Guardianes de Akasha

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Capítulo 1

Observé con una mueca de soslayo como el sol comenzaba a ocultarse después de la puesta, bajando lentamente por mi cuerpo mientras volteaba a mirar a las olas, y esa forma tan distintiva de chocar contra la torre en la que me mantenían cautiva. Existían un sin fin de cosas por las que nunca tuve la oportunidad de quejarme, aunque tampoco es como si tuviera algún derecho de exigir, por lo menos, una audiencia con el rey; la verdad era más cruda de lo que pensé admitir, y los hechos se colaban al igual que el veneno dentro de mi sistema haciendo un férreo desglose en mi ya lastimado corazón.

La herida se palpaba al rojo vivo, tan intensa y tan vivaz, que servía para recordarme que seguía existiendo, aunque era igual a un animal de granja, enjaulado e indefenso, con la única idea de que jamás había sido verdaderamente libre como para atreverse a compararlo siquiera.

La noche del infortunio seguía repitiéndose en mi cabeza una y otra vez, martirizando cualquier sentido que todavía poseyera, y con el propósito de alimentar mi odio, ocasionando que lo convirtiera en el poderoso desdén que me daría la fiereza para buscar venganza. Y en esos momentos, sólo revelaba unos centelleantes hoyuelos embaucadores, como el canto de sirena, en los cuales me perdí y caí en las zarpas de un ser tan despreciable, ¿cómo fue que me había convertido en un fenómeno?

Me di un fuerte golpe en la cabeza con la palma de mi mano y me dejé caer con flaqueza contra el duro piso del calabozo, pensando en cuando firmé ese contrato de sangre y mi mejilla quedó marcada con el signo del pentagrama. ¿Cuál era la razón por la que había aceptado? ¿En verdad creía que él me iba a llevar a la tierra prometida?

Hechiceros y demonios. Ninfas y duendes. Vampiros y espíritus.

Los seres tan endemoniadamente hermosos que yo nunca había sido capaz de contemplar, y ni pensar hablar sobre eso dentro de mi casa, o en el pueblo, ya que no se hallaba en absoluto ningún tema más tabú que aquel para fieles seguidores de la religión. Y es que en Aradeus, el feudo de Dios, estaba condenado a muerte cualquier pensamiento, comentario o práctica relacionada con la magia o con "cosas no aprobadas por los santos libros".

Era algo incomprensible, siendo que sólo éramos uno de los tres reinos dentro de un país, Denyos. El cual, según mi institutriz, compartía fronteras con Dexaeum, la tierra de los hechiceros y criaturas mágicas, y también estaba Noxsomnium, el hogar de los demonios y a donde las almas turbias iban a parar. Sin embargo, eso era todo lo que nos dejaban saber, en realidad, no conocí a nadie que alguna vez hubiera salido del linde de Aradeus.

Sentía a mi pueblo algo sin ningún sentido, tan banal e innecesario, que no podía llegar a aceptar como fue que aún nuestra raza prevalecía. Por lo menos, con la experiencia de mi vida podía argumentarlo, la cual desde que comenzó fue algo planeado para usar como un circo de títeres, siendo controlada por unos padres a los que meramente les importaba mantener las apariencias y que me convirtiera en una señorita a la altura del apellido Cambridge of Knighton, y para su mala suerte, se toparon con la viva imagen de la rebeldía gallarda, que consumiría en llamas del pecado a todo el lugar.

Estaba más que segura de que ellos no se aparecían por ahí, puesto que me dejarían pudrirme en la celda hasta el fin de los días y harían como si yo no hubiera existido.

«No todo es lo que parece mi adorada Cassia, recuerda que siempre habrá un duende dispuesto a venderte sus secretos por dulces». 

Recordé de forma involuntaria una de las tantas frases de ánimo, que Ulysseus, solía repetirme para alegrarme.

Ulysseus of Atte Wood... quien lo diría... el mismísimo hermano del rey, íntimo amigo de mis padres y mi más fiel confidente resultó una terrible sanguijuela, un mago brujo.

La fecha en que lo conocí, fue el día de mi décimo segundo cumpleaños.

Yo usé un horrendo vestido de seda rosa, el cual, me hacía parecer otra de las torres de mi bobo pastel. Y aunque quería ir a refundirme en el jardín trasero junto con una de los encargadas de mi antigua hacienda, tenía que quedarme a saludar.

Corrí de un lado a otro examinando el entorno y moví la cabeza con molestia, yo no me iba a acercar al grupo conglomerado de niños ricos que jugaban cerca del salón principal, ellos siempre terminaban hablando a mis espaldas sobre lo tétrica y odiosa que era. Por lo que decidí escabullirme por la vereda que llevaba a mi hermoso laberinto de rosas, en dónde jugaría hasta llegar al centro, en el cual me esperaba una hermosa fuente en forma de una bella mujer con cabello largo y semblante impasible. Según escuché decir a uno de los mozos, era la representación de la venerada Gran madre, pero para una chiquilla como yo, era una mejor amiga con la que marchaba diario a contarle todas mis quejas.

No obstante, no me esperaba algo fuera de lo normal. Había visto la silueta de un hombre delgado, el que besaba la mano de la figura de aquella mujer, en la parte en que sostenía un báculo con firmeza. Ese pelambre castaño, que se deslizaba con gracia sobre su rostro inclinado, dándole un aire misterioso y falaz, me hacía no poder apartar mi mirada de él. Era una sublime obra de arte andante, y su rostro no se quedó atrás, parecía cincelado por los mismos ángeles que tanto veneraban en su familia.



laive

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En el texto hay: guardianes, demonios, mundo medieval

Editado: 21.08.2019

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