Heridas Invisibles

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XVI.

MOVILIZACION DE TROPAS EN LA FRONTERA

El encabezado del artículo es todo lo que es legible del periódico reducido a cenizas que algún empleado había dejado olvidado en los establos, la bota del capataz Saldivar lo aplasta sin misericordia, escuchando y recibiendo el reporte de investigación de departamento de bomberos: No hay duda, el incendio fue provocado, como acto de saña las puertas fueron bloqueadas desde dentro.

El rostro de Ilario Saldivar padre se contrae, y aunque en su juventud tuvo la blancura que sus antepasados españoles le heredaron, así como a su hijo, el trabajo en el campo lo ha bronceado y delineado el contorno de las facciones con elegancia; tiene que tomar una decisión sin que los patrones lo autoricen, y no es la primera vez, sólo lo hace al sentir que es lo correcto. Da la orden: A partir de ahora habrán vigilantes para los animales, aunque esto ralentice el trabajo, también tendrán turnos nocturnos rotativos hasta que los patrones tomen una decisión final.

La noticia llega a oídos de Ilario hijo, sentado en las escaleras del corredor del patio trasero, tomándose una Coca-Cola en lata junto a su hermano Rigo mientras éste termina los deberes del colegio; aún está cursando el último año y su trabajo es tiempo parcial, por el momento. A él no le agrada eso de turnos de vigilancia, pero su hermano parece no prestarle mucha atención o quedarse abstraído viendo hacia donde se observaba el techo de los establos.

Atrás de ellos, Matilde, risueña y colorida con sus trenzas partiéndole el cabello en dos y culminando en dos lazos blancos delicados, comparte la emoción de organizar un nuevo recibimiento para los patrones; su amiga Catalina le secunda con menos entusiasmo, el embarazo se hace cada vez más difícil de ocultar y falta muy poco para la boda.

—¡Cállate ya, Matilde! —espeta Ilario, fastidiado por su cháchara incesante sobre pastel, globos y mariachis—. ¡A nadie le importa lo que quieras hacer!

Enrojeciendo tanto como el bordado de su camisa de manta, Mati tiene gran dificultad en contenerse cada vez que Ilario la agrede de esa forma; quizá es la diferencia de edad y lo distintos que son, pero desde que ella se ha vuelto más “señorita” le riñe con la constancia con que los saltamontes brincan.

—¡Eres un idiota! ¡No tienes que hacer nada si no quieres!

—Niña estúpida —replica él, sin entregarle importancia, pero viéndola de reojo cuando se marcha dando zancadas hacia el interior de la cocina, preguntándose si llegará el día en que Matilde crezca.

Siguiendo el camino del reporte de los bomberos, el capataz Saldivar se encuentra en el hospital para dar parte a sus patrones, como lo prometió lleva muda de ropa, comida y bebida para los que se quedan, pero se sorprende, aún, al no encontrar al hijo del signore, en su lugar encuentra a Victor Soriano. Antonella, alimentando el estrés que la abraza, escucha el reporte y felicita a Ilario por su decisión.

—Gracias, señora. —Con humildad y el sombrero en mano—. Tenemos a los animales aún en…

—Sí, en los corrales, lo sé, no es lo mejor.

—Es urgente movilizarlos, señora…

—¡Ya lo sé, joder! —Explota ella, sin poder controlarse. Recapacita en el mismo instante en que las palabras emergen y nota la contracción del subordinado que sólo muestra preocupación por su trabajo—. Perdón, perdóname… Sólo… ténganme paciencia, estoy en eso. ¿Sí?

—Sí, señora, estaremos al pendiente.

Pensando en replicar con amabilidad, Antonella presiente las miradas a su derecha, por el pasillo de la entrada hacia la sala de espera, allí los tres ven llegar a Franco, y no llega sólo. Daniel Fergusson llega a su lado.

—¿Qué haces con él? —En su timbre y tono de voz queda en claro que está molesta con la presencia del hacendado, pero también su confusión por la repentina desaparición de Franco y su regreso no triunfal junto al que ella considera su enemigo. Esto a Callahuge no le causa ninguna alteración, está completamente seguro de lo que hace.

—Fui a buscarlo, necesitamos su ayuda: Puede alquilarnos espacios en sus establos mientras reconstruimos.

—¿Qué? —No es sorpresa por la ayuda que recibirá lo que transparenta con su gesto, sino de quién proviene este ofrecimiento. Daniel, con arrogancia en su sonrisa y en su voz, responde.

—Así es, preciosa, los del gremio debemos apoyarnos entre nosotros, ¿no es así?

—De ninguna manera —niega, determinada a mantener a sus animales en corrales provisionales toda la temporada de reconstrucción de ser necesario antes de dejar que Daniel tenga un solo minuto a Toscana en sus instalaciones de lujo provenientes, según dicen, del lavado de activos.

—Necesitamos su ayuda y no hay opción, Antonella. —La voz de Franco aún es calma y mediadora; se dirige a Daniel—. Ilario te pondrá al tanto de todo, Daniel…

—No entiendes, Franco —interrumpe ella—, no podemos aceptar nada de éste tipo.

—¡Uh!, eso no habla muy bien de tu criterio, preciosa.



Elizabeth Ortiz (EOrtizM)

Editado: 05.01.2020

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