Heridas Invisibles

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XIV.

Qué difícil es no rendirse a los pies del hombre que la lastimó y rogarle perdón por todo lo que ocultó, pero ha aprendido, a golpes de la vida, que debe amarse y mantenerse digna, siempre. Por ello, cuando Franco hizo lo posible por lastimarla a la hora del almuerzo, hizo acopio de toda su fuerza de voluntad para mirarlo a los ojos, a esos preciosos ojos ambarinos que relucían con la luz del mediodía, y le respondió mordaz y asertiva, dejando en claro que la posición de mando no la sostiene él.

Tutto bene? —le pregunta el primo cuando la mira algo pálida sujetándose de la mesa de la cocina mientras él y Matilde matan el tiempo viendo algunos vídeos en el celular, esperando a que ellos terminaran de almorzar para levantar la mesa.

Beníssimo. —Pero su gesto y su voz no lo declaran con entusiasmo. Tomando aire Antonella se sopla con el sombrero y lo vuelve a colocar en su testa, lo ajusta con determinación y se dice a sí misma que sí, que está lista—. Franco terminó de comer, Mati.

—Enseguida voy, señora Antonella —pronto la chica salta del mueble de cocina en que se halla cómodamente sentada.

—Victor no tarda en llegar, vamos a hacerle el ultrasonido a Toscana para ver si está preñada, mientras tanto Franco va a necesitar actualizarse, ¿cuento contigo?

—Siempre —responde él, guardando el celular en su bolsillo e incorporándose—. ¿Segura que está todo bien? ¿Crees que vas a poder con esto?

—Primo —dice ella, su mirada cobrando esa determinación y ese destello de bravura que la caracteriza—, nada ni nadie va a volver nunca a lastimarme.

—Pero, ¿tú y él…?

—No existe un “nosotros” —interrumpe ella—. Lo amo, pero no me voy a pasar la vida pidiendo disculpas ni soportando humillaciones; primero él tiene que decidir si está dispuesto a escuchar mi historia y aceptarme con todas mis fallas y mi pasado. Mientras eso no ocurra, somos dos extraños obligados a convivir por las circunstancias, capicci?

C-Capisco —asiente el primo, boquiabierto por toda fuerza en esa declaración y una cosa queda clara para sus ojos: No tendrán fácil una nueva oportunidad, menos si ninguno de los dos está dispuesto a ceder. Las heridas van sanando, pero la cicatriz queda.

 

Tal y como Antonella dijo, pronto llega Victor y su bonito Sedan se estaciona al frente, el conductor baja y a su encuentro sale la señora de la casa, saludándolo con la efusividad de los viejos tiempos, riendo por algo que ella dijo se encaminan hasta los establos, rodeando la propiedad junto a los tres chuchos que quedan vivos y les siguen a donde vayan. El primo los mira desde detrás de Franco, sin que éste se entere que está siendo observado mientras él observa a otros.

—Victor ha venido a visitarla como antes.

Su primo no contiene la sonrisa al verlo dar un rebote de susto con su repentina aparición.

Fuck you! Me asustaste.

—Eso veo. —Ríe, señalando con su cabeza hacia el pasillo de la cocina—. Tengo que mostrarte las plantaciones de aceitunas y que conozcas las nuevas adquisiciones, andiamo?

—¿Aceitunas…? —El primo lo deja hablando con el aire cuando se presta al pasillo, al pasar por la cocina saluda a Matilde en un saludo personalizado que Franco observa de reojo.

La fértil tierra de los Callahuge parece estar en un estado de proliferación masiva dispuesta por una fuerza superior, a pesar del intempestivo invierno-verano y las adversidades que han enfrentado, con gratitud la madre naturaleza ha respondido y les ha dado cosechas como no se han visto en los últimos cuatro años, una reproducción fuera de serie del ganado y la estirpe equina va cobrando características únicas en la región.

—…Y Anto contrató a sei nuovi hombres la semana pasada, no nos damos abasto con nosotros. ¡Ah!, vieni qui, te voy a presentar a mi compañero, lo bauticé como “Centauro”.

En uno de los establos, mientras los empleados saludan al patrón con respeto y al joven italiano con familiaridad, se escucha el relinchar que precede a la visión de un animal joven pero de prometedoras cualidades, el pelaje cobrizo de brillo excepcional y la melena azabache como los cabellos de cierta dama.

—¿Es tuyo?

—¡Bah! Es tuyo, primo —ríe el chico, cediéndole sus gafas oscuras en un acto compasivo para evitar que el sol le incremente los síntomas de la resaca—, pero sí, Anto me está enseñando a entrenarlo. Dice que podríamos competir juntos. Soy el mejor de mi generación.

—No lo dudo, así somos todos los Callahuge —medita él, acariciando al animal en un momento de abstracción—, siempre sobresaliendo en lo que sea que hagamos. Al menos tú no serás una vergüenza para la familia.

Andiamo! Non dirlo piú, primo! Es bueno tenerte de vuelta.

—No me he ido a ningún sitio —refuta Franco, y cuando el primo está notando que reciben compañía en los establos…

—A mi me parece que hiciste un viaje muuuy largo. ¡Eh!, Victor, benvenuto! Molto piacere di vederti!



Elizabeth Ortiz (EOrtizM)

Editado: 05.01.2020

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