Heridas Invisibles

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VII.

Principios de primavera del siguiente año…

 

Cuando la brisa sopla del éste, eleva sobre la pradera los diminutos dientes de león en una cortina blanca que remolinea hasta perderse en el cielo azul, arrastra el olor de las begonias del limbo del bosque hasta los pastizales de la hacienda. Allí, sobre las espaldas de un equino de raza Tennessee Walking de pelaje alazán, dócil al mando, su jinete recibe la brisa con una aspiración y entorna su mirada para ver el vaivén de la lejana grava que baila con ella. En sus ojos castaños oscuros lanzan un destello de tristeza cuando se cuajan en lágrimas por un recuerdo que vaga por ellos, las mejillas van recuperando el dorado tinte que el invierno les robó, pero la alegría de su sonrisa no se ha visto desde entonces.

Antonella se sacude la memoria y recobra la fuerza para volver a los establos de la hacienda Godard, se le nota fuerte y hermosa como antes de la muerte de Adriano, pero su mirada no es la misma. Las instalaciones de lujo, con estilos modernos y minimalistas contrastan con lo tradicional del rancho Callahuge, los empleados usan uniformes impolutos: Azul índigo para los asistentes de establo equino, azul celeste para los instructores –mismo que ella porta-, blanco para los cargos más administrativos… Un joven vestido en tonalidad índigo le recibe las riendas del animal y le informa que su próxima clase estará lista en diez minutos, Monsieur Godard quiere verla antes, ella agradece con la educación propia y se dirige a las facilidades del mismo impoluto color para reunirse con su jefe.

Claro que no ha sido fácil, pasar de ser la mandamás del rancho a ser una simple instructora, con beneficios, pero subordinada al fin y al cabo. Sin embargo, es agradecida con Monsieur Godard tanto como lo fue con el signore Adriano en su tiempo, al recibirla con los brazos abiertos en un momento de necesidad y escucharla atentamente sin hacer ningún gesto de sorpresa luego de contarle su historia; el caballero la miró con profundidad y ternura, tomó sus manos y todo lo que dijo fue: —No puedo juzgar a una víctima—. Con ello vino la promesa de empleo y protección el tiempo necesario, sellando el contrato con un abrazo paternal para mitigar el llanto de la soledad y el abandono.

Se dirige a la oficina del jefe, ubicado en la segunda planta del complejo, con una pared de cristal que le permite ver hacia las pistas de entrenamiento y gran parte de los pastizales, luego de hacerse notar tocando la puerta le permiten entrar y a contraluz de la tarde puede ver la elegante figura de Dean Ampère y su colega francés, el primero le sonríe con su característico encanto, el segundo permanece impávido junto al cristal.

—Buenas tardes, disculpe, ¿me necesita? —inquiere al ejecutivo al otro extremo de su escritorio, éste se aleja del mueble y se acerca a ella, de manera más impropia.

—Por supuesto, querida. Dean necesita un recorrido por las instalaciones remodeladas, me pareces la indicada para el trabajo ya que se han relacionado en ocasiones anteriores.

—Por supuesto —responde ella, parpadeando sendas ocasiones para salir de su estupor al reencontrarse con una parte de su vieja vida, mientras, el “francés” le sonríe con candidez y paciencia, encontrándola más guapa que antes—, pero tengo una clase en diez minutos.

Oui, lo sabemos, puedes dar tu clase en las nuevas instalaciones. Tus estudiantes han sido notificados y movilizados, querida. ¿Vamos para evitar tardanzas?

—Por supuesto —asiente ella, resignada a tener que convivir de nuevo con Dean, incómoda ante la idea de que aún tenga vínculos con los Callahuge y provea noticias suyas, noticias que no quiere que lleguen. La pequeña comitiva se dirige a las facilidades asignadas, delante, Godard y el socio francés charlan en su idioma sobre lo que sus ojos alcanzan a ver, detrás de ellos, a una distancia prudente, Antonella y Dean caminan hombro a hombro en un silencio incómodo que es roto solamente hasta que el segundo habla.

—Luce más hermosa que la última vez que la vi —halaga con las manos dentro de los bolsillos de su traje de vestir casual: pantalón de lino y camisa tipo polo, un anillo en su dedo índice de la mano derecha. Antonella agradece pero su comisura se eleva apenas en una media sonrisa. Dean la analiza con detenimiento—. Estuve en el rancho, me sorprendió no encontrarla, y saber que está aquí es una auténtica revelación ya que ni siquiera su amigo, Ilario, me pudo dar razón de usted.

—Sí, tuve que irme. —Cortante y nerviosa, buscando la manera de hacerse saber que no desea que nadie sepa de su localización, Antonella se acomoda el sombrero vaquero una vez más—. No he dado parte a nadie de dónde estoy, y me gustaría que se mantuviese así.

—Comprendo —asiente él, meditabundo al igual que ella; antes de llegar al destino final, Dean le solicita una palabra más, aparte de la comitiva—. Quisiera saber qué pasó, pero me temo que eso sería imprudente, en cambio, me gustaría decirle que si necesita de un amigo, ahora que estaré de manera permanente residiendo en éste país, podría contar conmigo como tal. ¿Qué le parece la idea?

Ella sonríe con más alivio ahora, esperando que Dean mantenga su secreto.



Elizabeth Ortiz (EOrtizM)

Editado: 05.01.2020

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