Heridas Invisibles

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XI.

Si bien Franco no es la persona más querida de la hacienda a pesar de ser el patrón, la reacción temerosa de las sirvientas que preparan la sala y el comedor para el almuerzo apartándose de su camino con prisa dejan en claro que es mejor no ser deseado en absoluto que ser temido por las personas que le formaron a lo largo de su vida.

Con frustración y molestia entra en el estudio donde le esperan para dar lectura al testamento, allí todos los ojos se giran en su dirección, todos excepto los de ella. Fuck! ¿Por qué no le mira?, ¿le está ignorando? Le fastidia que ella tenga el descaro de hacerse la ofendida cuando, recuerda, a él fue a quien mintieron y engañaron durante mucho tiempo, no importa cuánto la quiera y la desee, eso no lo podrá olvidar jamás.

—¿Tomará asiento, señor Callahuge? —interrumpe el abogado del difunto signore, Lucas Martinelli. Franco le mira y niega con un movimiento de cabeza, rechazando el sofá que apartaron para él, mientras el abogado ocupa la silla detrás del escritorio. En nada se encuentran inmersos en el momento que tanta tensión ha generado los últimos días—. Caballeros, dama, estamos aquí reunidos para dar lectura a la última voluntad de quien en vida fuera el señor Adriano Celestino Callahuge D´Antonio Sorrentino Dárnado.

Se abre el documento.

—“Yo, Adriano Celestino Callahuge…” ——Los presentes acatan el más sensato de los silencios, atentos a las palabras del abogado: Los capataces se enteran de que han recibido como herencia la propiedad en la que residen, como agradecimiento a los más de veinticinco años de servicio leal; luego, a su hermano, hereda las propiedades en la Italia y sus cuentas bancarias allí mismo; para asegurar que sus sobrinos puedan continuar persiguiendo sus sueños y aumentar el patrimonio familiar si lo desean, una cuenta a cada uno con suficiente dinero para comenzar; por último, con mayor tensión, menciona a la Franco, éste se remueve con incomodidad y atención: —A mi único hijo, Franco Callahuge D´Antonio Sorrentino, le entrego a su disposición las cinco mil ectáreas correspondientes al Rancho Callahuge y todos los bienes muebles e inmuebles que en ellos se encuentren, a excepción de las mencionadas en las cláusulas anteriores y en cláusula n° 32 y la disposición siguiente, así mismo, las cuentas bancarias en el país de República de Libland.

—¿Cuál es la cláusula 32? —inquiere Franco,  removiendo los mechones sueltos con alivio que le dura muy poco, cuando se reanuda la lectura.

—A eso iba.

»—“El traspaso de las propiedades y bienes debe efectuarse por completo hasta un años después de mi muerte y ocho meses de dar en conocimiento ésta mi última voluntad, entre tanto mi hijo, Franco Callahuge, funcionará como administrador autorizado y la señora, Antonella Dominica Saenz Amoretti, continuará al mando del funcionamiento del rancho, residiendo y cumpliendo ininterrumpidamente con las potestades que ha ejercido hasta la fecha de redacción de éste documento.

»Si el beneficiario, mi hijo, no hace como está expresado en la cláusula anterior, su herencia pasará a manos del estado.

Fuck me! ¡Esto no pude ser!

—¡Esto no pude ser! —Franco en un segundo está frente al escritorio, dando una palmada en la madera como si exigiera al abogado que cambie las disposiciones de su padre, pero éste que ha conocido el carácter del difunto signore en sus facetas tan jóvenes, sabe que Franco es exactamente igual y que se debe mantener sereno.

—No he terminado señor Callahuge, aún falta más —dice el abogado, lanzando una mirada firme que silencia el reproche de Franco—. “Cláusula n° 32: A la señora Antonella Dominica Saenz Amoretti cedo sin condición alguna la propiedad ubicada en las coordenadas siguientes: Longitud: O 76°0'0, latitud: N 24°15'0, compuesta de ciento cincuenta hectáreas, en agradecimiento por los muchos años de servicio, apoyo, cariño y compañía”.

—Esto es lo que querías, ¿no? —espeta él, poniéndose frente a su silla de inmediato llevado por un impulso ciego que le hela los huesos; ella permanece impávida en su lugar viendo hacia la madera del escritorio donde descansa el testamento—. Por eso estabas aquí, para asegurarte un agujero donde caerte muerta.

—Franco, hijo, cálmate —dice su zio Geronimo, al mismo tiempo Victor se planta junto a ella y los capataces se muestran atentos. Todos saben ya lo que Franco le hizo cuando la echó del rancho.

—Tengo un par de cosas que decirle a ésta mujer, tío, no te metas —espeta él, regresando a ella de inmediato—. Después todos los años que invertiste con mi padre tuviste miedo de no obtener lo que deseabas y encontraste la manera de meterte en mi cama, porque si no era de una manera sería de otra. ¿no?. Así son todas las mujeres como tú: interesadas, fáciles, zorras.

Victor da un par de pasos al frente, sin embargo, Antonella reacciona y se interpone en su camino, evitando así que se terminen de encontrar. Los latidos y la tensión en la sala son como los cascos de los caballos en una carrera que no tiene meta final, Victor, Saldivar, Mazariegos firmes detrás de Antonella, Gerónimo detrás de Franco, con la intención de retenerlo de su propio temperamento, el abogado Martinelli al medio de todos, como un réferi silencioso.



Elizabeth Ortiz (EOrtizM)

Editado: 05.01.2020

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