Guardiana de la noche

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CAPÍTULO III

–Hubo un ataque en Londres. –Dice una mujer que revisa unos papeles en un fólder.

–¿Y qué pasó con los testigos? –Pregunta otra mujer.

–Se ha enviado a los Oniros a resolver la situación. A estas alturas los testigos deben de estar creyendo que fue un intento de robo al banco donde sucedió esto. –Responde una mujer que analiza unas fotografías.

–¿En verdad fue conveniente que los Oniros insertaran ideas a tantas personas? –Pregunta una mujer sentada al fondo de la mesa central. A pesar de la oscuridad que la rodea, se le alcanza a distinguir un rostro delgado y una mirada triste; su piel contrasta con la penumbra y su cabello se camufla.

–Mintha, querida, te recuerdo tu posición en este lugar: sólo estás aquí para los códigos y las invocaciones ¡CUANDO SE TE PIDA! Si te permito estar en las juntas es porque no podemos destituirte de tu cargo porque lo tienes en tu sangre, eso ni si quiera el mismo Dionisio lo puede evitar. –Dice Esther quien cierra de golpe el fólder que minutos antes revisaba. La posición en la que está da a entender que preside la junta en aquella enorme habitación.

Las cuatro mujeres que están sentadas alrededor de una mesa en forma de pentágono permanecen en silencio. Laura finge seguir viendo las fotografías. Catherine evita mirar a Mintha y a Esther, sobre todo a ésta, tal vez por la personalidad imponente que tiene o porque es la primera esposa de Kyros. Laura se da cuenta de que alguien tiene que hablar para romper ese silencio incómodo:

–Los ataques de las Keres se han intensificado en el último año.

–Creo que las Keres no nos deben de importar ahora, querida. –Comenta Esther. Se para y va directo a la ventana. –Verán, hace poco más de una semana, recibí una visita de él. Al parecer Némesis le informó que la portadora, una niña de diez años llamada Mónica, tuvo que ser aniquilada.

–A estas alturas, el Oráculo debe de estar en otro portador. No puede durar mucho tiempo sin un cuerpo. –Dice Laura con la mirada puesta sobre una pintura en la pared.

–¡Tenemos que encontrar al portador antes que Hémera! Si es posible antes que Hipnos o, peor aún, ¡antes que Tánatos! –Grita Esther controlando una voz nerviosa. –Tenemos que invocar a Morfeo para saber si ha descubierto algo.

–¿No crees que se molestará? Quiero decir, no hace más de una semana que hablaste con él. Además sabes que odia ser interrumpido. –Titubea Catherine mientras juega con una pulsera que su hija le había obsequiado.

–Lo sé, querida. Pero no nos podemos quedar como si nada estuviese pasando. No podemos sólo preocuparnos por las Keres.

–Pero… –Interrumpe tímidamente Mintha. –…Creo que sólo preocuparnos por las Keres es nuestro único objetivo. No debemos causarles molestias de más a los Dioses.

–¡Por Morfeo! Creí haberte dejado en claro tu papel en esta junta.

–Lo lamento, Esther.

–Querida, no sólo traicionaste el pacto de las Gerarai: DE LO QUE SOMOS, sino que rompiste el ciclo de las sacerdotisas al dar a luz a tu bastardo.

Mintha aprieta los puños al escuchar esto. Está furiosa. Esther se da cuenta de esto y lo disfruta, tanto que cuando ve por la ventana al hijo de Mintha añade:

–Y hablando del pequeño bastardo… ¡Qué horror!

–Bueno, regresando a lo de invocar a Morfeo, ¿lo haremos? –Pregunta Laura.

–Por supuesto, querida.

Ésta se coloca frente a las demás Gerarai y ordena:

–Catherine, Laura y Mintha, vamos al salón ceremonial.

Las tres mujeres obedecen y salen de la habitación. Caminan por largos pasillos para subir después por unas escaleras de caracol. Llegan así a su destino, ubicado en lo más alto de la casa.

El salón es enorme, totalmente de blanco. Sólo hay una ventana grande cerrada y sin cortinas. En una mesa frente a la ventana están todas las cosas que han utilizado siempre para sus invocaciones: beleño, belladona, sal, cuencos y morteros de plata. Debajo de la mesa, detrás de unas pequeñas puertas, se encuentran cinco túnicas dóricas de color blanco dobladas minuciosamente. Las Gerarai toman su respectiva túnica y se la colocan. Esther es la primera en prepararse y se dirige a una pila de mármol situada en la esquina de la habitación.

–Queridas, por favor.

Las tres mujeres se acercan a Esther quien les vierte agua en sus manos mientras ésta cae dentro de la pila. Una vez hecho esto, Esther introduce sus manos en la pila y comienza a murmurar unos rezos.



Guadalupe Velázquez

Editado: 15.01.2019

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