Hannah. la zona oscura

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3-Control

Jason se encontraba sentado en el sofá de su apartamento. Estaba a punto de escuchar la grabación que había efectuado en el penitenciario. Aún tenía dudas acerca del comportamiento de su paciente, pero estaba casi convencido de que se trataba de un trastorno de identidad disociativo.

Leyó las notas que había tomado en su libreta de apuntes:

Presencia de dos identidades claramente identificables. Posiblemente más, aunque por ahora permanecen ocultas.

Una de esas personalidades controla el comportamiento de la paciente. Esta última no parece ser consciente de la existencia de la otra.

Serios problemas cognitivos. Hannah no recuerda nada del incidente ocurrido en su infancia. Bajo hipnosis terapéutica presenta un cuadro de pánico y de evidente angustia.

La personalidad de Arianne es totalmente distinta a la de Hannah.

Muy, muy diferentes, se dijo Jason arrojando la libreta sobre el sofá. Y él se había comportado como un novato. Arianne sabía más de lo que contaba, pero no había estado a la altura y no logró hacerla confesar. Había enfocado mal la sesión.

Pulsó el botón de la grabadora y el ruido blanco pareció llenar la habitación. Luego sus palabras sonaron fuertes.

Doctor Jason Lowe, primera sesión con la paciente, Hannah Sullivan, Diecinueve años de edad... Hannah, cierre los ojos y respire profundamente...

Escuchó atentamente la grabación, pensando en su fracaso.

Concéntrese en mi voz. Tome aire profundamente, reténgalo y ahora expúlselo muy lentamente. Sienta cómo sus músculos se van relajando... Vuelva a respirar, bien, aguante y suéltelo de nuevo...Su cuerpo está pesado. Nota un agradable cansancio en los músculos de sus piernas y de sus brazos... Cuando cuente hasta tres notará un profundo sopor. Relájese, respire aún más profundamente...Hannah, quiero vea a su familia; A sus padres, a sus hermanos. Es muy temprano, por la mañana y acaba de despertarse. Nota el sol en sus párpados, es un precioso día de primavera. Hoy es quince de mayo, Hannah. El año es el dos mil trece....Se encuentra muy a gusto y relajada. Dígame qué están haciendo sus padres...

Morir.

Jason dio un respingo, paró la grabación y apretó el botón de retroceso. Luego volvió a pulsar el botón play.

Morir.

No era la voz de Hannah, ni tampoco la de Arianne. Era casi un susurro, una voz femenina bastante grave. ¿Por qué no había sido capaz de escucharla en el penitenciario?

Jason continuó escuchando la grabación, ahora mucho más atentamente. Él continuaba haciéndole preguntas a la joven y llegó a otro punto donde la extraña voz volvía a oírse.

—¿Qué es lo que sucede ahora, Hannah?

Déjala en paz, ella es mía...

Aquello no era posible. No, no lo era. Debería haberlo escuchado, estaba junto a la joven, prestando atención a todo lo que decía. Era imposible que no hubiera captado aquellas palabras.

La grabación continuaba y casi al final de la misma, aquella misteriosa voz volvió a hablar.

No, no quiero verlo...¡Nooo!

—Esto no es un juego, Jason. ¡Esto no es un maldito juego!

Jason estaba muy confuso. Aquella demoníaca voz le ponía los pelos de punta. Él nunca había creído en esas absurdas historias de personas poseídas, todo tenía una explicación, hasta las cosas más extrañas siempre podían explicarse de una manera racional. No, no era posible. Su mente le estaba gastando una jugarreta. Seguro que había alguna explicación...

—Reacciona, imbécil —se dijo a sí mismo en voz alta. —Piénsalo detenidamente, no está poseída, ni es un jodido fantasma...¿Entonces qué es?...Es ella. Claro, es otra de sus personalidades. Una oculta y bastante poderosa por lo que parece...

Tenía que volver a hablar con Hannah. Esta vez sacaría a la luz a esa esquiva identidad. Ahora ya sabía lo que tenía que hacer.

21.35 PM. Centro psiquiátrico penitenciario Albertson.

Thomas Bennet llevaba esperando cerca de tres horas en el penitenciario y parecía que nadie se preocupaba por su presencia. Había visto salir al joven psicólogo hacía ya dos horas y aún no le habían avisado para entrevistarse con Hannah. Su cita era a las siete y el abogado empezaba a impacientarse.

—¿Señor Bennet? Haga el favor de acompañarme.

Un celador había aparecido ante la puerta de la sala en la que esperaba e hizo un ademán para que le siguiera.

—Ya era hora, maldita sea — Refunfuñó por lo bajo.

—Ha sido la reclusa la que ha solicitado su presencia. Nosotros no podemos obligarla en ningún momento —contestó el celador un poco amoscado.

—Ya, lo comprendo. Discúlpeme, la paciencia no es uno de mis dones.

Bennet siguió al celador a través de un largo corredor hasta llegar a una sala llena de monitores.

—Las reglas son...—empezó a decir el celador.



Marcus Turkill

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En el texto hay: paranormal, crimen

Editado: 19.02.2018

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