Hasta las últimas consecuencias

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Víctimas 4: Una mano.

"Vivir es díficil, es una pelea constante para sobrevivir.  Quisiera tener que dejar de pelear, pero cuando veo su sonrisa me siento a salvo, siento que tengo más fuerzas y deseos de continuar. 

Ojala nunca me falte tu sonrisa, porque ese día no me quedará otra que rendirme..."

La profesora de lengua terminaba de leer el relato pequeño de Josefina, quien miraba bastante fastidiada por su deseo de leerlo en voz alta. Disfrutaba de expresar lo que sentía utilizando  una hoja y un lápiz, que lo leyeran en voz alta era como una depravación. Era como que violaran su privacidad y eso le molestó.

Salió del aula, azotando la puerta, sin importarle nada de lo que dijera la maestra. No le interesaba nada que pudiera salir de su boca. Los profesores se olvidaban que alguna vez fueron alumnos, adolescentes, con desconfianza y dudas, con un dolor porque adolescian madures, control de sus emociones y relaciones.

Últimamente estaba muy irritable, le costaba dormir. Desde la última recaida de Mily habían pasado unos 5 meses, un poco menos, un poco más, no recordabaa bien. Había pasado todo ese tiempo y sentía que no estaba mejor, sino peor.

Estaba enterada de los casos que pasaban, odiaba que siguiera allí, en ese ambiente de mierda, lleno de peleas, llenos de celos. Los "amigos" del trabajo no sabían como la pasaba ella, no estaban secando sus putas lágrimas cuando fallaron. 

Había tratado de ser amiga de las chicas nuevas, pero sentía que eran demasiado... molestas. No toleraba a nadie. 

Durante ese tiempo trato de contactar con el joven que la acompañó al cementerio a ver a su madre, pero no lo encontró en ningún lado y no recordaba su nombre, se sentía una tonta. Se lo había recordado muchas veces.

<< ¿Era Pan su apellido? ¿O Harina? >>se preguntaba. <<Recuerdo que cuando me mencionó su apellido pensé en un molino de viento. Agh, soy una tonta, nunca lo encontraré. >>Se agarró de la cabeza, se sentía una idiota.

¿Por qué no podía recordarlo? Sentía una laguna inmensa en su recuerdo de ese día. Recordaba los sentimientos, tristeza, dolor, miedo, ansiedad y aturdimiento. No había podido contar con su —amiga, puesto que estaba internada. 

Quería hablarle, sentía una conexión con él o algo así. Le había agradado incluso más que sus psicologos. 

Suspiró, supuso que nunca lo encontraría, debía rendirse. No dejaba de preguntarse que hubiera sucedido si se hubiera acordado del nombre. Quizás habrían sido amigos, o quizás no. Esperaba que no hubiera renunciado a su trabajo en esa institución.

Estaba pensando esas cosas, cuando escuchó una voz familiar que la sacó de sus pensamientos.

—Efímero es una de las palabras más bonitas de la lengua española, y describe tan bien el amor humano, sin ataduras, por un periodo muy corto de tiempo —era la voz de su mejor amiga, la vio con su cabello pelirrojo y rebelde siendo sacudido por el viento. Estaba apoyada contra la pared, mirando al frente.

— ¿Cómo...? —no pudo continuar de hablar, su hermana de corazón la interrumpió. 

—Cuando estás mal se enciende mi instinto de hermana menor —dijo sonriendo—. Lo llevo aquí —señaló su muñeca, en donde llevaba un pequeño reloj—. Y lo guardo aquí, en mi muñeca —cometó divertida. 

Se quedó en silencio mirando la nada, pensando en que decir. No le preguntó por qué se salió del aula, tampoco que le pasaba.

— ¿Por qué saliste de tu salón? —preguntó mirandola, la chica se encogió de hombros y le sonrió.

— ¿Por qué saliste vos? —le preguntó, cosa que la hizo bufar. Odiaba que usaran sus palabras en su contra—. Sé que te enojaste con la profesora de lengua, supongo que los adultos en ocasiones son algo estúpidos. No entienden que actos tan simples como el que hizo pueden hacernos sentir muy mal.

—No quería mantenerme allí, me sentía desnuda —le dijo triste.

La joven se sentó a su lado, anoche la había visto irse corriendo de la habitación mientras atendía una llamada que sonaba muy urgente. Volvió para la hora de ingreso, no le explicó por qué no había vuelto en toda la noche.

—Entiendo... —murmuró acercandose a ella. Josefina, molesta, se alejó de ella—. ¿Sigues enojada por anoche? —preguntó, la chica no le respondió. Suspiró, si estaba enojada—. Lo siento, fue una noche difícil, no quería dejarte sola. Espero que esto te ayude a perdonarme. 

Le tendió un pequeño papel, el cual solo tenía un número. La muchacha de pelo negro la miró confundida.

—Ese chico, del cual me contaste que no sabías su nombre —dijo la pelirroja—. El hijo del trabajador de aquí, bueno, me describiste al muchacho y con algunas ayuditas alguien me pasó el nombre de su padre. Podrías llamarlo y hacerte pasar por tu compañera, así pueden hablar.



C. M. Mosquera

Editado: 10.11.2019

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