Heridas Invisibles

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XXIII.

Las mejillas de precioso color canela de Matilde Benitez se adornan con dos bonitos hoyuelos cuando sonríe, sus ojos almendrados se iluminan con cada carcajada y se agita el fleco en su frente ante las fantásticas y graciosas historias que Ignazio le narra en el corredor, compartiendo un delicioso café espresso él y una malteada de fresa ella. Mientras más días pasan juntos, mientras más minutos comparten en el rancho, más desarrollan un deseo por estar con el otro, y esto lo sienten ambos, sólo que no lo saben aún.

Su felicidad es interrumpida por las botas que compactan la tierra en el patio trasero, del camino principal arriva Ilario, con sus cabellos rizados negros alborotados por el trabajo tan arduo, éste los enfoca y se contrae en silencio pero sin vacilar, Matilde se tensa y la sonrisa en su rostro se difumina, esto no pasa desapercibido por el primo Callahuge.

—Buenas tardes, señor —masculla de mala gana hacia Ignazio, y éste responde con la misma amabilidad de siempre, pero comienza a presentir que quizá no es del agrado de Ilario—. Matilde, ¿dónde está el señor Franco?

—Lo tengo en el bolsillo —espeta la chica, obteniendo una risita espontánea y burlona de parte de Ignazio, misma que borra en el mismo momento en que nota el disgusto en el rostro de Ilario—. No lo sé, búscalo.

—En el estudio —completa el primo, dando la respuesta deseada en medio aún de una sonrisa y viendo partir a Ilario tras darle las gracias, se percata de la mirada mortífera que lanza hacia su amiga Matilde, entonces se inclina hacia adelante—. ¿Todo bene entre tú y él?

—Sí —Matilde se ruboriza, jugando con el vaso de cristal de su malteada—, eso creo.

—¿Por qué? ¿Es tu novio, o te gusta? —inquiere sin saber o notar que a las demás personas ese tipo de preguntas incomoda, pero para él es algo natural sentir y querer, nada de qué avergonzarse. Ella se ruboriza y baja la mirada al rosado brebaje.

—¡No! No, es mi amigo, o lo era… ‘Pos no sé, hace tiempo que no nos llevamos tan bien. Ignóralo —vuelve a sonreírle con esos bonitos hoyuelos—, no es nadie importante…

Alejándose de la escena antes de escuchar algo de la conversación entorno a él, Ilario Saldivar se dirige al estudio de la casona en busca de su patrón pero en su mene flota aún la irreverencia de esa escuincla que tan mal se comporta, como la niña tonta que es al buscar atención en los patrones para compensar las deficiencias emocionales en su casa, o al menos es lo que él piensa. Cuando está frente a las puertas del estudio, abiertas de par en par se sacude de la mente cualquier idea de Matilde, su patrón lo mira antes de que pueda pedir permiso para entrar.

—Ilario, pasa, pasa… —Franco termina de hacer archivos de la construcción y le dedica su atención—. ¿En qué te ayudo?

—Patrón, es que creo que tiene que ver algo en los graneros —anuncia, sabiéndole amargo las palabras.

—¿Qué es? —Las cejas castañas de Franco se contraen al ver los rasgos de pesar en el rostro del joven empleado y cuando le confiesa la razón de su visita se apresura a su lado para ir hacia el granero, saliendo ambos despavoridos por la puerta trasera de la cocina sin recatar en los dos jóvenes aún sentados en medio de una amena conversación.

Fuck’s sake! Lo que faltaba: El último pedido de alimento está plagado de hongos, el olor de la humedad y la proliferación fúngica embriaga esa sección del granero, los labradores cerca comienzan a  intercambiar palabras y preguntarse los unos a los otros cómo pudo haber pasado eso tan rápido. Sin dilación Franco les ordena desechar los sacos contaminados de inmediato, desinfectar el área y verificar todo el inventario de nuevo, mientras él se dirige hacia el pueblo para que el proveedor le rinda cuentas pero al llegar   él y revisar personalmente el stock se da cuenta que están en perfecto estado, y sólo el alimento que tenían en el granero se echó a perder, ¡de un día para otro!

“Es obvio que el cabrón de Daniel tiene algo que ver”. La voz de Antonella llega a su mente en la discusión que protagonizaron recientemente. “Cualquiera con tres dedos de frente es capaz de saber”. ¿Y si después de todo ella tenía razón?, ¿y si todo esto es demasiada coincidencia para que ocurra en un mismo momento?, ¿alguien estará intentando sabotearles? Aunque le cueste admitirlo, posiblemente sea así.

 

No se han visto en un buen tiempo, con los animales fuera del rancho los encuentros son menos probables pero cuando Antonella enfoca su espalda desde lo lejos, caminando en el pasillo de los establos, siente que el corazón le palpita con fuerza y las intensas ganas de correr y echársele en los hombros son difíciles de contener, más aún cuando se gira y sus brillantes ojos chocolates le sonríen. Lo saluda con un beso en la mejilla y un corto abrazo, porca miseria, apenas eso luego de años devorándose a besos en la cama.

Guardando prudencia frente al capataz de la hacienda de Monsieur Godard que supervisa la visita y la cuarentena del corcel, hablan de Toscana, las pruebas de laboratorio que deben realizar para descartar otras enfermedades y, lo que más tranquiliza a Antonella, las pocas probabilidades de que sea algo peor que ponga en peligro la vida o la capacidad reproductiva de la yegua.



Elizabeth Ortiz (EOrtizM)

Editado: 05.01.2020

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