Heridas Invisibles

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VI.

“Juntos” había dicho su padre cuando intentó reconciliarlos por primera vez, y tenía razón, ellos pertenecen juntos. Franco lo comprueba cuando teme perderla tanto como temía perder a su padre, y allí buscándola bajo la lluvia, en lomos de Canelo, su Canelo, por las praderas y bosques, desespera al no encontrarla. Le informaron por el walkie-talkie que la vieron salir de casa y llevarse a Toscana sin montura, en medio de la tormenta, el alma le cayó a los pies y dejó lo que hacía en uno de los potreros para salir a buscarla, eso desde hace una hora.

Sabe que ella no está bien de la cabeza, que necesita ayuda, pero apenas y puede con todo él solo y con sus constantes crisis emocionales que no comprende de dónde vienen ni qué son. Tres días ha llevado todo lo mejor que puede gracias a la ayuda de sus capataces y el primo Ignazio, pero ella no había salido de la recámara, no había hablado, no recibía los platos de comida que Matilde le llevaba, hasta hoy.

—¡¿Antonella?! —grita al creer verla a la lejanía, en el último lugar al que se le ocurrió ir a buscarla: Los cimientos de la que sería su casa, su hogar. La distingue arrodillada frente a la “entrada principal”, usando sólo un camisón de dormir que apenas y cubre sus piernas pero le trasluce los senos desnudos y las bragas de algodón, el cabello adherido al cráneo y unas ojeras tan profundas como el vacío de su mirada; con cautela la rodea y se arrodilla a su lado—. Anto, ¿qué haces aquí cariño?

—Estoy esperándolo —responde con voz queda, mientras él se quita la chaqueta y con cuidado toma sus manos para colocársela—. Él me dijo que estaría aquí —continúa ella, explicando el suceso con asombro—. Adriano va a llegar.

My love —ella cambia su mirada unos segundos al escucharlo llamarle así por primera vez—, escúchame, solo fue un sueño. Adriano, ya no está. Volvamos a la casa, te daré un baño tibio, algo de comer y hablaremos sobre esto, ¿sí?

—Pero… yo lo vi aquí —insiste ella cambiando por tercera vez esa mirada de lunática, a confusa, y ahora, a la de una pequeña niña que ha perdido su juguete favorito y no entiende que a veces las cosas simplemente se pierden, salen de nuestra vida para siempre.

—Lo sé, cariño, sé que lo viste aquí, pero no fue real. El ya no está. —La abraza y ella apoya su mejilla en su pecho—. Ya no está.

La cuida como al más preciado de los obsequios, la lleva en Canelo hasta el corredor del patio trasero, la carga en brazos para que no siga ensuciándose de lodo ni se lastime al estar descalza, también para mantenerla bajo su control ahora que tiene un espíritu domable.

—Revisen a Canelo y Toscana en los establos. Filo, preparen algo ligero y caliente de comer —ordena, llevándola hasta la recámara de ella, donde la desnuda y guía hasta la ducha, desnudándose para entrar junto a ella también. Mientras Antonella mantiene las manos laxas a sus lados y la mirada pendiente del éter al frente, Franco lava su cuerpo con sus jabones y quita los restos de lodo de su cabello; con mayor prestes hace lo mismo en sí mismo y corta el agua para tomar un par de toallas—. ¿Quieres hacerlo tú? —Le pregunta, tendiéndole una, ella la toma en silencio y comienza a secarse con automatismo, él la analiza mientras tanto y cuando termina la lleva a la pieza envuelta en el algodón.

La sienta al centro de la cama y se acomoda detrás con un cepillo y una crema que la ve usar todos los días, comienza por sus mechones más largos para no halarle el cabello, recordando a su madre y esos momentos en que le pedía poder peinarle sólo para poder tocar su suave cabello. El recuerdo le trae lágrimas a los ojos, sintiendo ambas pérdidas como una sola.

—Cariño, háblame, por favor —susurra él, apoyando su frente en la parte posterior de la cabeza de Antonella—. Te necesito, no puedo hacer esto sin ti.

Franco solloza y sorbe las mucosidades de su nariz entre lamentos tenues, sus hombros convulsionan un par de veces pero se detienen al sentir el movimiento de ella, alzando los ojos húmedos por el llanto la mira girar de medio cuerpo y siente una de sus manos acariciando su rostro, como reconociéndolo, como recordándolo.

—Franco. —Lo besa castamente y se levanta para buscar algo en el armario, se toca la frente sin comprender qué está haciendo, entonces él se acerca con la toalla atada a la cintura, y le alcanza un suéter café y unos pantalones negros, ropa interior que ella suele usar y sus zapatillas deportivas de andar en casa. Obediente, ella se cambia mientras él hace lo mismo en su recámara, dejándola sola unos minutos nada más. Regresa por ella tan pronto como puede para ofrecerle su mano y ella, dudosa, la mira unos segundos hasta que decide tomarla y dirigirse al comedor donde las matronas han servido la comida: Una sopa de tortilla de exquisito olor que rápidamente despierta sus apetitos.

En silencio, ambos comen con parsimonia, ocupando aquellos asientos que siempre ocuparon cuando Adriano estuvo allí. Ella deja la cuchara en el plato y gira hacia la silla vacía en la cabecera de la mesa, con la mirada desorbitada como si descubriera un secreto cruel. Franco se mantiene alerta a cada uno de sus rasgos, de sus movimientos.



Elizabeth Ortiz (EOrtizM)

Editado: 05.01.2020

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