Heridas Invisibles

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X.

Antonella lo vio llegar desde una de las pistas de entrenamiento mientras ejercitaba con uno de sus estudiantes, la camioneta estaba empolvada y el hombre que bajó de ella se parecía mucho a él, pero no estaba segura por la lejana distancia de la pista al estacionamiento. Dio el ejercicio por terminado y les dio unos minutos de descanso a sus estudiantes mientras ella se dirigió a la entrada principal de los complejos de oficinas, deteniéndose en el pasillo justo a tiempo de evitar encontrárselo de frente cuando un asistente lo dirigía hacia la oficina de su jefe. ¡Luce tan distinto!

El asistente lo hizo esperar en la salida de invitados mientras ella entró por las escaleras de servicio y accedió a la oficina de Monsieur Godard con el sigilo de los gatos, haciéndose notar con un golpecito en la puerta de salida de servicio al mismo tiempo que el asistente administrativo del francés lo hacía por la entrada principal. El caballero no supo a quien prestar atención primero y se quedó abstraído unos segundos.

—Venimos por lo mismo —se adelantó ella, despertando la curiosidad del caballero que se retiraba las gafas de lectura y cerraba las carpetas en las que trabajaba—. Es Franco.

—Así es, señor. El señor Callahuge desea tener unos minutos con usted.

Monsieur Godard la miró con un asentimiento y le hizo una indicación de volver hacia la sala de servicio, entonces le dio indicaciones a su asistente de que lo haga pasar sin mencionar nada de lo sucedido. Segundos después, la brutal imagen de Franco causaba en él el impacto que causaba en todos aquellos que lo conocieron en otros tiempos. Conversaron, miró la desesperación en sus ojos pero mantuvo su palabra y protección sobre quien escuchaba todo desde el otro lado de la pared.

Allí está ella, atenta a todo lo que ocurre al otro extremo, sus ojos de pantera sigilosa se asoman por la rendija sin que ninguno de los dos lo sepan. ¡Dios!, es tal y como el primo se lo describió: Salvaje, hecho una masa de músculos y vellos, la mirada perturbada y hasta el tono de su piel se ha vuelto de un dorado atardecer, pero con todo y cambios, Antonella se siente enloquecer sólo de verlo, y puede sentir el sabor de su piel en su lengua y sus dedos en sus caderas como si allí estuvieran, el olor de su colonia luego de la ducha y su esencia cuando termina de trabajar. Nada ha cambiado. Él se marcha y ella sale del escondite, abrazándose los codos.

—No te había buscado, ¿por qué lo hará ahora? —inquiere el señor Godard, poniéndose en pie para abrazarla. Ella le acepta porque necesita de ese apoyo en ese momento y al separarse niega y él la lleva a una de las butacas del juego de muebles de la oficina.

—Asuntos legales con el testamento de Adriano, supongo —explica, aceptando el vaso con agua que el caballero le tiende al notarla algo pálida—. Se leía ayer.

—¿Crees que Adriano habrá dejado algo para ti? —Ella asiente—. Entonces, ¿no crees que es un buen momento para regresar?

—Tengo miedo.

El francés toma sus manos de nuevo y la mira con la ternura con que su padre le vio en otro tiempo, y luego Adriano más adelante; parece que las buenas almas nunca mueren, viven en las buenas acciones.

—No te culpo si temes, pero deberías arriesgarte: Entregaste seis años de tu vida a ese hombre, lo que sea que haya allí para ti, lo mereces.

—Estoy cansada de arriesgarme y salir lastimada, no me importa lo que hay para mí, lo que quiero no me lo puede dar un papel firmado por Adriano.

—Entonces, ¿qué quieres? —Antonella lo mira en silencio sin querer admitir en voz alta lo que su mente desea cada noche con la misma intensidad con que un niño inocente pide un deseo a una estrella fugaz, el Monsieur Godard comprende—. Ya veo. De todas formas, tienes la oportunidad de luchar por lo que deseas o te dejas vencer, y no eres de las que se rinde fácilmente, Dominica.

Con una sonrisa en labios Antonella agradece y se despide para volver al trabajo, y quizá, a su hogar…

 

Franco se despierta con la sensación de que algo falta en su pecho, extiende la mano a su izquierda pero está vacía la cama, entonces vuelve a la realidad y el sopor del sueño lo abandona para cederle el lugar a la resaca: Ella no está. Es el tercer día, recuerda mientras se sienta en la cama, el último día que tendrá en la propiedad que ha sido parte del patrimonio familiar por generaciones y que él perderá por su estúpido papel de juez y verdugo.

En la mesilla de noche encuentra un batido fresco y un par de pastillas que alguna buena alma ha dejado para él, las toma sin más duda y el batido desaparece ante su intensa sed, sin embargo, segundos de terminar y su estómago demanda vaciarse de nuevo, ésta vez no alcanza a llegar muy bien y el reguero en la loza y el váter le causa vergüenza de su propia miseria, haciendo que la opresión en el pecho regrese y la falta de aire le haga tener arcadas y asfixia al mismo tiempo. El llanto se escucha hasta el pasillo, donde doña Filomena le escucha y corre a anunciar que ya despertó.

Franco se ducha con la monotonía de una momia, luciendo por fuera como se siente por dentro, preguntándose qué objetivo tiene seguir adelante, qué caso habría si no hay nada ni nadie para él, si ya no es nada para nadie más, si su vida es un asco y él es un asco, una vergüenza… ¡No!, se sacude la cabeza de ideas tontas en un último intento por luchar por su vida y sale de la ducha para vestirse con algún bluejean que encuentre limpio y alguna camiseta de fondo negro, en el trayecto patea varias botellas y alcanza una coleta del suelo para hacerse un moño alto que le deja varios mechones sueltos por su vagancia.



Elizabeth Ortiz (EOrtizM)

Editado: 05.01.2020

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