Heridas Invisibles

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III.

 

Cualquiera que lograse entrar en esa habitación en ese preciso momento, primero se encontraría con el olor a sexo flotando pacíficamente en el aire y los rayos luminosos de un alba tardía alumbrando el aura estoica de los amantes en aquel lecho; seguido, encontraría un buró fuera de sitio, una lámpara en el suelo y los sombreros vaqueros descansando en el tocador, las prendas de ropa y zapatos a lo largo de la habitación, finalmente, sobre la cama, sábanas testigos de una noche de pasión y sexo.

Ella despierta, y se da cuenta que está siendo asfixiada por el peso de Franco, no desea despertarlo pero debe preparar el día de trabajo, con el poco cuidado que podría tener se desliza fuera de su alcance, desnuda. Lo contempla sobre su hombro: la boca entreabierta y una mejilla sombreada por la barba, aplastada contra la almohada, las pestañas largas curvadas sobre el pómulo, y un mechón de cabello cubriéndole la ceja, lo aparta con suavidad para ver su perfil completo y no puede evitar sonreír de felicidad.

Se ducha, el agua tibia le causa escalofríos al recorrer los parches morados que las mordidas dejaron, al salir envuelta en sus toallas no lo encuentra en la cama, ni su ropa en el suelo. No se preocupa, sin embargo, simplemente crea orden en la habitación, cambia las sábanas y se cambia como de costumbre, el sol despunta cuando el comedor y las matronas cuentan con su soberana presencia pero el sereno frío es un claro anticipo del cambio de estación.

Good morning, sweetheart.

Buongiorno, Adriano —replica ella, inclinándose sobre su hombro para besarle de forma sonora la mejilla y ocupar la silla de siempre: a la izquierda del signore—. Buen día, Chantal.

La enfermera responde de buena gana y los demás comensales se les van uniendo de dos en dos, finalizando con el joven patrón. Comparten una mirada como cualquier otra, ambos contienen con dificultad el brillo de alegría de sus ojos, las ganas de tocarse y besarse como en la noche anterior; creen que nadie puede notar lo curioso de sus sonrisas, el aura brillante en sus mejillas y en sus modales, pero el signore, que los conoce tan bien a ambos, sabe que aquello sólo puede significar una cosa.

Discuten en el desayuno cómo pasarán los Callahuge sus últimos días en el rancho antes de volver a Italia, previniendo también que la situación política del país les permita transitar fuera sin problemas. Se visitará la escuela de equitación de Monsieur Godard para que el primo Ignazio la conozca, tendrán un almuerzo al aire libre, saldrán a cabalgar a alguna zona poco conocida del rancho, y disfrutarán en general de la fresca tarde de otoño. Benísimo!

Se levanta la mesa y cada quien se va a preparar a sus habitaciones, excepto Antonella quien se dirige hacia los patios principales por aquel corredorcillo mágico que culmina en dos puertecillas de cristal y una cortina de enredaderas floreadas.

Hey! —Antonella se gira y espera al pie de los halos que arrancan destellos azules de su cabello, Franco la mira y se quita el sombrero, apartándose el cabello del rostro en un gesto que sólo añade sensualidad a su figura de cowboy. Le rodea una mejilla con la mano libre y acaricia con el pulgar sus labios—. Hola.

—Hola —responde ella, con una sonrisa, besando el dorso de su mano.

—Anoche fue increíble.

—Sí, lo fue —responde ella, sus ojos brillan de una manera que Franco nunca había visto, quizá sólo sea la luz que penetra de forma singular en ese rincón de la casa, refractada en distintos colores—, nunca me había sentido así con alguien.

Franco siendo Franco sonríe, cuestionando con un movimiento de sus cejas la veracidad de sus palabras como un joda silenciosa que colma de rubor las mejillas de Antonella.

—¿Qué? ¡Es verdad, stupido!

—Tranquila con esa boca, caporal. —Se mofa él, acercándose para besarla primero con paciencia y ternura, pero cuando su lengua desea hacer su entrada triunfal...

—Mjum… —Ambos, abrazados, giran sus cuellos y encuentran a los primos Callahuge, el menor comiendo una naranja lentamente, al zio Geronimo sujetando su barriga y Adriano en su silla de ruedas con una sonrisa de satisfacción, y la enfermera detrás, boquiabierta.

Porca miseria!

Fuck dammit!

Si pudiéramos estar en la ventana del comedor donde Adriano se sienta a tomar un espresso de vez en cuando, veríamos al signore Adriano y su proliferativo hermano, Geronimo, correr a medias detrás de Franco Callahuge hacia el estudio, donde le exigirán detalles de aquella relación que lleva tiempo desarrollándose bajo sus narices; también desde ese extremo, veríamos a Antonella salir al patio trasero seguida de los primos Callahuge que le joden y puyan preguntándole detalles morbosos sobre su primo mayor, y ésta los mandaría a cagar con un rubor de vergüenza en sus mejillas.

La vida cobra un brillo de alegría y monotonía cuando pasan los días de otoño en el pueblo de Hackland. En el rancho, el zio y sus hijos regresan al país de la bota para los eventos de graduación del menor de los primos Callahuge, y éste preparará su mudanza definitiva a la República. Matilde reciente la ausencia de su amigo pero lo soporta con valentía sabiendo que pronto estarán más tiempo juntos.



Elizabeth Ortiz (EOrtizM)

Editado: 05.01.2020

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