Guardianes de Akasha

Tamaño de fuente: - +

Capítulo 7

Lo que sucedió a continuación me dejó helada. Annabella aniquilaba a Oriel con una mirada tan fría y cortante que tuve la sensación de que lo traspasaba como una espada. Su enfrentamiento visual podría haber sido catalogado más bien una batalla psicológica, una en la cual se decidiría que el que bajara primero la vista perdería, y deducía que los dos estaban demasiado lindados a su orgullo para siquiera dar señales de derrota.

Suspiré con cansancio y me recosté en Alington, así me había dicho Annabella que se llamaba el hermoso caballo negro. Lo acaricié con cuidado y escuché su resoplido, indicando que no le agradaban mis mimos, pero no me importó y seguí haciéndolo. Entonces, el repentino ruido de una corriente de agua aproximarse me sacó del trance en el que me había inducido por voluntad propia y me puse alerta.

El  agua danzaba en el aire rodeando la batalla que se presentaba ahora en aquellos chicos. Observaba como Annabella susurraba miles de cosas a una velocidad impresionante, y de pronto, una gran nube de humo nos cubrió. Lo último que supe fue que todo había desaparecido de mi rango de visión, lo cual me hizo perder los nervios y comenzar a buscarles, no necesitaba muertos tan temprano. Escuché el relinche de Alington y supe que el también estaba preocupado, así que coloqué una mano en su cuello y lo conduje por ese mismo humo asfixiante en busca de una salida. Fue hasta que distinguí los ojos cafés de Oriel, brillar casi como un faro que capté que la humareda estaba perdiendo su fuerza y que las nubes se cernían sobre nosotros con cólera, grises y voluminosas, destellando rebozar de agua, justo lo que él necesitaba en esos momentos para acometer por tercera ocasión.

El agua descendió sin previo aviso, pero no eran gotas de lluvia comunes, éstas dolían de forma alucinante. Eran miles de diminutas cuchillas golpear contra mis brazos y rostro, las sentí desgarrar mi capa y sobresaltar a Alington, que se paró en dos patas y se puso frenético de la impresión.

  — ¡Basta!—chillé sin aliento. Me sofocaba el agua que caía y no me dejaba manifestar que nos estaban matando a todos.

Después de estudiar que Annabella había contraatacado con algunos relámpagos que salían de la varita que extrajo de alguna parte de su vestido, sabía que ellos de ningún modo me escucharían. Era tan obvio, como en los cuentos, que nadie nunca se preocupaba por los pobres extras de la historia que siempre se veían envueltos en los conflictos de los más poderosos. Pensé mejor en una vía de escape, para mí y para Alington que estaba a punto de aplastarme por su euforia, y sin tener la menor noción de lo que se efectuaba en mi entorno, cerré los ojos y le pedí al único ser en el que nunca debería confiar que me ayudara.

«Me lo debes Ulysseus, protégeme.»

Una luz explotó alrededor.

Sentí mi mejilla en carne viva, ardiendo tanto que mientras mi cuerpo sucumbía por aquel dolor, nubló mi mente y logró que perdiera la estabilidad. Gemí tantas veces como mi aliento me lo permitió y me ahogué con mi propio sufrimiento, no podía respirar y la ansiedad de la que siempre padecía me consumía.

«Resiste un poco más, Cassia.»

Era él. Reconocería su voz en cualquier lugar. Estaba diciendo más cosas que no alcanzaba a comprender, tantas reglas o advertencias que se trenzaban en mis pensamientos que no distinguía que era real o que era a alucinación. Cerré mis ojos con fuerza mientras me mecía, no supe cuando el agua había dejado de caer sobre mi, ni tampoco el instante en que Alington se tranquilizó, todo era confuso y daba vueltas. La cara de Ulysseus sonriéndome un año antes se adueñó de mi cordura y no podía sacarla, las risas de Julián contándome alguna de las historias que se había inventado, o a mi querida amiga del laberinto, la cual siempre me esperaba paciente con una sonrisa, lista para escuchar todos mis problemas.

  — ¡Cassia! ¡Cassia! ¡Responde!—una voz lejana me llamaba. Era de una mujer y se me hacía tan peculiar, como si supiera quién era—. ¡Vamos despierta!—ahora sollozaba sin parar.

Advertí de nuevo las gotas chocar contra mi cara y me asusté. No quería que me lastimara, no debería lastimarme, yo era una niña buena que siempre hacía lo que su mamá le decía. No deseaba que nadie se me acercara, mucho menos aquel muchacho grande que parecía conocer a mi amiga del laberinto.

  — ¡Mi reina!—ahora otra voz se sumaba a la de la histérica chica.

  —Protectus energy—farfulló ella de nuevo. Pero un choque eléctrico se arremolinó en mi pecho y mis ojos se abrieron de golpe, cegándose con el intenso sol bajo el cual nos encontrábamos—. Por la gran madre, ¿te encuentras bien? ¡Estabas delirando!

Apretujé mis labios, esbozando una mueca por el dolor de cabeza que Annabella siempre me causaba cuando balbuceaba tanto.

—¿No te han dicho que tal vez te expresas demasiado?—solté mientras masajeaba mi sien y percibí la sorpresa en sus ojos cuando comprendió que me estaba portando altanera—. Lo lamento, no debí decir eso, es impropio.



laive

#483 en Fantasía
#91 en Magia
#71 en Paranormal
#27 en Mística

En el texto hay: guardianes, demonios, mundo medieval

Editado: 17.08.2019

Añadir a la biblioteca


Reportar