Heridas Invisibles

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XV.

—¿Franco? Te estoy hablando, necesito tu firma, por favor. —La quijada tensa de Antonella y sus orejas hirviendo bajo el sombrero y su pelaje azabache, aspira en busca de paciencia cuando él continúa con la vista clavada en el computador, como si ella no estuviese allí pidiéndole la firma de los cheques para los empleados.

—Te escuché, ya voy.

Espera, de pie frente al escritorio, escucha el crujir de los ramales en el exterior y piensa que ya casi se cumple un año, ya queda poco tiempo para que aquella pesadilla acabe. Está cansada, agotada de escuchar los mismos reproches una y otra vez, de las discusiones sin sentido y del peso constante de una mirada llena de repudio; cada vez que él le lanza una mordaz y sarcástica frase, ella le ignora o simplemente intenta fingir que no le escucha, eventualmente, lo ha fingido tanto que ha dejado de importarle y eso, cree ella, es lo peor.

BLOQUEO COMERCIAL, ¿LA MEJOR ESTRATEGIA?

De reojo lee el titular del periódico de esa mañana, meditando en el curso que la guerra con la nación vecina ha tomado. Como hacía antes con Adriano, como hacía mucho antes con su padre, siempre preguntando sobre las opiniones en temas que le son de poca relación pero de gran interés, ella se deja llevar por la costumbre y comete el error de preguntarle…

—¿Tú crees que sea buena idea el bloqueo comercial? —Deteniéndose un segundo para ver por el rabillo del ojo hacia el periódico doblado en una esquina del escritorio, Franco responde con una naturalidad que hacía mucho tiempo ella no percibía hacia ella.

—Es la mejor forma de amedrentar al enemigo sin usar las armas: Desabastecimiento, división, retirar el apoyo de sus aliados… Es mejor que las balas.

Antonella le mira en el más sublime de los silencios, perfilado hacia el computador puede ver cómo su cabello ha crecido a como lo tenía cuando lo conoció, hace más de un año, ha subido de peso y le ha mejorado el color aunque no hace tanta actividad en el campo como posterior a la muerte de Adriano; luce atractivo como nunca, sus ojos le parecen tan cautivadores como siempre y aunque no lo ha visto sonreír en mucho tiempo siente que su voz podría derretir cada uno de sus huesos dentro de su piel. Pero abre esa boca y mueve esos ojos en su dirección y el hechizo se rompe, como su corazón cada vez.

—No te quedes allí viéndome, dame los papeles.

Sin responderle, entrega la chequera y la planilla, él la revisa en un momento y pronto está todo listo. Devuelve la carpeta y ella lo toma en el mismo silencio, pero con un nudo en la garganta difícil de contener. Se retira, o eso intenta.

—Voy a vender a Toscana.

Una mano en el marco de la puerta, se regresa de medio cuerpo a contraluz del pasillo y sus curvas se delimitan como precipitaciones geográficas, los ojos de pupila contraída se ablandan. Franco la mira desde su silla, ella baja la mirada hacia el suelo y pasa saliva por su dura garganta.

—¿Algo qué decir? —inquiere él, firme y reacio.

—Nada… patrón.

Sólo dos semanas más, se dice cuando camina con una pesada bola amenazando con cortarle la respiración en su cuello, dos semanas y se acaba. Recorre el pasillo central que lleva a las habitaciones de huéspedes y la cocina, sin detenerse a mirar las fotografías que colgaron en ellas: Adriano por todos lados, Leonor en sus mejores años de matrimonio, Franco en sus diferentes etapas escolares, ella misma en alguna que otra fotografía relegada al rincón que seguro retirará cuando ya no esté, los Callahuge de Italia haciendo de las suyas, la desconocida familia materna con que ninguno se ha relacionado en mucho tiempo.

Recibe un mensaje de texto que la detiene a la mitad de la cocina, donde se le queda viendo Matilde esperando con atención a que de una orden. “Tenemos que hablar sobre Isabella”. Palidece en su sitio, retirándose a la soledad del pasillo para cobrar algo de aire, vuelve a ver el mensaje de Victor y decide hacerle una llamada, luego del segundo tono él responde.

—¿Qué pasó?

—No sé cómo supo de mí, pero me localizó y me pidió que le ayudara a permitirle el contacto contigo, que quiere pedirte disculpas por lo que pasó —explica Victor, denotando angustia al otro lado de la línea a medida que la respiración de Antonella se agita y la opresión desesperada del pecho lucha por convertirse en llanto.

—¿Disculpas? ¿Por qué? ¡¿Por joderme la vida hace años?!, ¡¿o por habérmela jodido hace meses?! ¡¿Eh?!

—Tranquila, yo no he dicho nada, Anto. Sólo te informo lo que ella me dijo, yo entiendo y…

—Lo sé, lo sé —interrumpe ella, volviendo a tomar aire y a recobrar la compostura luego de gritarle en el teléfono y enrojecer de impotencia—. Perdóname, es sólo que… Yo… —Se le corta la respiración y apoyando la espalda en la madera, brotan las primeras lágrimas—. No sé qué quiere de mí.

—Oye, aquí estoy para ti, lo sabes, aquí estoy… —En un intento de tranquilizarla—. No voy a dejarte sola en esto.



Elizabeth Ortiz (EOrtizM)

Editado: 05.01.2020

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