Heridas Invisibles

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VI.

—En otras noticias, George, la embajada de nuestra nación vecina, República de Libland, se ha declarado en una situación política de emergencia ya que el número de hermanos republicanos buscando asilo en las instalaciones ha sobrepasado sus capacidades.

—Así es, Ricky. Mira, estaba leyendo en el diario digital Tribunal que si no se busca una forma de retornar a nuestros hermanos aquí, se podría ver una situación… ¿Cómo decirlo sin que suene tan fuerte? ¿Sangrienta?

—Es que da escalofríos solo de imaginarlo, George. Nuestros hermanos atrapados en la embajada y las fuerzas militares sin ser capaces de llegar hasta ellos.

—Ni de mantener la integridad del territorio nacional, ¡eh! Que ya van más de cuarenta ataques en lo que va del año, ¡cuarenta!, unos mil muertos al menos y cientos de heridos y miles más de evacuados. Me parece increíble que las Naciones Unidas no actúen al medio de éste asalto a nuestra integridad territorial.

—Que no se nos olvide, Ricky, el petróleo, todo esto es por el petróleo…

—¡Méndiga escuincla, apaga esa radio de una vez y termina de pelar las papas! —Doña Cleo no puede verlo, pero aparte de apagar la radio, Matilde rueda sus ojos hasta que se tornan blancos como huevos cocidos, la matrona después se dirige al mesón principal donde otra de las muchachas está limpiando la tilapia que será el platillo de bienvenida para il signore Adriano—. Hazlo en el lavamanos, Maria, que vas a hacer un reguero de escamas.

—Sí, señora.

—Ven, te ayudo para que aprendas —sugiere con más delicadeza, entonces la guía hasta el grifo para mostrarle una forma más eficaz y menos riesgosa de descamar el pescado. Matilde, al ver esto, hace un gesto de fastidio al ver que la hija mayor del capataz Mazariegos obtiene mejor trato de parte de su madre, ya está acostumbrada a que su madre haga pequeñas insinuaciones con respecto a sus preferencias, sabe de sobra que ella hubiese deseado tener otra hija o ser otra persona, la señora doña Filomena de Saldivar, por ejemplo, la señora del capataz, y no la esposa de un simple labrador llamado Juan Benitez.

—¿Qué tienes, Mati? Tienes cara de que te chupaste un limón de desayuno. ¿´tas bien?

—Lo de siempre, que mi querida madre se la pasa alcahueteando a esa… pelafustana de Maria —responde, viendo sobre el hombro a su madre y la chica con la que compartió su último año de bachillerato, el saco de patatas está casi vacío, por fin, así que se apresta a terminar con ello, quizá la señora Filomena le asigne otra tarea en la casa o en las habitaciones de los señores. Ésta idea le hace ponerle más ganas al trabajo.

—¡Ay, Mati! Ya deja de fijarte en lo que hace tu madre con otros y fíjate en lo que haces tú con ella —sugiere su amiga, aunque unos tres años mayor  y a punto de casarse con un labrador de una de las haciendas vecinas.

—¡Pues es que me choca! Me choca que cada vez que habla conmigo sea solo para darme zapes y cuando habla con ella es como si… —Matilde contrae sus gruesas cejas castañas en un gesto para contener sus palabras.

—Como si fuera su hija —completa su amiga por ella, entonces Mati suspira y asiente, feliz de que cada vez sean menos papas por pelas—. ¡Ay, Mati!, trabaja en mejorar la situación con tu madre en lugar de celarla.

—Si fuera tan fácil…

Por fortuna para Matilde, la señora Filomena le permite ese día, por primera vez, servir en el comedor, relegando a la cocina a su amiga Catalina, quien había servido hasta el momento; a ésta no le molesta, al contrario, se alegra de poder descansar en la cocina y de que la señora Filomena tenga en cuenta los cuatro meses de gestación que ambas intentan ocultar aún en los interiores del Rancho.

—Buenos días. —La voz de Antonella ilumina los ojos de Matilde y le cambian el semblante de una forma tan repentina que lleva a su madre a pensar que su hija o está enamorada de la señora o está medio loca.

—Buenos días, señora.

—¿Cómo vamos? —Inspeccionando la preparación del almuerzo, en unos minutos, las dos matronas, doña Cleo y doña Filomena le dan un reporte detallado del avance en la cocina como lo harían en el ejercito los soldados a sus comandante; satisfecha, Antonella informa que ya salen para el aeropuerto con el “patroncito”, más que todo para estar antes de tiempo allá. ¡Vaya!, por poco y les da un ataque a las señoras creyendo que iban atrasadas con la comida.

En el silencio de la cabina de la camioneta, Antonella y Franco no se limitan las malas caras pese a que el capataz Saldivar vegeta a su lado como un hongo que no escucha, que no mira ni hablará de los comentarios mordaces que sus patrones se lanzan sin discreción. ¡Ah, caray, qué día para el capataz! Tres días de silencio, tres días en los que el comedor se ha clausurado porque los patrones no comen allí, sino que en sus habitaciones o donde estén, con tal de no verse las caras. Hoy todo tiene volver a la “normalidad”.



Elizabeth Ortiz (EOrtizM)

Editado: 05.01.2020

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