Heridas Invisibles

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VI.

Antonella nunca ha creído ni tenido fe en ningún Dios, Adriano le repetía que debía de rezar y creer en que había alguien superior trazando planes para ella, por y para su bien, y que aunque no comprendiera los porqués de ese camino que en momentos podría ser espinoso, debía confiar en que era lo mejor para ella. En ese sentido era igual que su padre: Ambos tenían fe. Ahora, en medio de la incertidumbre y luego de tres meses de silencio, de no saber nada de Franco, siente que su último recurso es la fe.

Al medio de aquella pradera secreta, Antonella se sujeta las rodillas y alza la barbilla con los ojos cerrados, el sol del atardecer perfilándole junto a Toscana pastando por allí, y reza en su mente:

“Escúchame, por favor, nunca te he pedido nada ni cuando he tenido miedo, ni cuando he estado sola, ni cuando sufría, pero hoy quiero pedirte algo, no para mí, sino para él. Cuídalo en su camino, bendícelo y dale la fuerza para volver a casa con su familia, por favor”.

Al abrir los ojos, Antonella deja que las silenciosas lágrimas le recorran el limpio camino de la barbilla hasta el suelo y suspira, ahora un poquito más tranquila, con más esperanza. Esos meses se ha sentido decepcionada, traicionada e impotente como nunca al ver que su gente la abandonaba, viendo que el dinero cada vez alcanza para menos y que el trabajo se acumula.

Una solución parcial al problema es contratar a los migrantes de forma temporal, ofrecer techo y comida a cambio de unos días de trabajo, ellos descansan y en el rancho se despeja la carga de trabajo; pero hay que crear cuadrillas y ser puestas bajo vigilancia de los más viejos trabajadores, con todo y precauciones desaparecen insumos de cuando en cuando, se descuidan los detalles y aquel orden magistral no es posible de lograr.

—Escuché lo de la nueva ley de tributo de guerra —comenta Victor, caminando a su lado por uno de los potreros, rodeados de lodo y aquel olor común a eses—. Van a hacer un avalúo y ver cuánto debe dar cada terrateniente.

Incredibile. Es como si regresáramos cien años al pasado: Obligando a los muchachos a ir a la guerra y quitándole la comida a los civiles. Nuestro país se fue a la mierda.

—Y vamos para peor, si Davis no toma decisiones acertadas sobre ésta guerra van a incendiar el país entero y él seguirá allí, gobernando sobre las cenizas.

—Nuestras cenizas —medita ella, apoyándose de codos en una cerca. Victor la analiza, en silencio y nota lo diferente que luce: Bastante más delgada, sin esa sonrisa coqueta, el brillo felino de sus ojos extinguido. En cambio él ha engordado más, la camisa le aprieta el abdomen, las mejillas han cobrado más volumen, quizá sea que los síntomas del embarazo de su esposa se le notan a él también: Poco falta para que su primer hijo nazca.

—¿Qué harán con Ignazio? ¿Se va a ir a Italia para no enlistarse? Si es así tiene que darse prisa a salir del país antes de que cierren las fronteras o se pongan a requisar jóvenes en las calles, ya sabes que son capaces de llevárselos sin avisar.

Non lo so, Vic —explica en un suspiro—. Todavía lo está pensando, ya sabes que Matilde está aquí sola y Franco le dejó responsabilidad, no puede irse así como así.

—Están enamorados, lo mejor es que se vayan los dos. —Al decirlo, nota como ella se apaga un poco más, sabiendo que se quedará más sola aún si eso ocurre—. ¿Tienen para pagar la cuota de compensación en caso de que quiera quedarse? —Ella sacude la cabeza, porque apenas y tienen dinero para los insumos básicos, y a simple vista se puede ver el abandono en los terrenos, los animales sumergiéndose en la misma depresión y el poco espacio para algo que no sea recesión—. ¿Podrían pedirlo a alguien? Yo podría prestarles una parte…

—No, no… —interrumpe ella sacudiendo su cabeza—. Tienes tus propios problemas y responsabilidades, Vic, con un bebé en camino tienes que ver por tu familia nada más. Gracias, pero ya veremos qué hacemos, ¿sí?

—Vale —afirma, estirándose para abrazarla con el cariño del pasado como una pequeña vela encendida donde un día hubo una pasión desbordante en llamas—. Hermosa, estás más delgada, ¿te has revisado?

—Debe ser el estrés —niega ella, haciendo el camino de regreso a la casa—. ¿Tú has pensado en irte? —Victor niega.

—Por nada de mundo me perdería la competencia por las nacionales de Ignazio —sonríe, para aliviar el aura triste de la tarde.

 Dentro de nada aquel joven a quien ella enseñó todo lo que pudo sobre caballos y equitación, estará debutando en el campeonato estatal y es casi sorprendente que no se cancelaran los eventos por la situación bélica, pero en ese estado la ganadería es el corazón y pulmón que mantiene viva la sociedad. Ella hubiese querido que Ignazio usara ropas nuevas y silla de montar de calidad, competirá contra hombres y mujeres más experimentados y en mejor posición económica para un público de millones, la apariencia será de importancia y no quiere que lo hagan de menos.



Elizabeth Ortiz (EOrtizM)

Editado: 05.01.2020

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