Heridas Invisibles

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X.

—Soñamos con volver cada noche, cada uno de mis hermanos y yo, sólo queremos volver a casa, y es ese pensamiento el que nos mantiene en pie: Si volvemos, perdemos nuestro hogar.

»No creo en dios, pero sé que fui afortunado al salir de allí, no con vida, sino… vivo. El insomnio me mantiene despierto hasta tarde, pero duermo; las pesadillas dan tregua de vez en cuando, pero al menos logro soñar; tengo cicatrices horribles, pero estoy completo; te podría contar todas las cosas que perdí allí, pero al menos todavía queda algo de mí aquí —Franco señala su sien—. Aún soy yo.

Su padre, el signore Adriano, le ve con la ternura y admiración con la que se admiran a los ancianos, reconociendo que las cosas por las que su hijo ha pasado los últimos años en medio de la guerra no han sido menos horribles que toda su vida junta, lo respeta y lo admira por ello.

—Me gusta estar en el estudio, me gusta llevar las cuentas y ver números y números y números… porque no hay tiempo para pensar en nada más, no hay tiempo de recordar entre tanta concentración. El campo, los establos, los animales, no me traen paz, sólo me dejan la mente en blanco y las manos ocupadas para pensar en esos seis años, en lo estúpido que fui por irme.

La mirada ceniza del padre penetra en los ojos de su hijo y le siente, tan cerca de su pecho como la primera vez que lo sostuvo al salir del hospital, preguntándose con terror si él, Adriano Callahuge estaba listo para ser el hombre que debía ser; con los brazos abiertos abrazó no sólo su hijo, sino su responsabilidad y su paternidad. Hoy, Adriano comprende que la vida es tan rara que le permite ser padre, ser hijo, ser amigo… todo por un pequeño tris.

Hablan entonces de otros temas, más felices, menos amargos, conociéndose de nuevo; llegan hasta ella: La caporal.

—No lo sé, simplemente no confío en ella, es una extraña para mí: “Antonella Saenz”.

—Dominica —corrige Adriano, sin sospechar que su hijo piensa de ella como la peor de las mujeres.

—¿Qué?

—Es su segundo nombre,  ¿sabías?

—No, y no me importa.

—Ese es el problema: Siempre fuiste muy rápido para juzgar y muy lento para escuchar, Franco. La miras, la analizas y haces tú veredicto sin saber quién es, de dónde viene y qué es lo que ha pasado por su vida; lo mismo hiciste conmigo luego de la muerte de tu madre…

—No hables de ello.

—Algún día tendremos que hablar de ello.

—No será hoy.

Molesto y dando por terminado el momento del confesionario, Franco deja a su padre y a la copa de vino que cataba para salir por el pasillo que da al patio principal. Adriano se queda luengo rato observando ese sitio por el que se ha ido hasta que alguien más entra por el mismo umbral: su querida empleada.

Antonella, perlada por el sudor del trabajo entra a la casa gritando el nombre de Matilde y pidiendo algo de beber, no tiene que repetirlo mucho ya que la muchacha aparece tan vivaracha y servicial como siempre; entonces, con el agua de tamarindo en mano repara en el caballero que la mira con una seriedad innegable en el rostro.

¡Hey, cos`e? Tutto bene? —inquiere con ternura, ocupando un asiento a su lado en la sala de estar. Adriano asiente y acaricia un mechón de sus cabellos con desesperanza, lanzando un suspiro que delata el olor de la colonia de Franco allí en el mismo asiento que ella ocupa en ese momento—. ¿Discutiste con Franco?

—Siempre.

—Parece que es lo que todos hacemos con él, ¿será la única forma de comunicarse con él: con gruñidos y bufidos? —Ella es irónica, se acerca a la copa de vino que Adriano ha dejado en la mesita central y la bebe también.

—Antes era más comunicativo, hasta sonriente y cordial, la guerra lo ha cambiado.

—La guerra nos cambió a todos.

—Sé que no te agrada —ella agacha la mirada jugando con su copa—, y no te pido que se vuelvan amigos pero necesito, por favor —Adriano se acerca y toma sus mejillas para obtener su atención, ella nota la tristeza en sus ojos—, que hables con él y que intentes, ¡lo más que puedas!, acercarte a él. Necesito que ambos se entiendan.

—Adriano…

—Por favor, prométemelo. —Ella desvía su mirada, toma una de las manos que la sostienen luego de dejar el cristal y besa la palma—. Prométemelo.

—Lo prometo.

Antonella no se ve feliz por esto, pero por Adrinao haría lo que sea.

 

Un día final de mayo, a horas de la madrugada, la Colorada entra en labores de parto, lo primero que el vigilante de turno hace es despertar a la señora Antonella y darle sobre aviso, lo primero que ésta hace es llamar a Victor y mandar a despertar a los encargados del establo, Ilario entre ellos. Para cuando su hora habitual de despertar llega, tiene planeado y distribuido el trabajo del día, a sólo un sol más de la esperada subasta.

Junto a Saldivar padre, van coordinando los trabajos de aseo cuando entran a la casona y coinciden con que hijo y padre bajan escaleras ya duchados y hambrientos. Buongiorno! Claro que sí, pero luego se le agita el alma a Adriano al saber que su Colorada está dando a luz a una cría más de su Cavaliere, hay que terminar de arreglar la pista de exhibición, los caballos necesitan otro baño, hay que limpiar los patios, la casa y arreglar las carpas y tarimas en el exterior, más todos los deberes cotidianos… Cozzo!



Elizabeth Ortiz (EOrtizM)

Editado: 05.01.2020

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