Heridas Invisibles

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VIII.

La clase introductoria termina con tanto éxito como se esperaba y luego de despedir a los demás alumnos y dar por terminadas sus responsabilidades, Antonella invita al primo Ignazio a que la acompañe con un café. Se encaminan por uno de los tantos senderos empedrados de la hacienda hasta un pequeño complejo de chalets exclusivos del club ecuestre, rodeado de arboledas que brindan frescura y sombra para las bancas que uno que otro miembro ocupa para leer un libro. Puede que la hacienda Godard no produzca jinetes de la misma calidad que antes, cuando contaban con campeones nacionales representándoles cada año y caballos que se vendían por precios desorbitantes, pero sí conserva el estilo y la clase de su dueño.

El chalet asignado para ella consta de una salita de estar, al fondo una cocina pequeña pero moderna, todo en un estilo minimalista para no desperdiciar espacio: Debajo de las escaleras está parte de la cocineta, la isla de cristal que separa la sala y cocina sirve de bar o comedorcillo, arriba se alcanza a la pared de cristal y la cortina que oculta el dormitorio y la ducha. La estructura es una combinación de materiales de origen ecológico, en su mayoría madera reforestada, la luz es casi toda natural, proveniente de las múltiples paredes de vidrio y claraboyas en el techo.

—Me alegra saber que il segnore Godard te tiene muy bien, prima —dice él, luego de dar un recorrido con la mirada, boquiabierto.

—Sí, primo, él ha sido muy bueno conmigo desde que llegué. Espresso? —inquiere desde la cocinilla, poniendo ya la pequeña máquina a funcionar.

Per favore. —Acomodándose en uno de los sofás de la salita, la corta distancia les permite comunicarse sin gritar—. ¿Me vas a contar cómo terminaste aquí?

—Ilario —responde ella, preparando los café con rapidez y pericia—, le pedí que me dejara en la carretera y caminé varios kilómetros para que no sospechara a dónde iba.

—¿Ilario aceptó dejarte sola al medio de la carretera? —inquiere con una sorpresa que Antonella se toma con naturalidad mientras sirve las tazas en la mesita de centro.

—No tuvo más opción, sabes cómo me pongo cuando algo se me cruza en la cabeza.

Cierto —asiente el primo, estirando una de sus manos para tomar la de ella, allí Antonella se da cuenta que están callosas por el trabajo y también de que el chico de diecinueve años que dejó hace meses ha madurado mucho—. ¡Ay, Anto! ¡Cuánto lo lamento! No tengo idea qué pasó con mi primo pero no es justo todo lo que te dijo, ni lo que te hizo, no después de todo lo que hiciste por mi tío, non `e giusto.

 —Eso es lo que pasa, primo, que tiene razón en haberse vuelto loco por eso… —meditabunda, Antonella deja la azúcar y las cucharillas junto a los platitos y tazas—. Hablaremos después de eso. Allora, dime, ¿cómo está él?

En su mirada ansiosa por la respuesta, Ignazio puede saber lo mucho que a ella le importa aún, lo mucho que lo piensa y quizá lo quiere. Sonriendo con pesar se sirve dos de azúcar en su café y comienza a relatar con sus gestos italianos y palabrerío entrecruzado lo que siguió a la salida de Antonella del rancho mientras ella escucha con atención.

Sbagliatto, prima, molto male. Matilde me contó lo que pasó cuando te fuiste. Dijo que se puso come un loco y que ni el capataz Mazariegos quiso intervenir, y has visto lo grande que es ese hombre, deshizo el estudio y tuvieron que recomponerlo, a medias. Después, que se emborrachó tres día seguidos, ¡tre giorni!, hasta que vino mi padre y le levantó la resaca.

»Para empeorarlo todo, llegó Victor… ¡Mamma mia! Preguntó por ti y Franco, que ya sabes que non gli piace, le respondió de mala gana que ya no estabas en el rancho y que… que eras una puta indeseada en su propiedad. ¿Qué crees? Se dieron una golpiza en medio de la sala y deshicieron varios muebles hasta que entre cinco hombres los pudieron separar; yo creo que se lo tenían guardado desde hacía tiempo. Victor también te ha estado buscando desde entonces, por cierto, y no lo hemos vuelto a ver en un tiempo.

»En fin, entre bebida y resaca se empezó a ejercitar como loco y trabajar come un animale, ero ossessionato. Prohibió que mencionaran tu nombre, que nadie preguntara por te, que estabas muerta como mi zio. Matilde dice que parecía una… bestia mientras daba el anuncio. Todo se puso muy tenso y han habido otras difficoltà. Varias vacas se enfermaron, el techado parecía volver a sufrir averías, no sabén quién lo hace, no han podido atraparlo y eso aún lo tiene loco, loco.

»Ahora está muy duro con todos, ha clausurado tu cuarto, hasta tiene unas tablas enormes cruzándola, las clavó en una de sus noches de borrachera, que aún las tiene, y muy seguido. Visita la tumba de mi tío, se pierde por días enteros a veces. El testamento se lee hoy, apenas y ha tenido la cordura de mantenerse sobrio. Te necesita, eso lo sé.

Observando la azúcar con paciencia, Antonella ha escuchado el largo relato que resume varios meses de la vida que ha continuado a sólo unos kilómetros de distancia. Afuera, una rama choca contra la ventana y la distrae un segundo, pensando en esa primavera que pinta tan bonitos colores en el follaje y que a otros brinda esperanzas, pero a ella sólo angustia.



Elizabeth Ortiz (EOrtizM)

Editado: 05.01.2020

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