Heridas Invisibles

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V.

Sé es joven, pero el sentido de la responsabilidad da la sabiduría y el amor la fortaleza para tomar la carga y llevarla hacia adelante, por los que se ama. Ignazio se encuentra de un día para otro inmerso en una profunda piscina de deberes y pendientes, los montones de trabajo y cosas por hacer, las deudas que pagar y las que hay que adquirir para seguir sobreviviendo, debiendo mantenerlo en armonía con sus entrenamientos y su estudio, a la vez que con su vida personal y amorosa. Es entonces que aprende la primera dura lección de la vida: Responsabilidad.

No tarda más que unas pocas semanas para darse cuenta de la segunda gran lección: No se puede tener todo lo que se desea y en algún momento de éste camino hay que elegir. Él, para poder cumplir con sus deberes en el rancho y con un gran dolor en su pecho, deja la universidad y elige su pasión por el deporte equino, teniendo fe de que podrá lograr ser un profesional.

Andiamo! Es sólo un muchacho y la responsabilidad que se adjudica, aunque no la toma solo, es demasiada, aunque eso sea lo que su padre y hermano le explican desde la Italia, rogándole que busque un administrador competente para tomar su lugar y él siga con sus estudios, es lo más coherente prepararse para el trabajo que tiene seguro que para un sueño. Pero Ignazio reniega, toma el sueño y se decide a hacer lo necesario para hacerlo realidad al mismo tiempo que asume el cargo que su primo le encomendó, eso es algo que su padre y hermano no podrán entender jamás.

Más tarde, cuando el gobierno aprueba otras leyes para obligar a los jóvenes a enlistarse y servir en el ejército al menos por un año, le insisten en que lo abandone todo y vuelva a Italia, no por amor, no por deber, sino para conservar su vida. Allí, Ignazio debe tomar una de las decisiones más difíciles de su vida y aprender una tercera gran lección…

 

Mientras Ignazio se convierte en un hombre, Matilde libra su propia lucha. Al marcharse Franco, los empleados que no asistieron a la fiesta de despedida estaban teniendo su propia reunión valiéndose de la distracción; esa noche se descuidaron los patrullajes, los perros quedaron sueltos y varios migrantes se aprovecharon de los cultivos tiernos, mientras se reunían en la casa de uno de los labradores. Todos en la fiesta sabían de aquella reunión secreta, pero la unidad de los campesinos es tal que no iban a traicionarse unos a otros echándoles de cabeza con los patrones. Su madre fue una de las asistentes, valiéndose como muchos de la excusa de la gripa para quedarse en casa.

—Más te vale que no digas nada, méndiga escuincla, o me vas a conocer —amenazó su madre cuando ella se marchaba de casa luego de cambiarse las ropas. Celebró, bailó, rio y se olvidó de la advertencia de su madre, pero al llegar la noche y volver a casa de dio cuenta de que todo estaba cambiando muy rápido y la marcha de Franco significaba sólo una cosa: Desestabilidad—. Nos regresamos a México en dos días, mi’ja. Tú tía Prudencia nos dará chamba en la finca de tu tío y pos allí vemos cómo le hacemos. Aquí no hay nada más que hacer.

—Pero yo no me quiero ir —rezonga ella, azorada con la noticia. Sus hermanas, como siempre, la miraban con poco interés en aquella reunión femenina.

—Pos ponle flores, chamaca, porque nosotras no nos quedamos aquí. Esto se viene pa’abajo y va a ser pior si nos quedamos. Mejor allá con una chambita que aquí aguantando hambre —explica la madre, dándoles una señal a sus hijas para que se pongan en marcha a hacer maletas con sus “tiliches”.

La mayoría de los que asistieron a la reunión secreta desertaron durante la primera semana posterior a la partida de Franco, Matilde callaba y soportaba el peso de la culpa por saber nombre y fecha de partida antes de que Antonella se llevara la sorpresa de que otro faltaba, y otro más, y otro más al día siguiente… Con poco más de la mitad del personal, tanto el trabajo del rancho como el suyo en la casa se volvía más tedioso y pesado.

Sufrió esa primera semana cuando veía a Antonella y a su querido Ignazio tener tantas dificultades para salir al día y a veces ni eso, porque sentí culpa por no haberlos puesto en sobre aviso, pero no se comparaba con la decisión que debía tomar. Hizo las maletas, decidió empacar lo necesario, recuerdos indispensables, desechando de una vez chucherías de su adolescencia y prendas de ropa  por montones, considerándolas demasiado infantiles ya.

Allí están los bultos empacados, allí está viendo el amanecer desde la ventana de la recámara, llorando en silencio al escuchar a sus hermanas y su madre despertar para partir antes de que la luz bañe las tierras de los Callahuge. Se siente más sola que nunca en ese momento y más triste de lo que se sintió cuando su padre las abandonó, entonces ella decide levantarse también y prepararse para el largo camino. Su madre no tarda en golpear la puerta.

Cargando las bolsas, Matilde y su familia salen de la casa para encaminarse a una salida alterna del rancho, una que ya no se usa porque deben rodear mucho para llegar a la carretera, pero es la forma más silenciosa para irse y es la ruta que los demás han tomado. La reja está oxidada y poblada con enredaderas, los árboles y arbustos la ocultan muy bien y la frescura de la madrugada allí es mayor, se escucha el despertar de la vida en el rancho cuando su madre abre la reja y lidera el camino, se escucha el viento hacer eco y pronunciar un idioma imposible para los humanos, sus hermanas salen también, Matilde sostiene la reja y recuerda en un instante en que el viento le revuelve el cabello castaño una conversación en medio de la misma sagrada naturaleza y se da cuenta que no quiere irse, que una fuerza superior a su voluntad le ordena quedarse donde está y regresar.



Elizabeth Ortiz (EOrtizM)

Editado: 05.01.2020

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