Heridas Invisibles

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XVI.

Franco no se había puesto a pensar en que Antonella tendría que irse pronto, hasta la tarde en que la ve pasar por el estudio con rumbo a la recámara, parece empapada luego de estar bajo la tormenta arreglando algún problema que él desconoce. Ignazio iba a su lado, explicando algo con sumo entusiasmo.

—Si todo sale bien, el arquitecto Lozano dijo que podría comenzar la semana que viene. Sono molto eccitato! ¡La maqueta es preciosa! ¡Tu casa va…! —Se pierde la voz en el corredor y él se distrae por completo de su trabajo, echa un vistazo al calendario y mira la fecha. Con paciencia espera a que el primo se desaparezca y vaya detrás de las faldas de la chiquilla Matilde, y luego a que se escuchen los pasos de Antonella saliendo de la recámara; sale del estudio cuando ella, duchada y cambiada, busca acomodarse en el sofá de la sala para leer algo con su teléfono y acurrucarse con una manta, pronto Matilde le trae un chocolate caliente que Antonella agradece con diligencia y detrás de la jovencita va uno de los cachorros que rápidamente se pierde. Entonces se acerca.

Los vellos de la nuca de Antonella se erizan al escuchar sus pasos, porque sólo con el sonido puede saber quién es, luego viene el olor de su colonia y por último la presencia. Ella desearía saber menos de él, conocerlo menos, familiarizarse menos con los hábitos y costumbres del otro. Pero no es así.

—Tres semanas —dice a su espalda, ella cierra los ojos y baja la taza con cuidado, buscando paz interior.

—Sí, tres semanas y me voy.

—¿Qué harás?

—¿Te importa? —responde ella, volviendo la cabeza para asegurarse de mirar sus ojos y buscar en ellos algún indicio de preocupación, pero en esos ojos miel sólo hay rencor. Encogiéndose de hombros da una respuesta.

—No, no me importa. ¿Ya buscaste tu reemplazo?

—El que tiene que buscar a alguien que ocupe mi lugar eres tú, tú eres el patrón, me lo presentas y yo lo pongo al día. Así funciona esto —responde ella, ignorándolo cuando rodea el sofá y se planta frente a ella con una autoridad superpuesta.

—Digo que me gustaría que alguien entre los empleados ocupara tu lugar.

—¡Ah! —Alza las cejas, dejando un momento su celular para alzar los ojos muy hacia arriba donde él se mantiene de pie—. Mazariegos y Saldivar eran los hombres de confianza de Adriano, yo tomé su lugar cuando él enfermó. No le veo problema que les entregues responsabilidades que ya han ocupado y para las que están capacitados, sólo tendrías que dar órdenes finales para cosas de menor importancia.

—No, necesito a alguien como tú, al frente y al centro que se encargue de todo, así yo me quedo con las finanzas sin preocuparme de nada más. —Lo mira unos segundos.

—Si no piensas involucrarte de ninguna forma con los movimientos del rancho de tu familia vas a fracasar, los hombres necesitan saber que al patrón le importan cosas más allá del dinero para que trabajen bien. Esa es la imagen que das con esa actitud.

—No te estoy pidiendo tu opinión —espeta Franco, enrojeciendo por la forma tan directa en que ella le ha hablado—, te pido que hagas tu jodido trabajo y elijas alguien para ocupar tu lugar antes de que te largues.

—Ocúpalo tú, y que el primo te apoye con las finanzas, ya lo has entrenado bien. —Sin prestarle atención a su furia repentina, vuelve a ver su celular, pero en un segundo él se lo arrebata.

—¡Estoy hablando contigo!

Ahora es ella quien enrojece y se aparta de golpe la sábana que la cubría, aunque está descalza y él es mucho más alto que ella, no se intimida y se planta frente a él con determinación.

—¡Devuélveme mi celular, Franco!

—Quiero que me mires cuando hablo contigo.

—Uno recibe el mismo respeto que da a los demás. —Sonríe, y esa sonrisa de autosuficiencia lo hace berrear por dentro—. Creí que Adriano te lo había enseñado, pero aunque haya sido así, parece que no aprendiste nada de tu padre, de su filosofía y su forma de trabajar. Por desgracia para él, verá cómo mandas a la mierda el trabajo de su vida y el legado de la familia.

—Ésta no es tu familia, a ti no te importa lo que pase con ella.

—Por desgracia para mí, sí me importa —espeta, dando un paso determinante al frente, señalándose el pecho—, por eso me quedé soportándote. Yo he cumplido con la última voluntad de Adriano, por él y por lo que hizo por mí, ¿y tú?, ¿cómo has honrado la memoria de tu padre si tanto lo amaste?, ¿eh?

—¡Claro! —exclama alzando los brazos cuando ella se marcha de la sala, dejándole el aparato electrónico de recuerdo—, ¡qué bonito y fácil es honrar cuando te dejan tantas manzanas de tierra para que tengas dónde caerte muerta! ¡Luego de sacarle toda la plata que pudiste como una interesada, por supuesto! Hablaste tanta mierda de tu madrastra y eres igual que ella.

Antonella regresa con la intención irrevocable de hacerle un trabajo dental instantáneo con su puño, pero Franco, que la ve llegar toma su mano en el aire y la sujeta con fuerza, ella intenta separarse con mayor fuerza hasta que el cabello se le revuelve pero él la mantiene bien sujeta.



Elizabeth Ortiz (EOrtizM)

Editado: 05.01.2020

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