Herederos de una dinastia

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Los hijos del desierto

Capítulo V

Los hijos del desierto

 

En Caen, Cádiz, Mittenwald y Liechtenstein el tiempo se ha detenido, no existe diferencia horaria ni climática, los cuatros jóvenes sienten lo mismo, frío y miedo.

Al unísono aun estando en diferentes países los cuatro seres hablan a ellos

 

-Es hora de que recuerdes quién eres.

 

Una tela de niebla pasa frente a sus ojos borrando el iris, los cuatro tienen el globo ocular completamente blanco logran ver un desierto sumido en la oscuridad, no es noche lo saben, lo negro es símbolo de la falta de vida. En medio de las arenas un inmenso cuerpo de agua se agita entonces emerge un ser de inmensa estatura y gran musculatura, alza la vista al negro firmamento, camina lento y pesado, cada paso provoca que todo tiemble entonces abre su boca

 

-Al amanecer me llamaré Khepri, al mediodía Ra y al atardecer Atum.-su voz es poderosa y fuerte como un trueno. Entonces se alza un enorme astro ardiente colocándose sobre su cabeza, así creó al sol. Levanta sus manos y con su voz ronca dice

 

-Shu.-entonces los vientos soplan por primera vez, se agitan con violencia hasta que aparece un hombre delgado y piel casi transparente de inmediato se postra ante su creador.

 

Ra nombra nuevamente

 

-Tefnut.-poco a poco las gotas de lluvia caen sobre él hasta crearse una hermosa mujer con ojos de agua que descansa sobre sus rodillas ante él. Mueve su cabeza buscando en qué apoyar sus pies y de nuevo su boca se abre

 

-Keb.-la tierra se forma removiéndose bajo sus pies así aparece frente a sus ojos un hombre de piel verdosa y ojos cafés éste se arrodilla ante su señor.

 

Así pasa frente a sus ojos el cómo Ra creó la vida, de un soplo aparece la raza humana. Es tan poderoso que puede tomar la forma que desee entonces adopta la forma de los hombres siendo el primer faraón de Egipto.

Como testigos invisibles ven el surgimiento del más grande imperio en bienestar y prosperidad, el traspaso del trono de dinastía en dinastía, las pirámides custodiando la ciudad, cada monumento y templo con toda su soberbia. Pueden verse ahí, pueden oler los perfumes del ambiente, sentir el calor pero las personas no los ven.

 

Keith, Iñaki, Jaldev y Solana permanecen con los ojos cerrados en una especie de trance, en un idioma desconocido para su razón escuchan a los egipcios conversar, pueden comprender cada palabra.

 

-Llegará el día en que deberemos entregar el trono.- dice un sujeto en su cabeza descansa una corona doble “Sejemty”*, ropa blanca de lino con adornos en los bordes, sus ojos están marcados con kohl*.

 

-Mi señor el peligro ha pasado, los afectados por tal plaga han sido aislados.-responde un sujeto calvo, con ropas blancas pero simples, brazaletes en ambas manos y kohl en sus ojos.

 

-Apep* no ha sido derrotado. Nunca lo será, debemos ser astutos mucho más que él. Reúne al cuerpo sacerdotal debemos tomar medidas ante cualquier ataque.

 

-En seguida.-responde caminando sin darle la espalda. Sale de la gran sala directo al templo del dios Ra.

 

Con sumo respeto abre el naos* quedando ante sus ojos la imagen de Ra, se postra ante la imagen y en ese segundo la tierra tiembla con violencia.

 

-Mi poderoso señor.-dice el sacerdote de nombre Ravic.

 

A varios kilómetros de distancia en el templo del dios del aire Shu, el sumo sacerdote Iddy limpia y coloca ofrendas a la imagen del dios, al igual que lo hace Azibo en el templo de Keb dios de la tierra, igualmente hace Aos sumo sacerdote de la diosa del agua Tefnut.

 

Cada uno en su templo y ciudad al mismo tiempo se postran ante los dioses fuego, tierra, viento y agua. Cuatro fuerzas que mantienen el equilibrio y orden en el mundo.

 

-En la noche sin estrellas preséntense ante nosotros donde la profundidad y la superficie se unen-se escuchan sus voces en cada templo.

 

Azibo, Ravic, Iddy y Aos permanecen rostro en tierra aceptando el mandato de las divinidades. Los cuatro hombres al ocultarse el sol se reúnen, guiados por algo más que su razón, a la luz de la luna al pie de un obelisco no se dicen nada sólo miran fijamente al cielo de repente de la nada la arena bajo sus pies se abre en un túnel oculto. El asombro se apodera de sus rostros

 

-Debemos entrar.-dice Iddy.

 

En silencio y temerosos bajan los escalones que aparecen ante ellos sobre sus cabezas la arena cierra la entrada y los primeros escalones desaparecen.

Las paredes son de roca sólida, se escucha el golpe de una gota de agua, la corriente del aire es fría, un calor inigualable corre por sus venas al tiempo que la tierra tiembla con cada paso que dan.

 

-Han sido escogidos.-resuena una voz creando un eco poderoso provocando que los hombres caigan de rodillas.

 

-Deben ser capaces de manejar el poder que se les dará.-esta vez la voz tersa de una mujer inunda sus oídos.

 

Los sacerdotes siguen sin ponerse en pie.

 

-Nuestro tiempo se acaba, debemos confiar en que los mortales podrán mantener el orden en este mundo. Pero no podemos entregar el trono sin antes proteger nuestro linaje de la destrucción que Apep pueda generar. Por eso les hemos escogido, nuestros más fieles hijos para llevar en ustedes nuestro legado.-dice un hombre de inmensa estatura y cuerpo fuerte, su cabeza es la de un halcón y sobre ella resplandece una luz tan fuerte como el fuego.



Grace Santos

Editado: 16.02.2018

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