Hannah. la zona oscura

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Prólogo

15 de mayo de 2013. Hogar de la familia Sullivan. Boston.

Sólo había sangre, sangre por todas partes, pero para Hannah aquello seguía siendo un sueño del que le costaba despertar.
Sus manos estaban manchadas del viscoso líquido. Su vestido de un blanco inmaculado también estaba sucio. Sus cabellos, del color del ala de un cuervo, habían adoptado el color rojizo de la sangre que los teñía. Todo era escarlata a su alrededor. 
Sus padres, inmóviles, quietos, sin vida, reposaban en un charco bermellón, que iba agrandándose por momentos, amenazando con ensuciar la bonita alfombra que cubría el suelo del salón.
Sus hermanitos reposaban en distintos lugares de la casa, allí donde la muerte les había sorprendido. 
Sus dos hermanas aún seguían en sus cuartos, ambas sobre la misma cama, con las miradas fijas en el techo, ojos sin vida buscando un cielo que ya nunca volverían a ver.
Su hermanito pequeño cerca de la entrada a la cocina, terriblemente desfigurado, en una retorcida postura que indicaba su larga agonía. Demasiado quieto para un chico tan travieso como él.
Y el bebé de la casa lejos de su cuna, flotando en las aquietadas aguas de la bañera, llena hasta el borde y con su rostro impasible escrutando el fondo.
Hannah permanecía en silencio. Su mirada fija en las cortinas que adornaban las ventanas del salón y que la suave brisa de la primavera agitaba perezosamente, trayendo olores del incipiente verano.
Tampoco los sonidos despertaban ecos en su adormecida mente. El sonido de las sirenas de una ambulancia y el de los coches de policía que se escuchaban todavía lejanos, como en otra existencia y que iban creciendo en intensidad al fondo de la calle ajardinada donde Hannah había pasado los últimos quince años en compañía de su familia.
Pero Hannah no estaba allí. Su mente flotaba muy lejos, por encima de sonidos, olores y movimientos. 
Parecía un maniquí de esos que permanecen estáticos en los escaparates de los comercios, fríos e inamovibles, con su eterna sonrisa paralizada en sus rostros de plástico. Ajenos al ritmo del mundo y de la gente que cruza delante de ellos. 
Seres sin raciocinio. Mentes vacías. Almas desamparadas.
Hannah no escuchó los gritos del policía que le ordenaba levantar las manos y tirar el cuchillo. 
El cuchillo manchado de sangre que aún permanecía en su mano y que aferraba como un hombre que no sabe nadar agarra un salvavidas recién arrojado al agua.
Tampoco notó cómo otro policía atenazaba su brazo obligándola a soltar el cuchillo, ni sintió el frío tacto de los grilletes que ceñían sus muñecas inmovilizándola. No sintió cómo la alzaban del suelo y la sacaban a rastras de su casa para introducirla por la fuerza en el asiento trasero del coche de policía. No escuchó el ronroneo del motor del automóvil cuando éste se puso en marcha, ni reaccionó ante las preguntas de los agentes de policía, horrorizados por la terrible escena que dejaban atrás. No, Hannah no sintió nada de aquello.
Y no volvió a sentir nada más hasta cuatro años más tarde.

 



Marcus Turkill

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En el texto hay: paranormal, crimen

Editado: 19.02.2018

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