Guardián de almas ©

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CAPÍTULO 3

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No quería tocar el desayuno, había perdido el apetito. Mi cabeza solo proyectaba la escena terrorífica que vi por la madrugada. Aquel suceso escalofriante rondaba por mi cabeza rondando como un mosquito. Estaba segura que no fue solo un sueño, era algo más allá de una ilusión, producto del entierro de mi tía abuela.

Las voces, el ruido y aquel pobre animal. Todo fue realidad.

¿Qué estaba pasando? ¿Qué era lo que rondaba por mí ser?

—Alice —dijo mamá, haciendo sobresaltar del susto. Mis nervios estaban comiéndome viva, no podía estar tranquila hasta saber qué mismo sucedía—. No has desayunado.

—No tengo hambre.

—Deberías de hacerlo. Estás en proceso de crecimiento, además cociné lo que te gusta —argumentó con un tono lastimero—. ¿Alice?

—El gato. ¿Papá lo enterró? —pregunté, moviendo la cuchara en la leche con café, haciendo remolinos y concentrándome en los movimientos de mi mano.

—Sí, lo enterró en el jardín trasero. Aun no entiendo por qué el pobre animal estuvo ahí —articuló, tomando su café de las mañanas—. Al menos lo enterramos, ¿qué más podíamos hacer por él?

Verdad.

No sabía cómo llegó ese gato pedigrí hasta mi cuarto, ni por qué saltó hacia esa cosa que estuvo detrás de mi espalda.

¿Quiso salvarme?

¿Un gato? ¿No eran los perros que salvaban a sus dueños? ¿Cómo un gato vino a parar a mi cuarto?

No entendía nada. Más pensaba, más me iba por ramificaciones que dirigían a varios caminos bifurcados. Estaba segura que si lo investigaba, iba a encontrar algo que no me gustaría para nada.

—De nuevo estás en la luna, Alice.

—No es nada, mamá. —Dejé la cuchara a un lado. No podía comer, mi estómago estaba demasiado sensible, tanto que parecía que iba a vomitar—. Iré a clases, no quiero llegar tarde.

—No has comido tu desayuno, Alice.

Sonreí algo torcido.

—Luego, mamá.

Salí de ahí con mi mochila en la espalda. Escuché mis nombres y apellidos a lo lejos, mi madre siempre los decía cuando estaba molesta. En este caso, no pude hacer nada al respecto.

No quería vomitar.

Alejé los pensamientos de mi cabeza, y me encaminé al bus, directamente a mi secundaria.

▬★♦★▬

 

«La vida es misterio; la luz ciega y la verdad inaccesible asombra»leyó el profesor de literatura. Ya eran las once de la mañana y estaba a punto de colapsar del sueño—. ¿Quién dijo esa frase?

—Rubén Darío.

—Muy bien, señor Villafuentes. ¿Alguien sabe que significa esa frase? —Miró toda la clase, buscando alguien para que dijera la respuesta. Su mirada recayó en mi persona, no era de esperarse; siempre era el centro de atención de aquel profesor—. ¿Sabe que significa, señorita Moore?

—No lo sé —contesté sinceramente. No me gustaban las frases de ese calibre, tampoco me interesa saberlo.

—¿Una frase que le guste?

Sí, él no se daría por vencido hasta que participe en su clase.

—«Alguien me habló todos los días de mi vida al oído, despacio, lentamente. Me dijo: ¡vive, vive, vive! Era la muerte». —Hice una pausa y agregué—; se refiere al hecho de morir; hace que la vida sea valiosa y merezca la pena ser vivida con la máxima intensidad.

—Extraordinaria frase de Jaime Sabines. Una buena frase para un poeta y político mexicano. —Terminó diciendo con una sonrisa superior. Siguió con clase, recitando sus frases de diferentes poetas. Bostecé y comencé a escribir los apuntes, ya no me molestaría más.

Toqué el bolsillo del pantalón y saqué el pequeño collar de forma de estrella. ¿Por qué estaría un collar en ese cementerio? ¿Qué significaba esos números que estaban grabados por detrás de él?

«El misterio de los guardianes residente en los humanos, en los malditos humanos que son como demonios desdichados»



Señorita Yuuki

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En el texto hay: cementerios, gatos, romance

Editado: 26.08.2019

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