viniendo de un integrante de mi familia.

Cierto, contaba el hecho del evento del cementerio. Quizás fue mi imaginación.

—¿Qué hacen tan calladas, mis hermosas mujeres? —preguntó papá, viniendo bañado y fresco. En sus hombros cargaba una toalla para secar su cabello, tenía puesta su bata de dormir con sus anteojos colgados en el pecho.

—Solo teníamos una charla de madre e hija. ¿Quieres saber si nuestra pequeña tiene novio? —preguntó mamá en tono burlo. Mi padre solo comenzó a reírse; sabía perfectamente que no tenía ningún novio.

—Mi pequeña no tiene novio, vida. Es demasiado pequeña para tenerlo —declaró mi padre, sentándose a un lado de mi madre. Ella enseguida dejó la taza de chocolate en la mesa, y sujetó la toalla del cuello que tenía papá y comenzó a secar su cabello de manera muy cálida.

—No cantes victoria. Tiene la edad suficiente para sentir atracción hacia un chico, así que deberías estar preparándote para que te diga que le gusta alguien. —Mi padre gimió, mientras que mamá y yo soltamos a reírnos por su acción celosa.

—Quiero pensar que ningún imbécil la va a tocar —dijo a medida que miraba a mi madre—. Alice, hay hombres bien malos. Te diré unos consejos, ellos…

—No, papá. Ahí no más —agregué, levantándome. No quería escuchar la charla de padre. Cuando se ponía hablar sobre hombres, no paraba hasta que el reloj marcaba la media noche. Escuchar lo mismo, cansaba—. Iré a dormir, ustedes pueden quedarse y darse demasiado cariño.

—Eso lo haremos, hija. Anda duerme y déjanos a nosotros aquí solos.

—Eso siempre dices, pero sé que te gusta quedar a solas con papá. —Antes que dijera otra cosa más del tema, me retiré y fui hacia mi cuarto, escuchando mi nombre de parte de mi madre.

Fui directamente hasta mi cuarto y tomé una ducha que duró diez minutos. No quería pensar en lo que había dicho mi madre sobre ese suceso escalofriante, ni lo sucedido en el cementerio.

Si me ponía a pensar, estaba segura que me iba a morir de miedo en toda la madrugada.

Me lancé con los brazos abiertos en mi cama y recordé el collar que recogí del cementerio. Estaba en el bolsillo, nunca me gustó traer la ropa que había usado del cementerio hasta mi cuarto, siempre tomaba un baño para sacar la mala vibra del recorrido por el campo santo.

A veces el aura negativa se me pegaba, o si no me la succionaban, dejándome demasiado cansada.

O eso era mi hipótesis.

Saqué el pequeño collar, y me puse a contemplarlo con detenimiento. Más que collar, era como especie de dije de forma de estrella que tenía una pequeña perla de color rojo en cada punta, detrás de ella estaban plasmado un número.

¿900.870?

¿Qué mismo significaba eso?

—Mejor iré a dormir —susurré para mí misma. Me arropé con la sábana y dispuse a cerrar los ojos, así dejarme llevar por el cansancio físico y emocional por la visita al cementerio.

Luego de unos minutos de moverme por la cama, dormité sumergiéndome en el mundo de los sueños con Morfeo. Siempre decían que los sueños eran productos de nuestros miedos más ocultos, de ese algo que intentamos ocultar para no hacernos más daño. Lo sabía, siempre guardaba muchas cosas en mi cabeza, constantemente los mandaba al inconsciente para que me dejen de molestar.

Odiaba el hecho de poder sentir dolor al ver el obstáculo que se me presentaba en mi vida.

¿Pero que más podía hacer? Cada persona tiene su manera de solucionar las cosas, y mi manera era esa.

Una total cobarde que se ocultaba en una máscara. Que tenía muchos sueños que reflejaban lo que estaba pasando en mi interior.

—¿Abuelo? —pregunté, mirando a mi querido segundo padre columpiarse. No era la primera vez que lo veía en mis sueños, desde que murió siempre aparecía en mis sueños para recordarme de su pérdida.

Pero no era él, sino un recuerdo que mi cabeza tenía plasmado de raíz.

Su espalda ancha, y su camisa de manga larga de color celeste, eso era todo lo que podía ver de lejos. Ya que más caminaba hacia él, más me alejaba, provocándome ansiedad y dolor en mi pecho.

—¡Abuelo! ¡Abuelo! —Lo llamé fuertemente sin resultado positivo. Su cabellera gris la sacudía el viento, mientras su mirada se perdía en el horizonte. Comencé a correr hacia él, pero no podía acercarme, era demasiado imposible poder abrazarlo como antes lo hacía—. Por favor, solo por esta vez….

No, no era por solo esa vez.

Quería hacerlo siempre y cuando lo veía en ese columpio que me hacía mecer de niña.

Sabía el resultado de mi maratón, nunca lo iba a alcanzar.



Señorita Yuuki

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En el texto hay: cementerios, gatos, romance

Editado: 26.08.2019

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