Heridas Invisibles

Tamaño de fuente: - +

XVIII.

Los apagones se vuelven más frecuentes, se instaura una rutina silenciosa poco a poco en que a partir de las siete de la noche no hay energía en todo el pueblo, luego, comienza la desinformación y el desabastecimiento, cada vez más los reporteros extranjeros tienen dificultades para ingresar al país y se cuestiona la capacidad del gobernante al mando de controlar la crisis. En unos pocos meses de recrudecido invierno se vuelve un país estable y próspero, en uno al borde de una crisis política y económica.

La joven Matilde era recibida con collejas por su madre por mantener la radio encendida mientras hacía sus quehaceres, ahora es Antonella quien le pide de favor prestárselas un rato durante las cenas para amenizar las horas en el comedor, y eventualmente ella se queda con ellos hasta tarde, mientras se intenta pasar la terrible noche entre anécdotas de otros tiempos, mejores tiempos, y memorias felices para convencerse de que, si antes pasaron por peores, ahora también saldrán adelante.

Ignazio es quien más disfruta con su presencia y su vitalidad, es ella quien, con su sonrisa y encanto, logra poner de buen humor a Franco y hacer que Antonella sonría de nuevo ya que muy poco la ven feliz ahora. Él disfruta poder ir a dejarla a su casa luego de recoger la mesa, principalmente cuando escampa lo suficiente y pueden contemplar las estrellas un rato, echados en el césped sin ninguna preocupación, aunque a él le preocupa todo: Su futuro, el futuro de su familia, la situación financiera, la situación del país, Matilde…

Pero en esas noches de oscuridad, a la luz de velas moribundas y una sinfonía de insectos afuera, en un comedor a rebosar de platos sucios de la cena, copas de vino sin terminar, la presencia de los que se fueron parecen volver por un segundo y la soledad escapa un momento del corazón de Franco y Antonella, y se miran de vez en cuando, se encuentran las miradas furtivas sin que ellos mismos puedan controlarlo porque se buscan sin querer y se encuentran con la excusa de estar con otros cuando en realidad sólo quieren estar con ellos, solos en el comedor, sin nadie más para que intermedie en las conversaciones, sin nadie que los pueda ver mirarse como se miran, sin nadie que los mire desearse como se desean. Una noche, una buena noche, porque hay noches que son así, se les da la oportunidad…

—Mañana tengo mucho que hacer, ¿me perdonan si me retiro temprano? —La chiquilla se arruga el revuelo de la camisa bajo el comedor, rascando su pie con la pantorrilla envuelta en el bluejean y las botas vaqueras; nada le causa más vergüenza que tener que levantarse de la mesa antes de que el patrón y la señora terminen de comer, y más si ella no podrá quedarse a limpiar los platos sucios.

—Claro, claro, Mati, no te preocupes —le dice Antonella, limpiándose con la servilleta y poniéndose en pie para rodear la mesa y darle un abrazo que ya es común—. Gracias por la cena, díselo también a tu madre. Descansa, mañana nos vemos.

—No hay de qué, señora. —Mientras Antonella va regresando a su sitio, a la izquierda de Franco, el lugar que ha ocupado por años, antes que él, junto a Adriano—. Mañana temprano lavo los trastes, sólo…

Nonsense, vete a casa —dice Franco—. Nosotros somos capaces de encargarnos de eso, ¿no? —Inquiere a Antonella, y ella sonríe con la misma sutileza que la vela alumbra.

—Claro —secunda ella, tan cómoda y conforme con la decisión sin darse cuenta de lo que dice.

—Muchas gracias, buenas noches.

—Nos vemos en un rato —dice el primo, echando sobre la espalda de Matilde su chaqueta, aunque no está lloviendo, sí hay una brisa muy fresca y la chica es bastante friolenta.

Los adultos los ven marcharse por el corredor, mientras ellos se quedan allí, solos… Antonella es la primera en darse cuenta que es la primera vez en mucho tiempo que se quedan así de solos en un ambiente tan íntimo y confidencial; es inevitable sentir un manojo de nervios en el estómago y hasta el apetito pierde, pero con perseverancia y para que él no note su nerviosismo sigue llevando bocado tras bocado, en un intento por acabar pronto.

Franco se da cuenta después, cuando estira su mano para tomar la copa de vino y al hacerlo la ve a ella, concentrada en cortar una fajita en jalapeño para poder comerla sin atragantarse. Le parece una visión, un brillante reflejo gatuno detrás de sus ojos y el aire antiguo que tienen los retratos del siglo XVI que Adriano tenía en el estudio y él destruyó en su ataque de rabia, el claroscuro que las velas proyectan sobre esas facciones francesas se vuelve un vaivén hipnotizante. Al sentirse observada, ella eleva la mirada hasta él.

—Hoy fue un buen día —comienza él, jugando con la copa en sus manos.

—Sí —se ruboriza ella, imitándole—, a pesar de todo.

Hay silencio, el ronronear de la calefacción les susurra y afuera la noche canta, no saben qué decir luego de haber dicho tantas cosas. Se quedan en ese instante, mirándose a través del fuego de las velas y es la forma en la que quieren recordarse mutuamente, porque se sienten vistos y acompañados, se sienten uno sólo, una sola mente que comparte el mismo pensamiento. Franco es el primero en sonreír, ella le sigue, desviando su mirada hacia la copa para no caer por esos bonitos ojos castaños que centellan como luceros a la luz de las velas.



Elizabeth Ortiz (EOrtizM)

Editado: 05.01.2020

Añadir a la biblioteca


Reportar