Heridas Invisibles

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II.

Va bene, esto ya es pedir demasiado, pero allá voy. —Una vez entrada en ambiente, con todas las tareas cubiertas y el tiempo para divertirse agotándose, Antonella ha decidido lanzarse a montar el toro mecánico aun estando fuera de práctica y con un buen público observándola; los Callahuge hacen nombre a donde sea que vayan.

Los primos le hacen porras y los jornaleros que han ido con ellos al evento le silban con entusiasmo, Franco junto a su padre y al zio esperan atentos que se suba a la máquina e inicie el rodeo. Ella se sacude los nervios y le hace una señal al operador para que comience… Los irises color miel de Franco se  contraen con excitación al verla mover sus caderas al compás de la máquina, como un experta agita el cabello manteniéndolo fuera de su rostro al tiempo en que agita su sombrero en el aire y se sujeta con la mano contraria, manteniendo el equilibrio con maestría así como la sonrisa. Franco sabe que no es el único hombre prestándole atención en ese momento, que no es el único allí pensando en que ella debe ser buena en la cama.

Agitada, las mejillas hinchadas de felicidad, Antonella vuelve a colocarse las botas a su lado, recibiendo halagos y majaderías por igual de parte del signore, comentarios que en otra época harían rabiar a Franco pero hoy no hacen sino reír. Vuelven a los bares, comenzando a vaciarse ya de clientela, comparten más bebida y celebran invitando a los empleados que han quedado rondándoles, los demás están ya en sus asuntos personales, disfrutando lo que queda del cierre de la feria, incluyendo en estos a la enfermera Chantal.

Antonella se excusa, marchándose a los baños para hacer pis, aprovechando para refrescarse y lavarse el rostro, al mirarse en el reflejo del espejo tocador, se sorprende al ver lo brillante que tiene los ojos y lo bonita que se ve en el espejo pese a que tiene el cabello alborotado y el maquillaje corrido, se muerde un labio al saber que sólo hay una causa para tal estado… Al salir, se coloca el sombrero y alza la vista, encontrándose con una mirada color chocolate que se ilumina al enfocarla.

—Victor —dice ella, acercándose con una sonrisa para besar su mejilla. Irónico, piensa, besarse la mejilla cuando se han comido hasta la conciencia.

—Antonella, ¿cómo les ha ido?

—No nos podemos quejar, servirá para levantarnos. —Con esperanza en su mirada, en ese momento una chica se acerca a ellos y pregunta cuánto más tardará, ya quiere irse, Victor le responde con amabilidad que espere en el auto, sólo charla con una amiga y “jefa”. La chica se va y Antonella continúa sonriendo con gentileza—. No te entretengo más, disculpa.

—No, descuida. Hace días no voy por el rancho, ¿cómo van con los establos y Toscana?

—Ella va bien, Monsieur Godard es muy generoso. Ya lo sabes.

—Claro. ¿Y los establos?

—Pensamos inaugurar antes del invierno, tenemos qué —corrige al final, admirando con un barrido la pérdida de peso que ha sufrido su viejo amigo y amante, sorprendida con el cambio prefiere no comentar nada para no hacerlo sentir incómodo, sabe que Victor tiene cierto complejo con eso—. ¿Y tú? Veo que has “bailado con tu amiga un rato”.

—Sí, ella —Victor se sonroja, sujeteando con el sombrero en sus manos—. No hemos “bailado” durante mucho tiempo, de hecho, pero es una buena chica.

—Me alegro por ti. —La melancolía en las palabras de ambos aún es tan latente como ese resquicio de sentimiento de una relación tan larga y fuerte que los ha marcado de por vida a ambos.

—Gracias. ¿Qué hay de ti? Te vi bailar con él, con Franco.

—No “bailamos”. —Se excusa de presto, sonrojando y desviando su mirada un segundo, y él que la conoce tan bien sabe qué significa esto.

—No tienes que explicarme nada, hermosa, eres libre de bailar con quien sea, solo ten cuidado de que tu pareja sepa con quien baila y así lo acepte. No quiero que te lastimen, ¿de acuerdo?

Antonella siente que algo se estremece en su pecho al saber que Victor aún la cuida y se preocupa por ella, y quizá toda su vida sentirá algo así hacia ella.

—De acuerdo. —Le sonríe y se inclina adelante para besar su mejilla—. Ci vediamo?

—Nos vemos.

Cuando la familia se reúne de nuevo, es unánime la decisión de comenzar a levantar vuelo para volver a casa y dar por terminado un largo y dichoso día.

 

—¿Estás segura que no deseas pasar la noche aquí? Tenemos una habitación disponible aún, Chantal. —La amable y feliz enfermera agradece y se rehúsa por tercera vez a quedarse a dormir en la casa de sus patrones pese a la tarde hora, insiste en que mejor le asignen un auto con chofer para que la lleve a su casa en el pueblo. Tras dejar a Adriano acostado en su cama con las sábanas cubriéndole hasta el pecho, se retira de la habitación donde los dos jóvenes se despiden uno a uno del singore, primero ella, inclinándose para besar su mejilla y susurrarle que lo quiere infinitamente y que está agradecida de poder haber compartido ese día con él. Luego, mientras ella va dejando en penumbras la habitación, apagando las luces con parsimonia, Franco hace lo mismo con su padre y le desea dulces sueños. Dejan la habitación a obscuras y entrebierta por si él tiene alguna necesidad y  les llama en medio de la noche, que casi nunca pasa.



Elizabeth Ortiz (EOrtizM)

Editado: 05.01.2020

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