Heridas Invisibles

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XXII.

El sabor amargo de la bilis le quema la garganta como un volcán haciendo erupción y Antonella apenas y tiene tiempo para despertar y correr hacia el inodoro para liberar allí los litros de alcohol que su estómago rechaza. Con un palpitar incesante en las sienes se apoya de codos en la taza y se maldice por no haber cerrado las cortinas antes de irse la tarde anterior, ahora toda la luz de la mañana le golpea las pupilas. Se desnuda echada en el suelo y apoyada de los azulejos de la pared se mete en la ducha para intentar recobrar un poco la cordura y serenidad.

Afuera se escucha el ajetreo de la construcción de los establos y el hacer doméstico de los patios pero a ella ni siquiera le preocupa el no haber organizado el día como de costumbre ya que la resaca le impide sentir algo que no sea mal humor. Así, rabiando y maldiciéndose por no haber tenido autocontrol, baja al comedor donde el desayuno se va sirviendo apenas; al menos eso no se ha perdido. Besa la mejilla de Adriano en silencio y ocupa su lugar a la izquierda.

Buongiorno, prima —saluda Ignazio con sorna.

Fuck off —espeta ella, sin removerse los lentes de sol, posterior, agradece el batido “levantamuertos” que Mati le trae—. Tú no digas nada —hacia Franco, al notar la sonrisa socarrona que éste le lanza desde el otro lado de la mesa, sin embargo, él se mantiene atento a todos sus movimientos como nunca lo ha hecho, al sentirse acosada con tanta observación alza los tenedores con señal de inquisición—. ¿Qué?

—Veo que se divirtieron anoche —interrumpe Adriano, pero todos los Callahuge y hasta la enfermera Chantal esperan una respuesta positiva, claro, se refiere al trato con los franceses.

—Yo digo que de maravilla, mejor de lo que se podría esperar —responde Franco, mirándola con esa sonrisa casual y coqueta y el brillo inusual en sus ojos miel. Ella hace crujir sus cejas con extrañeza y niega volviendo a tomar de su batido especial.

—Maldito francés machista de mierda, no quería tratar conmigo —rezonga ella—, al final escucharon y los miré bastante convencidos con la propuesta, Adriano, especialmente a Dean.

—Sí, el francés y su socio iban contentos.

—Se llama Dean —corrige ella, y Franco lleva una fresa a su boca en ese momento en sus ojos se encuentran, estremeciéndola por esa actitud tan presuntuosa y esas miradas intensas, ¿qué le pasa?

—Pues estoy complacido, esperemos que la competencia no les haga una mejor oferta. ¿Y ustedes? —Cambiando de tema—. ¿Fueron a algún sitio después?

—Sí, fuimos por unos tragos. —Ella se encoge de hombros.

—Eso es obvio. —El primo recibe una colleja de parte de ella por su mofa.

—Yo tome unos tragos, tú… —Franco se atreve aún a echarle más fuego a la hoguera de su mal humor.

—¡O cállate! —espeta ella, lanzándole un poco de fruta que llega a picarle una mejilla y acrecentar su risa—. ¡Dios!, ni siquiera puedo recordar nada después de las once.

Aunque los demás presentes encuentran gracia en el sufrimiento de Antonella y ella misma comienza a mejorar su humor a medida va avanzando la mañana, en Franco éste comentario le causa inconformidad y borra de sus labios la sonrisa coqueta y el brillo de sus ojos cambia ligeramente.

—¿Qué pasó, Franco? —inquiere ella, despertándole de su abstracción momentánea.

—Nada que no se esperara —responde él, encogiéndose de hombros—: bailaste, te tropezaste, te tuve que cargar escaleras arriba…

Porca miseria! Menos mal no hice ninguna estupidez como intentar acostarme contigo. —Se ríe de su propia imprudencia mientras pasa un par de pastillas acompañadas de un poco de su batido, esperando que hagan efecto rápido. No alcanza a ver cómo cambia el gesto de Franco por completo.

—En fin, me alegra que se divirtieran, my children. Changing the subject, me han dicho que estás interesado en pasar una temporada con nosotros, ¿Ignazio?

El primo casi se atora con un trozo de fruta cuando su zio Adriano le sorprende con la pregunta, y es que no había tenido ni el coraje ni la ocasión para discutirlo, pero tal parece que alguien ya le ganó. Con los colores subidos al rostro se encarga de aclarar la garganta para poder hablar con firmeza.

—Esto… Sí, así es, tío. Se lo mencioné a Antonella el otro día, quisiera trabajar y aprender equitación aquí, con ustedes. Si me dejas, claro.

Siamo famiglia, Ignazio, eres bienvenido en mi casa siempre —responde el signore, alzando la copa con su batido de frutas, todos al mismo tiempo le imitan—. Por Ignazio.

—Por Ignazio —replica la familia con orgullo, felicitando al joven por su decisión. Casi de inmediato, Adriano sugiere que estudiará la opción de que el primo se dedique a estudiar equitación como profesión, que primero debe aprender oficios del rancho, pero ante esto su querida Antonella se opone con firmeza.

Col cavolo, ni hablar, Adriano. Es lo que él quiere, hay que apoyarlo y non dire pi`u —sentencia revolviendo el cabello del primo en un gesto amistoso.



Elizabeth Ortiz (EOrtizM)

Editado: 05.01.2020

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