Heridas Invisibles

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V.

Take care, my child¸ no te olvides de este viejo —susurra Adriano en el hombro de Antonella cuando se despide de ella, cruzando la puerta de abordaje unos segundos después.

Y listo, ahora sólo son ellos dos. ¡Dios guarde!

Hora y fracción más tarde, Antonella escucha una canción country que pasan por la radio, mira el reloj con décima vez, impaciente y fastidiada. Aunque tiene el aire acondicionado encendido, buena música y una botella de agua, se siente fastidiada de tener que esperar como un perro dentro del auto. Por fin, Franco abre la puerta de copiloto y se desliza en el interior, cargando con un par de bolsas de electrónica: una laptop de última generación, un celular y un ipod, entre otros artículos; también, una bebida de Starbucks. ¡Pero no se ve ninguno a la vista!

—¿A dónde carajos fue? ¡Estuve esperando aquí una hora, ¿no pudo decirme que quería una puta malteada, coño?!

La respuesta de Franco, detrás de unos lentes obscuros Ray-Ban que compró también, es sorber de la pajilla de su bebida y sonreír ante el ataque histérico de Antonella. Ella, resignada, enciende el motor entre bufidos y reniegos en italiano, llevándolo a la siguiente parada del tour: Una tienda de ropa.

Ésta vez, ella le acompaña hasta el interior de la tienda, y espera sentada mientras él se acerca a unas asesoras para buscar la ropa que quiera. Las chicas se muestran, cómo no, encantadas con tal espécimen, y le ayudan y sonríen más de lo necesario; Antonella se conforma con que le den algo decente para usar ya que sólo le ha visto tres camisas y dos pantalones, y el mismo par de mugrosas botas.

Algo más que sus lamentaciones capta su atención en la boutique, así que se acerca al pequeño quiosco de joyería y pide que le muestren los gemelos para los sacos de gala.

—¡No puedes costear eso! —le riñe franco, jodiéndola con un grito desde el extremo contrario de la tienda, antes de decidir si probarse o no unas prendas.

Vaffanculo! —Es su respuesta, y Franco riendo entra en el vestidor—. ¿Trabajan con pedidos?

—Sí, señorita, ¿qué desea grabar en ellos?

—Iniciales: CS.

La asesora le extiende el recibo de reclamo al mismo tiempo que Franco pasa detrás de ella cargando con tres bolsas de ropas y zapatos, sin decirle o advertirle nada se dirige a la camioneta, ella rueda sus ojos con fastidio y desbloquea la camioneta para él, entonces, cuando Franco va relajado en el asiento delantero sorbiendo su malteada por el popote y un semáforo en rojo se próxima, Antonella frena de presto, llevándolo a hacer presión en el recipiente, expulsando el contenido hacia su rostro y su torso.

—Le queda el color —dice ella, conteniendo una risa de burla y guiñándole un ojo felino en su dirección.

God dammit! —farfulla él, quitando la camisa de su torso para limpiar los restos de malteada de su cara.

Porca miseria!, se lamenta Antonella al ver su cuerpo más de cerca y la contracción de sus abdominales al inclinarse sobre el asiento trasero para buscar una de sus camisetas nuevas. Sólo el repentino claxon del vehículo anterior la hace recapacitar y darse cuenta que el semáforo está en verde.

  

Piscas de polvos se esparcen en el aire cuando Antonella agita la brocha para quitar el exceso y contornear sus mejillas, luego de un par de repasos sus pómulos redondos y alzados le acentúan la sonrisa de labios cereza. Se cepilla el cabello una vez más, dejando los mechones a los costados algo alborotados, dándole un aire sensual a su rostro; se alisa la camisa cuadriculada rojo y negro, atada en su cintura con un nudo escondido, debajo el abdomen plano y las caderas envueltas en un pantalón jean obscuro de tiro alto. El perfume le besa el cuello y entre medio de los senos, toma su sombrero y su celular junto a un poco de efectivo y la identificación, guarda éstos últimos en su bota alta. La emoción de la expectativa de la noche le acelera el ritmo cardíaco, afuera, el auto vuelve a sonar el claxon y se apresura a bajar las escaleras.

Por el pasillo, hacia el estudio, Franco escucha sus pisadas apresuradas y levanta la mirada castaña de la pila de papeles que le mantienen ocupado, hasta escucharla salir. Continúa su trabajo con más ahínco al saber que ella no está en la casa, determinado a encontrar una prueba de que aquella teoría conspirativa contra la “administradora” es real. Debe haber algo.

El restaurante de carnes es el más popular del pueblo: Buckets&Bites, y también muy mencionado en la ciudad a una hora siguiendo la misma carretera, no sólo por la calidad de sus cortes (cómo no, producidos en las mismas tierras), sino por el buen ambiente: música en vivo, pista de baile, seguridad... La entrada principal tiene aún la fachada del granero que era antes el edificio, lo demás ha sufrido ciertas alteraciones, no así, el piso cubierto de heno, la pista de baile separada de las cincuenta mesas del lugar por corrales donde la joven pareja se mueve al compás de la música country en perfecta sintonía y ritmo.



Elizabeth Ortiz (EOrtizM)

Editado: 05.01.2020

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