Heridas Invisibles

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XIII.

Despierta, y como siempre que está sobrio, busca a su izquierda a tientas con su mano algo que le falta en el pecho, se levanta de presto impulsado por la sensación de que se hunde y le falta la respiración, pero sólo es esa angustia en su pecho que le amenaza con hacerle llorar como un niño pequeño otra vez; se controla. ¿Dónde está?, ¿qué lugar es ese? No sabe ni en qué día está, ni qué hora es; la última vez comenzó a beber un martes por la tarde, siente que han pasado meses desde entonces.

¿Qué es ese olor? Fuck dammit! Ese olor le vuelve loco: Vainilla, chocolate, lavanda; todo proviene de su cuerpo pero no recuerda haber tomado una ducha, desde el lunes. ¿Está desnudo? Sí. What the fuck? Se sienta en la cama y al poner los pies en la alfombra de lana cae en cuenta dónde está y se percata de que alguien está en la ducha, toma conciencia de que es algún punto en la mañana de algún día de la semana, la cabeza le va a explotar, tiene el rostro adolorido y las manos vendadas. En el buró hay un vaso con agua y un par de pastillas. Agradece en su mente y bebe.

Detiene el vaso a medio beber porque la pared le atrae la atención, con asombro y cuidado deja la bebida de regreso en la mesilla y camina por la alfombra hasta que está frente al objeto de su atención. A cualquier persona normal no sorprendería encontrar una composición de fotografías retratadas colgadas en una pared, pero él sabe que aquello es un suceso excepcional en la recámara en la que está. Mira las fotografías y se sorprende al ver a varias personas desconocidas, niños jugando en establos y en una vieja casa de los años ´60, esa niña… Sí, es la misma de las siguientes fotografías de una joven hermosa de cabello negro como noche estrellada, la misma mirada felina que le roba el aliento, más lozana y con una alegría impregnada en su rostro que él no ha tenido la oportunidad de conocer porque al parecer esa joven dejó de existir. Abstraído observa la fotografía de la joven sobre una yegua, sonriendo en sus ropas de montar con un aire de confianza y a sus pies sujetando el estribo un caballero de porte igual de elegante, atractivo como pocos hombres podrían ser, orgulloso de posar para la foto.

—Eso fue un mes antes del accidente. —El susto que le causa la voz que de pronto surge a su derecha le hacen dar un rebote al girar de presto, sus rastas desaliñadas brincando al mover su cuello para encontrarse con Antonella recién duchada rodeada por un halo de vapor y brillo como si saliera de un portal a otra dimensión, la toalla atada a su cuerpo mientras se seca el cabello con una más pequeña. La naturalidad con la que actúa y su serenidad logran evitar que algún sentimiento violento o pasional surja en su interior, al contrario, se siente extrañamente pacífico y confundido; puede que sea la resaca

—Es la última fotografía que tengo con mi padre —continúa ella, acercándose para contemplar la foto con la misma curiosidad de él.

—¿Qué pasó? —Cambia el tema, cambia la postura, sus defensas se elevan como un muro cuando ella se acerca a él, contemplándolo con esa tristeza que no abandona su mirada. Él es la causa de esa tristeza.

—Te encontramos inconsciente en tu habitación, Ilario me ayudó a traerte aquí. Te di un baño y dormiste dieciocho horas. —Eso explica la desnudez. Ella entonces arruga sus cejas con preocupación—. ¿Cómo te sientes?

—¿Me golpeaste? —inquiere, de nuevo cambiando el tema para no tener que mostrar lo que siente, porque siente que… bastaría con que ella le toque un cabello para desarmarlo y volverlo esa masa blanda y débil que en realidad es por dentro y se esfuerza en ocultar. Ella suelta una risilla nasal y eleva una de sus comisuras. Su piel luce tan brillante y suave, debe hacer un gran esfuerzo para controlar el impulso de acariciarla con la yema de sus dedos.

—No, encontramos el espejo de tu baño roto. Creo que lo hiciste tú mismo.

—¿Por qué tienes fotografías? Nunca pusiste nada tuyo aquí antes. —Sí, sus pensamientos y sus preguntas están por todo el lugar, pero hará lo que sea con tal de no dejarse rendir por sus sentimientos.

—Ésta no es una conversación para tener en pelotas. —Regresa al baño y unos segundos después le entra una toalla que él toma y se enrolla en la cintura, con su mirada triste y la sonrisa de Monalisa, Antonella le abre la puerta y le invita a salir—. Te esperaremos para el almuerzo, no tardes.

Con pasos lentos, como si temiera que una pantera le atacara desde algún rincón, Franco camina hasta el pasillo y ella cierra la puerta en cuanto puede, volviéndose se queda viendo a la madera con extrañez, preguntándose, what the fuck just happened? Entra a su recámara y se encuentra en un mundo distinto al que dejó la última vez: Los pisos y las paredes limpias y luminosas, las sábanas limpias y tendida la cama, ninguna botella por ningún lado, el aire ligero por las cortinas traslúcidas y las ventanas abiertas de par en par, el olor de las begonias, margaritas, dientes de león… del buqué floral en una mesita llega a sus fosas, la ropa limpia y doblada en la cama…



Elizabeth Ortiz (EOrtizM)

Editado: 05.01.2020

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