Heridas Invisibles

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IV.

La plenitud, es lo que refleja el zio Geronimo mientras duerme la siesta en una hamaca entre los frutales, con la camisa desabrochada y su velluda panza al aire, un brazo colgando en un costado y la boca entreabierta profiriendo ronquido tras ronquido. Más allá, los primos y los hijos de los capataces juegan al calcio en el pastizal, mientras las mujeres recogen el comedor que fue instalado bajo un alto roble del patio principal.

Franco Callahuge pasa junto a su zio y sonríe al verlo en tal estado, escucha y pasa frente al partido que parece ser un injusto empate, por el pasillo hacia el interior de la estancia se va sintiendo refrescar por el cambio de temperatura, las mujeres pasan por su lado cargando los restos del banquete, las saluda con una sonrisa y busca a su padre en el estudio. Lo encuentra junto a Antonella, ésta inclinada sobre su hombro explicando algo de los documentos que tiene extendidos sobre el escritorio, lo escuchan tocar antes de entrar y ambos se alzan, ella tensando la quijada y él alegrándose de su presencia.

—¡En buena hora, hijo! Eres lo que necesitamos —exclama su padre, rodeando el escritorio para invitarlo a acercarse—. Estamos quebrándonos la testa con los libros y la facturación, ¿crees que puedas ayudarnos con esto?

—Claro, claro, padre, lo que quieras. He perdido un poco “el toque”, pero ya veré qué logro recordar de la universidad —dice, con modestia que a los ojos de Antonella suena falsa.

—Anto, cariño —¡¿cariño?! ¡Oh!, a Franco nunca le ha costado tanto contenerse como en este momento—, le haces entrega de los libros, que se ponga al tanto mientras yo no estoy, ¿sí?

—Claro, Adriano.

God dammit! A Franco nada nunca le ha calado más los huevos.

 

El aeropuerto más cercano se encuentra en la ciudad, a una hora y treinta minutos del rancho a una velocidad no apta para cardíacos, pero a Adriano igual le agrada ir en el asiento delantero de la camioneta mientras uno de sus empleados conduce. Luce como un niño feliz. En la parte de atrás, en un contraste de amargura y fastidio, Antonella y Franco ocupan asientos lo más alejados posible el uno del otro, enseriados luego de despedir a los primos y al zio Geronimo.

Cosa pasa? —inquiere el padre, viendo a su hijo y su querida empleada tan tensos. Éstos, al saberse estudiados por primera vez, intercambian miradas en la obscura cabina trasera y acuerda, sin decir nada, mentir para hacer feliz a Adriano. Al menos algo tienen en común: Se preocupan por él.

—Nada, Adriano, sólo estoy cansada y angustiada por la Colorada. Nevermind. —Es la respuesta de ella, y satisface al padre, aunque a Franco causa la elevación de una ceja, pensando en otras cosas.

—¿Y tú?

—¿Yo? Joder, que llevo seis años sin dormir en una cama decente —ríe—, y necesito encontrar alguien que me ayude a mantenerla tibia —susurrando hacia su padre, éste, cómplice, recomienda una visita al bar pero Franco se reúsa, asegurando que quiere pasar tiempo con su padre. Antonella contiene una risa de burla y revisa su smartphone una vez más para evadir inclusión en la conversación.

Entrada la noche, Adriano ha dado su paseo nocturno, se ha tomado una copa con su hijo y se retira a sus estancias para ducharse y prepararse para el descanso. Franco se mantiene despierto leyendo a Lovecraft hasta que venza a su mayor enemigo: el insomnio, sin embargo, un ruido en el exterior, donde se supone que todos estarían pernoctando, le atrae hasta la puerta, apagando su lámpara de noche para no despertar sospechas gira el pomo y abre una ranura para espiar el mundo exterior.

La melena negra de Antonella reluce como la seda sobre la caída blanca de la bata de dormir, va a obscuras por el pasillo, descalza para no hacer ruido, pero él, con los sentidos agudizados, la ha descubierto. ¿A dónde va esa chica? No, no puede ser. Se niega a creerlo. Pero, sí, eso es. Antonella toca dos veces la puerta de su padre y entra sin esperar respuesta.

Era la prueba que necesitaba para la idea tan retorcida que nadaba en su mente desde el momento en que supo qué cargo ocupaba ella en el rancho: Antonella no puede ser nada más que la querida de su padre, lo sabe, pero ahora el asunto es que Adriano marcha pronto y para abordar el tema necesitará tiempo y calma; no quiere volver a arruinar una relación que ha vuelto para enmendar. No tiene opción, habrá que esperar.

 

La rutina envuelve la casa al tercer día: Antonella madrugando para preparar el día de trabajo, un improvisto la lleva a despertar un poco antes, mientras que Adriano descansa hasta más tarde; Franco sale a correr al mismo tiempo que ella, se encuentran en el pasillo, se ignoran y evitan hacer contacto visual, el “buenos días” es reacio y áspero.

El signore inquiere por ella cuando llega al comedor, su hijo, que poco le interesa, le dice que no sabe nada. Qué raro que ella no esté allí ya. ¡Oh, allí está!

Good morning, dear.

—Buenos días —inclinándose desde atrás de su espalda para besarle la mejilla sin que él se levante del comedor y dando espacio a que doña Cleo le sirva su batido de zanahoria y naranja sin azúcar. Antonella ocupa su respectivo espacio a la izquierda, deja el sombrero negro en manos de una de las muchachas; curioso el conjunto que viste hoy, bastante gótico y sensual, el delineado en sus hermosos ojos resalta lo felino de su mirada.



Elizabeth Ortiz (EOrtizM)

Editado: 05.01.2020

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