Heridas Invisibles

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III.

Cuando a una niña en algún lugar del mundo le arrebatan su inocencia, es cuando nace una mujer rota. Cuando una niña, en algún lugar del mundo, está sola expuesta a la oscuridad, es devorada por la necesidad y muere, muere la niña, muere la mujer rota y muere la esperanza.

En los ojos celestes de Isabella Moore bailan los recuerdos de una infancia en Nottingham, en uno de los barrios de viviendas del Estado, irónicamente llamado Paradise. Allí en su casita cayéndose a pedazos, una mujer llegaba a su barrio, entraba a su casa apestando a alcohol y tirando las puertas, le daba pesquisas y palizas cada vez que había algo fuera de lugar; que no había lavado la ropa, ¡zaz!, un cinturonazo con todo y hebilla, que no había algo para comer, fucking usseles, you can do nothing!; se derramó jugo de naranja en la alfombra o se arruinaba la calefacción, todo era su culpa… Tenía diez años.

Siempre que Anthony se reúne en el club con los socios ella se queda a su lado sonriendo y haciendo lo que hace mejor: Estar allí, entretener y ser bonita. Pero esa noche, con el fuerte olor a tabaco que le impregna el cabello por días y las preocupaciones que rodean a los hombres de “negocios” allí reunidos, es relegada a un rincón, como un adorno de mesa. Anthony Gaudino la observa de reojo de vez en cuando para mantenerla bajo su control, ella sabe que le gusta cuidar sus inversiones, desde la cocaína hasta sus mujeres y clubes.

Al sentirse observaba se despabila de los recuerdos y decide volver a olvidarse de su madre, como lo había hecho desde que decidió salir de ese hoyo de mierda de la única forma en que sabía: Con su cuerpo. Tardó bastante en darse cuenta que no era como las demás chicas de su barrio, ella era guapa y tenía un aire sensual que atraía a los hombres sin siquiera desearlo, era una maldición ir en el autobús y en la calle, hasta que se volvió un don y descubrió cómo usarlo en su beneficio.

Comenzó a darse cuenta que podía conseguir favores con hacer gestos bonitos, que podía conseguir comida extra o incluso viajar de gratis en el transporte, luego de su primer novio aprendió a seducir a los de su edad embaucarles luego de un par de citas para conseguir algo de dinero y luego dejarles esperando su premio de consuelo, poco después estando en la cúspide de la adolescencia tuvo su primer amante, bastante mayor que ella, y de allí aprendió que nada podía detenerla si se mantenía hermosa siempre, joven siempre, seductora e interesante, siempre.

Él no fue el primero, no, ninguno de sus novios lo fue. Isabella prometió olvidarse de aquello y lo escondió en un baúl de la memoria, en el cuarto del fondo. Pero había días como aquel en que estaba tan nerviosa que lo recordaba sin querer y se escapan de aquel cuarto los recuerdos de aquellos días en que la madre alcohólica llevaba a casa sus “amigos” y la dejaba encerrada en la recámara para que no molestara, ¿quién iba a saber que habría un día en que alguno de ellos encontraría el camino hasta la recámara y ésta no tendría seguro?, ¿cómo podría saber Isabella que se encontraría con una mano cubriendo su boca y otra arrebatándole la pijama?, ¿cómo podría, cómo podría… olvidar del todo?

—Has estado callada y seria, en la reunión, Isabella —le dice Anthony, sirviéndole una copa sin que ella lo pida, pero aceptándola de todas formas con una sonrisa que oculta muy bien lo que siente, pero él puede traspasar cada una de sus máscaras porque la conoce mejor que a sí misma, es su dueño, es su propiedad—. ¿Qué te tiene así?

—Te confundes, Anthony querido. Ya sabes que me aburren tus asuntos, mejor dime, ¿cuándo podremos irnos de éste país? —Suspira ella, llevándose la copa a los labios sin notar la sonrisa del hombre a su espalda, es el tipo de gesto de quien sabe algo que los demás no. Anthony, frío y manipulador jefe de una mafia en vías de extinción, cerca de sus cincuentas conservándose sano y fuerte, adornado con sus anillos de oro y sus Rolex, se inclina sobre ella y le susurra en el oído, estremeciéndola.

—¿Por qué tanta prisa por irnos? Aquí hay mucho que hacer aún, querida, ¿o es que ya te aburriste de visitar a tu hijastra? —Isabella se queda suspendida en una respiración, mira hacia su derecha, sin un ápice de expresión pero temblando por dentro—. ¿Creíste que no me iba a dar cuenta? Ya te lo dije: Yo cuido mis inversiones, y estoy comenzando a creer que tú fuiste una muy buena, Isabella.

—Nunca te he fallado, Anthony —declara ella, firme, esperando que esa firmeza le engañe lo suficiente aunque por dentro tiemble de pavor—, en cuanto supe dónde estaba intenté recuperarla. Para ti.

—¿Para mí? Qué considerada. —Ríe él, rodeándola para cruzar al otro lado del piso, hacia aquel ventanal de doble espejo que le permite ver todo lo que ocurre en aquel su club, las gentes bailando bajo el efecto de sus drogas y su alcohol, sus las mujeres ofreciendo sus servicios como en un tiempo la hermosa mujer madura a su espalda—. Antonellita es una de esas frutas exóticas que solo pruebas una vez en la vida y más vale aprovecharla, —se gira, las manos en el bolsillo—, y eso hice hasta que tú la dejaste ir.



Elizabeth Ortiz (EOrtizM)

Editado: 05.01.2020

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