Hasta las últimas consecuencias

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Cap. 6: Recaída

— ¿Te sientes mejor? —preguntó la colorada mientras le dejaba un jugo de naranja a su lado.

Asintió, estaba exhausta, la cabeza le dolía. Llevaba una venda en su cabeza, se la había golpeado contra la pared múltiples veces, según lo que le contó su compañera cuando preguntó. No recordaba haber hecho eso, pero sabía por el miedo que se veía en el rostro de su amiga que no estaba mintiendo. 

—Gracias... —le dijo con una voz cansina.

—No es nada —dijo con una sonrisa, se le veían las ojeras, estaba preocupada por ella. Suspiró—. Sé que es hipócrita que lo diga yo, puesto que durante años me he negado, pero... —tragó saliva— quizás necesitas ir con la psiquiatra, podrían ayudarte.

La muchacha negó, sabía que lo decía por su bien, pero más doctores no eran la solución, o eso quería creer ella. 

Antes de poder hablar, el aparato de Milagros volvió a sonar, era la quinta vez en 20 minutos.

—Deberías ir... —dijo la pelinegra.

La muchacha negó, le corrió el pelo para poder verla bien, le sonrió ampliamente.

—Hoy me quedo contigo, el trabajo y el estudio puede esperar —se sentó en el borde de la cama.

—Puedes llamar a nuestra niñera, no es mala cuidandome, solo no me deja comer caramelos —dijo haciendo puchero, para luego sonreír.

—He dicho que no, no te voy a abandonar en ese estado.

Su celular sonó, se disculpó con un gesto y puso la llamada en altavoz.

Compi, ¿donde carajos estás? —se escuchaba la voz molesta de Maira del otro lado 

~Y~

Maira llegó temprano a la agencia, habían pasado 5 días desde la muerte de Alcachofa, estaban algo trabados, pronto serían las autopsias, pero más que eso no tenían. Mariano había sido delegado en las entrevistas de los seres cercanos. Mauro trataba de comparar la lista de los amigos que Mariano iba encontrando amigos del grupo cercano de la víctima y el victimario.

El motivo obvio no encajaba. Una muerte muy rápida para alguien que estaba buscando venganza, que el presumible agresor sintiera lo mismo que su víctima. El dolor, el miedo, la ira y la frustración por no poder escapar, la desesperación por no saber qué le pasará.

Más que nada, eso parecía una actuación, quizás alguien tenía otros motivos para asesinarlo y luego la asesina trató de desorientarlos con ese enorme escenario. 

No se dio cuenta que Mauro se encontraba mirándolo en completo silencio. 

— ¿Pasa algo? —cuestionó la muchacha algo avergonzada, ¿cuanto tiempo llevaba ahí?

—Necesito que vea las noticias —pidió mientras señalaba con la cabeza el televisor prendido de la oficina. 

Al mirar la televisión su presión se elevó rápidamente. Miró la hora, hace mucho rato había llamado a su compañera y no había venido, trató de vuelta. Pero seguía sin recibir ni siquiera un mensaje de que estaba atrasada como hacía ocasionalmente. 

Durante 20 minutos trato de llamarla por medio de ese horrible aparato, pero ni noticias de ella. Agarró su celular mientras cambiaba de canal y subía el volumen de la televisión. 

~Y~

—Estoy algo ocupada hoy, no puedo ir a trabajar, lo siento —dijo nerviosa.

Ese no es el problema, si tienes televisión mira el canal 9, en las noticias. 

Josefina tomó el control de la televisión y puso el canal indicado, subieron el volumen. Era un noticiero, el cual parecía haber invitado un plantel de expertos para opinar sobre el caso que estaban investigando.

Estaba sorprendida, contaban con diferentes datos, con la dificultad que tenían para continuar con el caso. Los llamaban incompetentes, hacían peligrosas insinuaciones de que el asesino no sea tan malo como piensan, pero eso no era lo molesto ni preocupante. 

Lo preocupante es que alguien había hablado con los medios, cosa que ellos tenían extrictamente prohibido.

—Alguien está informando a los medios —dijo la colorada sorprendida al teléfono.

—Es de la policía, puesto que no están informando nuestros últimos movimientos. No saben todas las investigaciones y entrevistas que estuvimos haciendo, tampoco están al tanto de las comparaciones que Mauro está haciendo... —dijo Maira—. Debe ser alguien de la policía. 

Josefina vio como Milagros golpeaba reiteradamente sus uñas contra la mesa de luz, se mordía el labio, parecía estar pensando en algo importante.

—No podemos confiar en la policía —sentenció—. Hay que hablar con el jefe, esto no puede quedar así. 

La pelinegra se sentía ajena a la situación, quería saber en que trabajaba su amiga, pero sabía que no podía. Siempre le dijo que era por su seguridad, si alguien trataba de sacarle información era mejor que pensara que no sabía nada. 



C. M. Mosquera

Editado: 10.11.2019

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