Heridas Invisibles

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XIX.

Con un golpe seco se cierra la puerta de la camioneta, por el sonido del motor que arriba los chuchos se han aprestado desde los patios hasta la entrada frontal sacudiendo sus rabos en plena muestra de felicidad al ver a Ilario, su hermano y otro empleado algo mayor, acompañados de la señora Antonella que vienen de la rutinaria inspección en la hacienda de Mr. Cartman. El humor de Antonella no es el mejor, los perros lo notan al intentar olfatear sus manos y frotar sus lomos contra sus piernas, pero ella los ignora y camina directa hacia la casa.

Por la mente de Antonella sólo pasa el amargo rato que pasó, como siempre, al compartir oxígeno con Daniel Fergusson. Al encontrarla en los establos lo primero que hizo fue recordarle que no le han pagado el alquiler que en un principio había ofrecido de forma gratuita y a último momento se ha negado a brindar sin una retribución. Rigo Saldivar se mostraba distraído cuando su hermano le dio una colleja para que continuara caminando por los corredores para que la señora pudiese hablar a solas.

—Mira, Daniel…

—Te veo perfectamente, preciosa —interrumpió él, acercándose con una sonrisa maliciosa; ella en respuesta revoleó sus ojos—. Pero necesito ver también algo de ganancia por tener a tus animales quitándome tanto espacio y tiempo.

—Lo sé, Daniel, y te vamos a pagar, nosotros sí cumplimos nuestras promesas —espetó, intentando dejarlo para seguir a sus empleados, pero Daniel la sujetó de la cintura y le encerró entre la puerta de uno de los establos y su pecho.

—Claro que por ti puedo aceptar otro tipo de acuerdo —dijo, ejerciendo presión en la cintura de esa mujer que tanto tiempo se le había resistido; pero ella en lugar de intimidarse alzó el mentón partido por esa línea masculina y le sonrió, a sólo unos centímetros de sus labios creyó Daniel que por fin podría comérsela a besos y de otras tantas formas.

—Estarás pendejo si piensas que accedería a eso. Nunca pasará, Daniel.

Se sacudió su agarre con asco y fortaleza, ajustando su sombrero para pasar por su lado y seguir el camino que tenían planeado, sin poder escuchar las palabras “ya lo veremos” que Daniel Fergusson escupe como una amenaza.

—¡Anto, ¿qué hago con los sacos de alimento?! —inquiere Ilario, cuando la ve distraída marchando hacia la casa, extrañado de que Antonella tenga de pronto mal humor.

—¡Llévalos al granero, añádelos al inventario! —responde ella en otro grito desde el pórtico principal, la mano en el pomo no llega a abrir la puerta ya que alguien más al otro lado lo hace por ella. Sorpresa se lleva al ver al abogado de Franco, el señor Coltton, saliendo de casa con su maletín en mano; el gesto de ella es obvio, el de él es más natural y cordial—. ¡Señor Coltton!, ¡qué sorpresa!

—Señorita Antonella, es un placer volver a verla. —Estrecha su mano y aún divididos en la casa ella inquiere sobre los motivos por los que se encuentra allí—. El señor Callahuge me llamó, señorita, teníamos asuntos pendientes que atender. Si me disculpa, no le robo más de su tiempo; su familia le espera para la comida. Hasta luego.

Aturdida por la inesperada visita, Antonella cuelga su sombrero en un perchero del zaguán y sus pasos le anuncian al entrar al comedor, allí la escena se realiza como era de esperarse y el recuerdo de que hace sólo meses casi pierde a esa “familia” que brilla en el banquete servido bajo el dorado sol del mediodía le estremece y le hacen sonreír agradecida a la vida.

—Ya te lo dije, querida —dice Adriano, señalando con gesto de disgusto hacia su plato, el brazo izquierdo medio doblado en su regazo—, que no me gusta la remolacha.

—Pero, señor Adriano —la enfermera Chantal, usando su vestimenta verde menta de los viernes le responde con dulzura en su voz—, es parte de su dieta, tiene que comerla para mantener los niveles de hemoglobina.

Antonella escucha la discusión desde el umbral y avanza hasta Adriano para rodear sus hombros desde la espalda y posar sus labios en su mejilla con un sonoro beso filial.

—Escucha a la enfermera, no seas necio, viejo.

—Viejo tu culo —presto responde al mote, volviendo a hacer un puchero al ver la colorida verdura en la vajilla; el pobre signore está cansado de la dieta baja en grasa y alta en vitaminas y proteínas, sólo puede pensar en un buen trozo de carne asada jugosa en adobos y aceites italianos. Pero ante su disgusto, la joven simplemente ríe y ocupa la silla a su izquierda. En el mismo momento en que la enfermera se retira, el figlio arriba puntual al comedor, acompañado del arquitecto encargado de los proyectos de construcción en el rancho, Genio Lozano, de complexión ancha y formas redondas moldeadas por el matrimonio, la convivencia y la vida; la barba haciendo de Photoshop para disimularle las mejillas sonrosadas y anchas.

—Lenguaje, padre, tenemos invitados —anuncia su hijo, quitando su sombrero para entregarlo a una de las sirvientas que se aprestan a atenderle—, ¿cómo estás, viejo? —saluda con sorna.

—¡Otro! Vaffanculo, porco bastardo… —exclama el anciano, aprovechando la ignorancia del invitado en el idioma extranjero para rezongar por lo bajo—. Son éstas mujeres y sus verduras coloridas ue me ponen mal.



Elizabeth Ortiz (EOrtizM)

Editado: 05.01.2020

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