Heridas Invisibles

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XXI.

Reflejando el dorado sol del atardecer, los lentes espejados del primo Ignazio Callahuge enfocan las páginas de una de sus novelas favoritas al mismo tiempo que da una amplia mordida al albaricoque en la mano contraria. En una silla contigua, los signori Adriano y Geronimo también saborean un corto caldo mientras discuten la situación política de la República y la posibilidad de tener que emigrar si todo se torna demasiado turbio en la región. El primo mayor, Vicenzio Callahuge, hace una siesta en una de las hamacas más retiradas de las sillas y sombrillas instaladas en el patio principal.

Del pequeño corredor custodiado por enredaderas floridas, el teniente Franco Callahuge sale para reunirse con sus familiares, sombrero bajo el brazo y la espalda erguida como nunca, el sol hurta diminutos destellos de los botones dorados, las insignias de reconocimientos que descansan en su pecho y los Ray-Ban que ocultan sus preciosos ojos castaños, el cabello acicalado y domado en un peinado muy formal y propio, las mejillas limpias de cualquier vello facial permiten que su sonrisa de colmillos aperlados deslumbre.

En un jadeo de sorpresa, el signore observa a su hijo llegar a su lado, y con dificultad pero sin ayuda se pone en pie para atraerlo hacia sí y con las manos temblorosas por el orgullo que le inunda al ver a su muchacho convertido en todo un hombre, le abraza y besa las mejillas con fervor, repitiendo una y otra vez cuánto lo ama.

—Por fin pareces un hombre —dice el zio estrechando las manos con más calma que su hermano. Sin embargo, y aunque Franco no comprende la razón de inmediato, el zio borra su sonrisa para abrir su barbilla hasta dejarla caer al suelo, exclamando: —Mamma mia!

Franco gira entonces para descubrir también aquello que los Callahuge observan con expresiones similares, allí, cruzando por el mismo umbral que él cruzó hace sólo minutos, Antonella baja con la gracia de una princesa, cuidando que cada paso sea firme, su espalda derecha como siempre y el mentón de rasgo masculino bien alzado ante las miradas.

No puede creer que esa mujer pueda ser tan elegante un momento y tan impetuosa poco después, hace poco la vio manchada de lodo hasta las rodillas, el cabello enmarañado en una trenza y la camisa de mangas largas con manchas de sudor por todos lados, su olor no era el mejor; pero el trabajo fue arduo esa tarde, con todo y cansancio, allí está ella ahora en un entallado vestido sobrio cubriéndole hasta debajo de sus rodillas, el cuello de corte cuadrado adornado con un collar de perlas y las mangas ausentes exhibiendo sus definidos hombros y brazos, los pies en un par de sandalias de tacón cuadrado de una altura aceptable para el evento, para finalizar, el cabello se lo ha recogido en un precioso arreglo con perlas por aquí y por allá, recordándole por un momento al día en que llegó a la hacienda y usaba algo parecido en su cabeza, lo supo entonces y lo vuelve a recalcar ahora: Ella es hermosa y sensual.

—Te ves bien —dice él, sonriendo con no poca coquetería, dando un barrido por su figura.

—Tú también pero —ella ladea su cabeza, analizándolo sin descaro—, quedamos en que usarías un traje más… discreto, que el blanco.

—Éste es el traje discreto. —Es su cínica respuesta, aludiendo al poco interés que mostraba en querer hacer el viaje de compras a la ciudad sólo por otro costoso traje cuando la situación económica del rancho no es la mejor. Y con el afán de llegar antes de tiempo a la cena, se despiden de la familia con sendos besos y suben a la camioneta no sin antes escuchar las miles de órdenes y recordatorios de la administradora, al final Franco rueda sus ojos y la toma de la muñeca con suavidad para hacerle entender que tienen que irse ya y para ayudarla a subir al asiento de copiloto.

Los cinturones se abrochan, el aire acondicionado empieza a funcionar y en un parpadeo están en la carretera, envueltos por una aura silenciosa e incómoda, hay algo allí en ese aire que no había antes y a ambos asfixia. Por fin y luego de debatir en su interior, Franco se decide a preguntar por Victor y sus salidas a bailar, le extraña que no se hayan citado en mucho tiempo. Antonella pierde un poco del brillo en su mirada pero al final es una sonrisa tenue lo que impera cuando le mira a través de los asientos y le responde que ya no salen de esa forma.

—Lo lamento —dice sin más, sin saber qué decir al respecto, porque no sabe si alegrarse de que ella esté soltera, al menos al cien por el cien, o apesarado de que esto mismo la entristezca. Es un sentimiento culposo.

—¿Qué hay de ti? —inquiere ella, intentando aminorar el peso que las palabras le causan, el recuerdo del fin de una relación de amor y, quizá, de amistad—. Nunca te he visto con ninguna chica, sostengo mi teoría de que eres gay.

—Estoy igual que tú —con una sonrisa, ya el aire descondensándose en la cabina—. Pero no he tenido tiempo para pensar en relaciones formales: el rancho, mi padre, tú…

—¡Oye! —brinca ella, ofendida—, ¿yo qué tengo que ver con que no puedas ligar?

La carcajada que Franco libera retumba entre ambos, sin poder creer que ella sea tan descarada.

—Nunca dije que no pudiera ligar ni que no hubiera salido con otras mujeres en éste tiempo —responde con sapiencia, orgulloso de ello—. Y tú —acentúa en su dirección—, porque has sido a pain in my ass desde que llegaste.



Elizabeth Ortiz (EOrtizM)

Editado: 05.01.2020

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