Heridas Invisibles

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XVII.

Ojos cerrados, las pestañas largas como de elefante, negras y rizadas hacia el cielo, ¿qué ocultan? Una brocha recorre los párpados y un ápice de color los tiñe de un tono semejante al de la piel, otro brochazo, y otro… Pómulos, alzados y blancos pómulos, no sonríen cuando reciben el primer brochazo que los tinta con un tono sonrosado. Cejas, sufren y se contraen con cada pasada de la pinza que va arrancando los vellos de imperfección. Nariz, cuadrada nariz que es perfilada con un poco de color. Labios, labios rosa, infantiles, se tiñen de cereza, del color de la pasión.

Ojos abiertos, la mirada de aquella niña de dieciocho años es una mirada ausente, una mirada triste y asustada, de un color castaño tan profundo que parecen dos diamantes negros. La ve cualquiera y piensa que es hermosa, sí que lo es, la niña más guapa a donde sea que vaya, pero también la más triste y eso nadie lo sabe.

—Sonríe —le dicen y obedece, como siempre—. Buena chica.

¿Por qué una niña de esa edad se vestiría así? Vale, todos la miran pasar cuando llega al restaurante y su madre la lleva de la mano hacia la sala reservada para el evento, miran sus piernas desnudas, largas y torneadas, las curvas de sus glúteos desarrollados para su edad, su mejor atributo, los senos aplastados en aquel ajustado escote negro invitando a ser observada incluso por aquellos que no quieren mirar.

La madre se viste igual, ¡claro! De tal palo tal astilla, y la mujer que la lleva de la mano y la introduce al grupo de hombres en las mesas, todos mayores de treinta y cinco, debe ser su madre. La introduce, la invitan a la mesa principal, les sirven de beber champaña muy fina.

Incómoda, así se siente aquella jovencita preciosa, pero no tiene ni voz ni voto en lo que pasa, porque esa mujer es todo lo que tiene allí, esa mujer que todos podrían jurar es su madre pero no es nadie para ella, más que un monstruo. El que parece ser el más importante de todos los presentes, el que tendrá más dinero quizá, sentado a su lado no deja de hacerle conversación. ¿Por qué si se siente incómoda, por qué si tiene tanto miedo y asco de estar allí, sigue la charla, sigue el juego social, sigue bebiendo y comiendo como si aquello fuera de todos los días? En algún punto de la noche una de las manos del sujeto señalado le acaricia bajo el mantel, y ella se eriza, se altera, la mano con la copa le tiembla.

—Estás cada día más preciosa, pequeña. —Él se inclina para susurrar sobre su oreja adornada con varias argollas finas, ella sonríe tenuemente, aunque muere de terror por dentro. Pero no tiene opción, tendrá que seguir con el juego.

—Gracias.

—¿Te gustaría conocer mi habitación? Podrías disfrutar del jacuzzi. —Ella se gira hacia su madre, al otro lado de la mesa, mientras todos los demás están muy concentrados en sus conversaciones, ella busca una respuesta con la mirada—. No te preocupes —continúa él—, Tu madre lo sabe todo. Para eso estás aquí.

¿Para eso estoy aquí? Se dejó llevar a la habitación, conteniendo las ganas de llorar con estoicismo y valentía, aceptó su destino como aceptó la muerte de su padre un año atrás, como aceptó que aquellos hombres primero la cargaran en sus piernas porque “su madre lo permitía”, que la tocaran de formas inapropiadas porque “eran caricias”, que la emborracharan para “jugar” con ella de muchas formas que ha preferido olvidar. La puerta del hotel se cerró detrás de ellos, y afuera quedó la niña, afuera quedó la inocencia.

 

—Me hizo creer que tenía que seguir haciéndolo porque era la única forma de hacer dinero ahora que el banco había embargado la finca y las propiedades. De no ser por Adriano… Hoy no quedaría nada de mí.

—¿Cómo se llamaba ella?

—Moore, Isabella Moore.

—¿L-la mujer que… que me mostró las fotografías?

Antonella asiente, la mirada perdida en la ventana, completamente negra por la noche que ha caído sobre Hackland. Franco, también sentado en el suelo, a su lado, palidece.

—¿Ella es tu madrastra?

Sólo entonces ella se gira a verle, no es una mirada de odio, no es una tristeza, ni de resentimiento.

—¿No lo sabías?

Franco sacude su cabeza como respuesta.

—Ella dijo que te conocía porque… porque te metiste con su esposo e hiciste que se terminara su matrimonio.

—Esa es ella —ríe, aunque es una sonrisa amarga—, es capaz de todo para lograr lo que quiere. Aunque no sé qué quiere de mí. No sé… ¿por qué las personas son tan malas?

—Mi padre tenía razón —dice Franco, trayendo su mirada, en ese momento arruga sus cejas castañas con tremendo arrepentimiento—, soy un idiota, y mi peor idiotez fue lastimarte tanto con mis malditos prejuicios. Desearía poder cambiar todo lo que hice…

—Ya dilo de una vez. —La forma en que lo interrumpe, sin enojo, lo confunde, quizá es más idiota de lo que piensa de sí—. Me darás un discurso sobre lo mucho que te arrepientes y enumerarás una larga lista de tus errores, te insultarás con al menos diez palabras distintas y te rasgarás las vestiduras hasta el límite, aquí a la luz de la luna, frente a la memoria de una persona que fue importante para ambos, me dirás: “Dame otra oportunidad”, luego lloraremos juntos, nos prometeremos volver a comenzar de cero y querernos hasta la ancianidad. —La sonrisa triste de Antonella está más llena de desesperanza que nunca—. Qué lejos estamos de un final feliz.



Elizabeth Ortiz (EOrtizM)

Editado: 05.01.2020

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