Heridas Invisibles

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XIX.

Soñaron con esto mucho tiempo, desde antes de que pudieran desearse, desde antes que pudieran conocerse, sólo soñaron con este momento en que están juntos, en que ya no se sienten solos, donde el tiempo nunca es suficiente y simplemente “estar” es un sinónimo de “amar”. Estar allí para el otro, estar allí cuando lo necesiten, cuando lo pidan y cuando no lo pidan, porque se han elegido y se eligen todos los días.

—Toda la mierda que tuvimos que pasar para encontrarnos —dice Franco, suspirando al acariciar sus ondas negras, destellando azul en medio de la luz que se cuela en la oscura recámara, debajo de las sábanas las inglés todavía les escuecen porque el sexo fue bueno, muy bueno y la compañía es mejor. Ella, apoyada en su hombro y una mano al centro del pecho donde el corazón le palpita despacio, se incorpora y estudia las pecas de su nariz y sus mejillas, le roza las cejas con la yema de los dedos y le aparta el cabello castaño de la frente.

—Creo que fue más por tercos que por lentos, pero aquí estamos.

—Aquí estamos —responde él, admirando el brillo felino de sus ojos en la oscuridad y sus bonitas facciones femeninas—, caporal.

 —Odio que me llames así —ríe ella, inclinándose para besarlo de nuevo y separarse, saliendo de la cama, desnuda como vino al mundo. Franco cruza sus brazos detrás de su cuello, admirándola en el esplendor de sus mejores años de juventud y deseándola como si no hubiese estado dentro de ella hace solo minutos, sirviéndose un vaso con agua de la jarra que tiene en una mesita junto al ropero. En el momento en que Antonella deja la jarra en la mesa afuera se escuchan los primeros disparos, algo lejanos de la casa. Se miran unos segundos.

—Parecía venir de los establos —dice él, levantándose de la cama y pronto se están ambos cambiando a las ropas de trabajo, Franco toma su arma de la caja de seguridad de debajo de la cama y la guarda en la parte baja de su espalda, entre el pantalón, bajan a prisas las escaleras—. Quiero que te quedes aquí, yo veré qué pasa.

—No inventes —rezonga ella, pasando por su lado con un abrigo de lluvia y una linterna encendiendo ya el walkie-talkie, Franco revolea los ojos ante su terquedad pero al final va detrás de ella. La oscura noche les absorbe de inmediato, siendo seguidos de cerca por los chuchos más jóvenes de la casa—. Aquí, Antonella, qué alguien me diga qué pasa.

—¡¿Dónde va?!

—¡Las tomateras! ¡Va para el granero!

—Hay alguien por las tomateras —informa ella, Franco la mira unos segundos y saca el arma de su sitio, cargándola al instante. A pesar de todo, Antonella no muestra ni un signo de miedo cuando él toma la delantera y se dirigen por los patios, donde más pronto que tarde se escuchan las segundas detonaciones y ven la sombra caer al suelo. Cuando ellos arriban, Ilario y su compañero ya están en la escena, el pelinegro está en suelo intentando socorrer al herido.

—¿Rigo?

Es una conmoción para todos ver al joven Rigo Saldivar cubierto en lodo y la pierna en sangre, llorando y pidiendo que lo ayuden, que no lo dejen morir, por favor. Antonella se arrodilla a su lado sin dudarlo, buscando la herida y encontrando el punto de la salida de la sangre, haciendo presión con su mano.

—¡Mi´jo! —Ilario padre encuentra una comitiva reunida, alumbrando con sus linternas al hermano mayor y Antonella intentando detener el flujo de la herida. El chico llora de dolor y miedo al ver la gran mancha roja en su pantalón y también al saberse descubierto en una situación muy sospechosa.

—¡Franco! ¡Ayúdame a detener la sangre, tú sabes qué hacer! —Antonella que de nada le ha servido el abrigo porque tiene el cabello empapado debajo del mismo, le pide ayuda y él, debatiéndose entre si ayudarlo o no, le observa sin más—. ¡Franco, muévete, maldita sea!

Entregando la linterna al primero que tiene a su lado Franco se termina embaduranndo las rodillas de lodo, como todos, y de sangre las manos como Ilario y Antonella, pronto usa un cinturón para disminuir le flujo de sangre y hace un torniquete sobre la herida, da la orden de que hay que cargarlo y llevarlo al hospital porque posiblemente hay una arteria rota, pero con tan poca luz no hay forma de saber ni de hacer más. El padre y el hermano mayor son los primeros en ser voluntarios, y Antonella, que es la más apta en ese momento, corre a la casa para buscar las llaves de una de las camionetas, en el asiento trasero acomodan al herido, inyectándole valor a su lado están el padre y el hermano, Franco en el asiento de copiloto.

El torbellino de emociones que se forma en esa hora se termina en la sala de emergencias, cuando los cuatro se quedan en la sala de espera y ven al joven ser llevado en una camilla hacia otra sala. La enfermera les dice que tienen que hacer el papeleo, pero ninguno está apto para ello.

—Será mejor limpiarnos antes —sugiere Antonella, y estando de acuerdo preguntan si pueden tener algo de ropa y al recibirla se van a los baños para intentar remover la mayor parte de la sangre y el lodo que puedan en los lavabos. Se encuentran en la recepción, cuando alguien tiene que llenar los papeles de ingreso y es Antonella y el capataz quienes se hacen cargo, el segundo, con gran vergüenza en su rostro se muestra taciturno—. No te preocupes, Ilario, todo estará bien, tu familia es importante para mí.



Elizabeth Ortiz (EOrtizM)

Editado: 05.01.2020

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