Helena ©

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Día 29 Con Helena

Por cuatro días, no había logrado hablar con Helena. Después de que Bárbara saliera de la habitación, entraron dos enfermeras; una me cambió la venda de las muñecas y la otra me inyectó algo que me hizo dormir enseguida.

 

Cuando desperté ya era el mediodía del 2. ¡Mierda!

 

Lo mismo se repitió esa noche. Dijeron que por ley, no podían darme de alta hasta que alguien que viviera conmigo firmase un compromiso de responsabilidad.

 

Nadie podía ubicar a mis padres.

 

Los cuatro días que estuve dopado y sucio en esa camilla de mierda, me maldecía a mí mismo por haber intentado suicidarme. No, miento. Por haber tratado y fallado.

 

Por fin el día 4. Por la mañana, mis padres llegaron al hospital. No sé cómo ni quién pudo dar con ellos, pero no recordaba haber estado tan feliz de verlos desde hace años.

 

En todo el camino de regreso a casa, no hicieron preguntas sobre por qué lo hice. Cuando llegamos, había una señora limpiando la sangre de la sala. Aún quedaban algunos vidrios rotos esparcidos por ahí.

 

—Deberías ir a descansar—dijo mi madre con… ¿Dulzura?

 

Después de tantos días descansando, era lo que menos quería hacer.

 

Solo le sonreí cortésmente y salí al jardín. Creo que ella quiso venir detrás de mí, pero mi padre la tomó del brazo con fuerza.

 

Me sentí en calma estando en el jardín. Casi nunca salgo aquí, pero hoy, a pesar del sol asfixiante, me sentí en paz.

 

Me quedé ahí, mirando a la nada hasta que oscureció, entonces volví a la casa. Mi padre estaba sentado en el sofá.

 

—Hiciste un verdadero desastre aquí—Me sorprende que esté hablando conmigo—. No te voy a preguntar por qué lo hiciste, o por qué no usaste el baño, en lugar de dejar todo lleno de sangre aquí—Al parecer, trata de ser simpático—. Pero quiero que sepas… que te quiero...—No puedo imaginar cómo está mi rostro en este momento, porque él incluso sonríe un poco—. Y aunque parezca lo contrario, todo lo que tú madre y yo hacemos, es por ti... Eres el único hijo que tengo y que tendré... Y no puedo estar más que orgulloso por eso. Tú madre te ama, al igual que yo... Tienes gente que te quiere, las enfermeras nos contaron sobre una muchacha que estuvo yendo a saber de ti todos los días, y de un muchacho que permaneció sentado en la sala de espera, prácticamente todo el tiempo que tú estuviste internado. Él fue quien logró comunicarse con nosotros. Es el de los bigotes raros, no logro recordar su nombre... Perdóname por no haber podido llegar antes hijo... Y por no haber sabido demostrarte que te quiero, y que sin ti... nada en la vida de tú madre o en la mía, tendría sentido.

 

Sus palabras me dejan pasmado. Solo alcanzo a decir un casi inaudible "Gracias, papá", y subo a mi habitación.

 

 

****

 

 

— ¡Enzo! —Su voz chillona me despierta de repente.

 

— ¡Helena! —No puedo negarlo, me alegra verla después de tantos días.

 

— ¡Me alegra tanto poder hablar contigo! —Es como si me quitara las palabras de la boca—. Estuve a tú lado todos estos días, pero no era lo mismo...

 

Recuerdo lo que dijo Bárbara en el hospital, que la puerta de mi casa se abrió a penas la tocó. No eran más de las doce, no pudo haber sido Helena, ¿o sí?

 

— ¿Tú... Tú le abriste la puerta a Bárbara el día que... pasó... eso?

 

Ella me mira sorprendida.

 

—No—dice negando con la cabeza—. Cuando yo aparecí, tú ya estabas en el hospital. Tú amiga estaba afuera, con Javi.

 



R. A Bisso

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En el texto hay: humor, misterio, romance

Editado: 01.07.2018

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