Hasta las últimas consecuencias

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Villanos 3: Acoso

Ahora sí, adelantemonos:

Dos años y un mes

No podía creer la estupidez que estaba haciendo, debía sentirse avergonzado y, sin embargo, ese era el sentimiento que le faltaba. Era consciente de que debía sentirlo, pero no podía.

Miraba a esa joven de lejos, sonriendo mientras caminaba junto a una amiga. Le sorprendía que alguien tan inteligente se encontrara con alguien tan infantil, por inteligente se refería a su amor platónico y, por infantil, a su amiga superdotada.

Quería creer que la estaba acosando, pero esa era una palabra muy fea. Él era su guardián, aunque se suponía que debía estar al tanto de muchos más alumnos prefería estar al tanto de ella. Necesitaba estar seguro de que no estuviera mal. 

No, no la acosaba, se encontraba revisando que estuviera bien, después de todo se sentía identificado con su caso. En algún momento había sido de esa forma, violenta y sin futuro para los demás. Ahora era un joven que cuidaba de otra niña, una buena persona.

O eso quería creer.

Eso no era acoso, como había dicho con anterioridad, estaba atenta a que sea feliz, a que no se de cuenta que se encontraba allí. Se aseguraba de que nada le faltara y que no se volviera loca. 

Tenía que admitir que esa joven tenía una fuerza inmensa, si no hubieran interferido su compañera de seguro lo había vencido. Era algo bastante atrayente, no muchos niños eran lo suficientemente fuertes para superarlo.

Siguió vigilandola por un rato, decidió dejar de hacerlo, no quería incomodarla. Pronto se daría cuenta, y en caso de que ella no lo hiciera su amiga lo estaba haciendo. Miraba en todas direcciones con algo de paranoía. No deseaba causar incidentes.

Caminó por el pasillo con una sonrisa de satisfacción.

Era un gran guardián.

Quería ignorar por un tiempo esa pequeña vocecita que le decía lo que sucedería. Que esta situación no podía continuar por mucho tiempo. Si alguien se enteraba de lo que le pasaba, no solo perdería su trabajo. 

Posiblemente terminara preso.

Por eso debía esperar, debía dejar que pasaran los años para algún día enamorarla, no necesitaba que todo pasara en ese momento. Cuando ella creciera, cuando sea más madura, podría enamorarla. 

El problema era que los sentimientos fluían en ese momento. El pasar a su lado hacía que quisiera saltar de la felicidad. El que lo saludara, aunque fuera solo por educación, causaba que su corazón se acelere y quiera saltar de su pecho.

Iba sumido en sus pensamientos, temeroso de cada paso que daba en su vida.

<< ¿Cuánto tiempo tardarán en destapar esta fachada? Siento que mis días están contados. Mis compañeros no son estúpidos, se darán cuenta en algún momento. Si lo hicieran... ¿que podría decir? ¿Cómo podría arreglar ese posible problema? >>pensó distraído.

Quería pensar por adelantado, tener un plan o una ruta de escape en caso de que alguien lo atrapara.

Sabía que la única opción para poder seguir frecuentandola era ese trabajo, pero, a su vez, la única manera de salvarse, era renunciar como guardián.

Llegó a su puesto de trabajo y se sentó, el asiento de su compañero estaba vacío, de seguro había tenido problemas. Miró en la otra dirección, su compañera seguía allí, mirando de forma aburrida las múltiples pantallas de su escritorio.

Se aclaró la garganta para hacer notar su presencia. La joven se sentó derecha en ese instante, bastante sobresaltada. Era obvio que sentía algo por él, siempre lo estaba mirando y a veces lo seguía hasta su casa. No se había dado cuenta de ello de no ser por su amigo, quien era el confesionario de Marilú. Debía de tener un enorme problema porque él todavía era menor de edad y ella una mujer de 23 años.

Por la edad que tenía, se suponía que él debía ser un idiota, el cual solo se concentrada en tener sexo e ir de fiesta. Las situaciones de la vida hicieron que él se emancipara y que en vez de estudiar trabajara todos los días, que se mantuviera y que se enamorara de una niñita.

—Hey, Marilú —le habló juguetón— ¿tenes sueño? 

—Un poco —respondió la joven—. Aunque creo que eso es bueno, porque el que no nos necesiten significa que todos están bien, eso me alegra —sacó uno de sus mechones castaño claro de su rostro moreno. 

—Juguemos un rato al truco, no creo que pase nada... —le propuse, se supone que no debemos distraernos, pero solo serían unos minutos.

—Sabes que no podemos —habló con indecisión y empezó a mover la cabeza de uno de los cachorros que decoraban su escritorio.

—Oh, entiendo... —fingió estar desilusionado, en realidad no le importaba en lo absoluto. El silencio le ayudaba a mantenerse sumergido en sus pensamientos, en sus ilusiones de una vida diferente donde la edad de su amor se acercaba mucho a la suya y podían estar juntos.

Se quedó unos segundos callado, su escritorio no tenía adornos como los de sus compañeros, por lo que no tenía en nada que centrar su atención más que en el trabajo.



C. M. Mosquera

Editado: 10.11.2019

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