Heridas Invisibles

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XVII.

De lo que era una vez un hombre alto, corpulento, independiente y capaz, queda un hombre-niño encogido en sus huesos y arrugas, necesitando del tanto amor que esparció durante su juventud, necesitando que la vida le tenga un poquito de paciencia; la sección izquierda de su rostro decaída, cenizo de cabello tanto como de ojos, balbucea palabras y frases cortas que otros deben traducir para que haya comunicación.

A su lado derecho, el hijo, pródigo y digno, sujetando su mano poblada de manchas solares del color de la tierra que trabajó, los ojos castaños bordeados por unos párpados morados tiernos de llanto, las pestañas de elefante pegadas por las lágrimas que ha llorado al escuchar a su padre intentar decirle sólo unas palabras.

A su izquierdo, la hija amada y escogida, no nacida, besando los nudillos cubiertos por piel suave como cebolla, derramando lágrimas como perfumes que terminan en la piel que besan, intentando con ello calmar la ansiedad del anciano que intenta, intenta, intenta hablar y expresar su sentir, mas no lo logra como desea.

Ambos sufren por él y darían su vida para que ese suplicio terminara. Agotado por el esfuerzo, por haber estado fuera de base por tanto tiempo, Adriano no desea seguir intentando comunicarse con palabras, así que hace lo cree conveniente y, de manera temblorosa, guía la mano de la hija hacia el frente. Al percibir el movimiento, ésta alza sus ojos y con asombro intenta descubrir qué pretende, no tarda mucho en saberlo cuando se ve en la necesidad de estirar la mano hasta el otro lado de la cama, donde el anciano la acerca lo suficiente a la mano del hijo.

El índice es lo primero que roza el dorso de la mano masculina, luego el resto de los dedos se deslizan hasta cubrir la piel suave que cubre los nudillos; se alzan las miradas castañas y oscuras, cruzando sentimientos y pensamientos en uno sólo cuando el hijo extiende su mano y le permite a ella enterrar sus dedos en el espacio de los suyos, encajando a la perfección, acariciando con el pulgar el dorso del otro, sintiendo que en ese momento están más cerca que nunca.

—Jun… tos… —balbucea el signore.

—Juntos —repiten los jóvenes, mirándose con firmeza y determinación a los ojos, estremeciéndose por el tacto tan íntimo y sincero, mirándose por primera vez.

 

Un par de días más tarde, el doctor Cuellar les permite llevarse a su viejo conocido a casa, con condiciones, chequeos programados, nuevos medicamentos y dosis, terapias pendientes… Todo un cronograma de eventos, como las carreras de caballos que tanto quería él auspiciar algún día.

En casa le reciben con el mismo candor con que lo hacen siempre, la joven Matilde al frente y al centro, cantando junto a su padre y varios empleados cargando sus guitarras, maracas y matracas, confeti que ella misma tendrá que limpiar después, pero por lo ancho de su sonrisa se sabe que no le molesta en absoluto la idea. Con la ternura de una nieta, la chiquilla se arrodilla junto al signore y besa su mejilla derecha, diciéndole lo feliz que está de que siga con ellos, conteniendo al final el temblor de su voz.

Sin embargo, ésta vez no hay demasiado tiempo para celebrar, no se reparte más que saludos y buenos deseos, luego de esto, Antonella anuncia que el signore debe descansar, así que con obediencia todos se dispersan y sólo la chica y su amiga Catalina, responsables del reguero de serpentinas y confeti, se quedan en la sala de la casa para limpiar.

—Mati —le llama Franco, antes de retirarse al estudio para continuar con su trabajo ahora que Antonella se ha hecho cargo de Adriano y prepararlo para la noche. Ha dejado el bastón porque su rodilla responde bien con ayuda de la rodillera, pero su brazo aún necesita la ayuda del cabestrillo.

—¿Sí, patrón? —responde ella, olvidándose de que había prometido dejar las formalidades, pero sonriéndole tanto como puede, esperando que note que ese día lleva algo de maquillaje, muy discreto, en sus mejillas y párpados.

—Gracias por lo que hiciste —dice él, acercándose a ella, con escoba en mano aún. Matilde se tensa y sonroja como la chiquilla que es—. Eres muy valiosa.

Tras esto, Franco se inclina, porque la diferencia de alturas es importante,  y sujeta su mejilla con una de sus manos para depositar un beso en la otra, robando el aliento de la joven con el olor de su colonia, la tibieza de su piel y el gesto tan caballeroso. No es capaz de hacer más que alzar las cejas y mirarle pasar por su lado y repetir el gesto a su amiga en cinta, que actúa con mucha más naturalidad y madurez por el gesto. Luego se termina de retirar.

—¡Oh, por Dios! —brinca ella al quedarse solas en la sala, pero su amiga le invita a la calma y a terminar el trabajo para poder salir a sus casa a descansar de una vez y hablar del caballeroso Franco Callahuge sin que éste pueda escuchar; sin embargo, hay una persona que sí escucha y presencia todo, y ese es Ilario Saldivar hijo, quien no tarda en lanzar sus comentarios venenosos contra la sirvienta, llamándole algo similar a la última vez. Matilde ya no se extraña por esto, al contrario, cada vez le importa menos y cada vez le afecta menos, así como la relevancia que su amigo de infancia tiene en su vida va en disminución.

Arriba, mientras Franco organiza sus papeles, Antonella pone en práctica lo que las enfermeras le han enseñado para la fácil movilización de Adriano y en cuestión de una hora y fracción el signore está descansando en su cama, durmiendo como el bebé en el que se convierte poco a poco, en reversa marchando el tiempo. Agotada se retira a su habitación para buscar una ducha de agua tibia, atando el cabello bien alto para que no se moje y poder dormirse lo más pronto posible, escapando siempre sendos mechones negros que enmarcan su rostro. Tras embadurnarse con unas cuantas cremas de olor, se desliza un camisón de tirantes color rojo vino, liso, de seda fina y se acerca descalza a la ventana para cerrarla, el aire de la noche le causa escalofríos y eriza los pezones. Llaman a la puerta.



Elizabeth Ortiz (EOrtizM)

Editado: 05.01.2020

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