Heridas Invisibles

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XXII.

A LOS DISTINGUIDOS SEÑORES CALLAHUGE SAENZ

 

El sobre de color blanco tiene pequeños detalles azul marino en los costados y las letras doradas un relieve que Antonella siente al pasar la yema de los dedos sobre él. Sonríe, porque no es necesario abrir el elegante sobre para conocer el contenido: Es una invitación a una boda.

 

LAS OJIBAS BALÍSTICAS QUE LIBLAND ASEGURA TENER PODRÍAN SER PUESTAS A PRUEBA COMO INTIMIDACIÓN

 

El claro contraste del periódico debajo de la invitación es una nube gris dentro del paraíso en el que han vivido las últimas semanas a pesar de las vicisitudes, económicas y familiares. Doblando el periódico para ocultar el titular, toma el resto del correo y lo lleva al comedor pasando de lado los copos de nieve de papel y diamantina que han colgado por todo el pasillo, una vez en la sala, Franco e Ignazio juegan con la fruta del desayuno como dos críos mientras las señoras revolotean alrededor terminando de traer los bowls con el desayuno. A cada vuelta de Matilde, el primo clava sus ojos en ella y esas miradas son correspondidas de la misma forma y con el mismo cariño, Antonella sonríe ocupando el asiento a la izquierda de Franco. Le entrega la invitación y el resto lo deja a un lado para después llevarlo al estudio.

—¿Y esto? —inquiere él, aún con una sonrisa.

—Victor se casa —responde ella, sirviéndose un poco de café de olla—. Gracias, Cleo, Nadia y Mati.

—Gracias.

Grazie —repiten los otros dos.

—¡Wow! ¡Qué bien por él! Una semana antes de navidad.

—A ver. —El primo arrebata la invitación con descaro, recibiendo una colleja de parte de Franco pero lo deja pasar—. ¡Oye!, no estoy invitado.

—No permiten niños. —Se mofa Antonella, disfrutando de los huevos revueltos con espinaca que tan a su gusto dejan las señoras en la cocina.

Vaffanculo. Ni yo que quería ir.

Aunque Antonella siente alegría porque Vic ha logrado encontrar a alguien con quien compartir su vida, no puede evitar que su humanidad se entrometa y le ensombrezca la dicha con pensamientos egoístas: Victor se casa, y ella aún no; Victor, su querido Vic, ha encontrado a otra. No es que no ame a Franco, no es que no quiera compartir la vida con él, no es que prefiera a otro, simplemente no se puede olvidar o perder el cariño por completo hacia una persona que le ha marcado la vida y le ha ayudado a crecer, más sabiendo que ese alguien ha estado enamorado de ella desde siempre.

Franco no lo nota, ella luce feliz en el exterior, con la navidad próxima, con el invierno que se ha apiadado de ellos y ha desenrudecido las heladas, parece que está realizada. Es él quien se siente culpable por no poder darle todo lo que quisiera, porque Victor, alguien con menos alcance económico que él ha logrado organizar su boda y su hogar. ¿Por qué él no?

En el momento de privacidad más pronto que logran tener decide sacarse la primera espina que le molesta, porque ha aprendido que si no se hablan los problemas lo más pronto posible tienden a creer innecesariamente, y no quisiera volver a pasar por la misma crisis de ansiedad y alcoholismo dos veces.

Babe, tengo que preguntarte algo desde hace mucho —comienza él—, pero no quiero que lo tomes como un reproche, es sólo algo que necesito saber.

 —De acuerdo.

—Es sobre Victor.

—¿De acuerdo? —Su sonrisa se suaviza, intuyendo por donde va la situación.

—¿Alguna vez hubo una posibilidad real para ustedes dos?

Ella lo medita.

—Sí. —Al principio él se siente herido, no sabe muy bien porqué, hasta que ella continúa—. Nunca había estado con un hombre antes de él, quiero decir, que nadie me había hecho el amor antes; se convirtió en mi amigo y mi compañero, pero… con el tiempo me di cuenta que lo que sentía no era amor, sino cariño, agradecimiento, compañía… Después de estar tanto tiempo sola, un poco de cariño se siente como demasiado. Si no hubieras llegado, es con quien compartiría mi vida; no porque lo amara con locura, sino para sentirme acompañada.

Los ojos de Antonella le miran con esperanza, con deseos de que la respuesta le haya satisfecho pero no lastimado sobre la herida recién sanada, cuando Franco se levanta y se acerca a ella para besar su frente ella suspira con alivio. Ambos, con un peso menos sobre los hombros.

El primo, ajeno a lo que los otros dos pasan, recorre en su mente la idea que lleva dándole vueltas los últimos parciales cuando se reiniciaron las clases: Dejar la universidad para dedicarse de lleno a la equitación desde el próximo verano. Sabe que Franco no estará feliz, pero que Antonella loa poyará, por otra parte, su padre y su hermano le dirán que haga lo que quiera, Matilde seguirá a su lado sin importar la decisión que tome, manteniendo su apoyo incondicional. Pero, ¡¿quién coños le ayuda a decidirse?!

Cuando Matilde deja el comedor y se regresa a la cocina, lo primero que escucha son los reniegos de su madre reprochándole su descuido, que la señora se dio cuenta de que miraba al señorito y que si llega a ser corrida de la casa grande que ni crea que la va a seguir manteniendo, que es una escuincla buena para nada igual que su padre… Y así sigue en un rezo que ninguna de las otras mujeres se atreve a detener, porque la única que la silenciaba, doña Filomena, no está, y lo más seguro es que no vuelva y ella quede en su lugar. ¡Achis!



Elizabeth Ortiz (EOrtizM)

Editado: 05.01.2020

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