Hera: Dioses ascendentes ©

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Thanatos & Dione: Part I

Un largo e intenso invierno llegaba a su fin para darle paso a la primavera, las flores y el pasto comenzaban a nacer más coloridos que nunca mientras el sol brillaba en todo su esplendor causándome desagrado, suspire casando mientras observaba  el cielo el cual volvía a retomar el celeste que tanto le caracterizaba durante esta  época ¿Cómo era posible que mis ojos tuvieran el mismo color que él si tanto me desagradaba? «Vaya estupidez» pensé mientras rodaba los ojos.

Me levante del suelo sacudiendo la yerba que se había pegado a mi túnica, lance la botella de vino sobre una piedra en la cual se hizo pedazos, era la tercera en lo que iba de la tarde.

— ¡¿A dónde crees que vas?! — gritó Hypnos colgándose de mi espalda —Nuestra madre volverá a cabrearse— comenzó a halar mi cabello —¿Estas borracho? — gritó preocupado provocándome fastidio.

—Me importa una porquería lo que madre diga— grite tomándole de las muñecas para impulsarlo hacía el frente lanzándolo al suelo —Vete a casa Hypnos— murmure —No puedes pasártela pegado a mí todo el tiempo— rodé los ojos.

Hypnos era mi hermano gemelo, yo era el mayor por tan solo diez minutos de diferencia y a pesar de que nuestro padre y hermanas le despreciaban por la clase de dios que era, él nunca se vio afectado por el rechazo que estos le otorgaban, siempre andaba por ahí fastidiando con su colorida aura a todo aquel que se le atravesara, o se la pasaba dormido la mayor parte del tiempo siendo reprendido por nuestra madre la cual era la única que le amaba y consentía.

¿Qué puedo decir de mí? No le demostraba afecto pero tampoco le odiaba, después de todo yo no era un ser que anduviese demostrando cariño a los demás, en cambio él se la pasaba acosándome cada vez que lograba encontrarme parecía como si tuviese una obsesión conmigo si no es que era así.

—Y si estoy borracho ¿Qué te importa a ti? — le vi con prepotencia mientras este se sentaba —Deberías de estar acostumbrado pedazo de idiota— murmure tambaleándome.

— ¿Por qué? — dijo en un susurro apenas audible — ¿Por qué me odias tanto? — habló viéndome fijamente percatándome de que sus ojos comenzaban a humedecerse.  

—Patético— reí dándole la espalda —No seas un maldito llorón— extendí mis alas —No te odio— dije con dificultad —Solo sueles ser demasiado exasperante la mayor parte de veces— trastabille al caminar señal de que el alcohol comenzaba a hacerme efecto.

— ¿Entonces me amas? — preguntó.

— Cierra la boca—  le escuche reír —Si madre pregunta tu no me has visto— ladee mi rostro sutilmente para verle.

No espere a que respondiera y me aleje de la isla, estaba harto de que mi madre me mantuviera cautivo en ese maldito lugar todo el tiempo, era joven y tenía prioridades y necesidades que saciar, algo que ella no podía comprender.

Volé en dirección a Otris más mi destino se vio interrumpido por una enorme piedra que fue lanzada desde abajo la cual impacto fuertemente en mi frente, tal golpe combinado con mi embriaguez hicieron que cayera estrepitosamente hacía el suelo.

—Oh no, por los dioses lo siento tanto— escuche una nerviosa voz femenina — ¿Sigues con vida? — puso sus manos sobre mi pecho sacudiendo mi cuerpo ¿qué clase de pregunta era esa?

Abrí los ojos parpadeando con dificultad observando como una silueta me veía hasta que pude distinguir a una preciosa chica de cabellos dorados que me observaba con ojos preocupados.

— ¡Estas vivo! — sonrió juntando sus manos con emoción.

— ¡¿Estás loca?! — grite sentándome de golpe lo cual me hizo marearme —¡Casi haces que muera! — agacho su mirada apenada.

Lleve mi mano hacia mi frente sintiendo como cálidas gotas resbalaban por ella, vi mis dedos manchados con mi sangre, la chica alzo su mirada abriendo sus grandes ojos azul celeste con horror.

—Yo… yo voy a ayudarte— asintió pensativa diciéndolo más para ella que para mí, tomó una daga de hoja transparente que tenía a su costado —En verdad lo siento mucho—.

— ¡Espera! ¿Qué haces? — elevé la voz espantado al ver como ella cortaba la palma de su mano

—Solo te ruego que no se lo cuentes a nadie— susurro acercando su mano hacía la herida de mi frente, le tomé de la muñeca reteniéndole —Esta bien, no voy a hacerte daño— sonrió, solté mi agarre no tan convencido.

Ella asintió y puso su herida justo encima de la mía, un resplandor salió de debajo de su mano, desapareciendo así el dolor, la alejo y pude ver como el corte en ella había desaparecido, palpe mi frente percatándome que la mía al igual había desaparecido.

Abrí mis ojos con asombro.

— ¡Dione! — escuche que alguien gritaba acercándose.

Vi como sus ojos reflejaban aflicción, la chica me observó con evidente nerviosismo para después ver sus manos aun manchadas de sangre, se puso de pie tomándome de la mano, alzándome sin esfuerzo alguno ¿Qué clase de fuerza bruta había en tan delicado y pequeño cuerpo?



Alek Moon

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En el texto hay: accion, amor, dioses

Editado: 03.12.2019

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