Heridas Invisibles

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VII.

—Espero que en la oficina de guerra no me hayan mentido y sí recibas estos vídeos, babe. Primero que nada, te amo y te extraño, esperamos tenerte en casa pronto. Por aquí las cosas van bien, un poco apretadas pero ya sabes que no es la primera vez que pasamos por esto. —Aunque en su mente Antonella sabe que nunca había estado en una situación así—. Con el primo en su viaje a las nacionales el trabajo administrativo va lento pero Casasola  me ayuda bastante, Mazariegos y Saldivar son las bases del rancho y Matilde en la casa es quien gobierna prácticamente. Vendimos una de las camionetas y un par de purasangres para amortiguar gastos la semana pasada.

»Tenemos cada vez más migrantes y menos ayuda para darles pero hacemos lo que podemos. El otro día nos encontramos con George, el de la radio, ¿te acuerdas? Resulta que se le ponchó una llanta a unos kilómetros de aquí, llegaron caminando hasta el rancho y les dimos ayuda, su familia y él se van a los Estados Unidos. Fue una gran coincidencia, casi casi como conocer a Aurelio Tierrablanca, ¡ja!, ¿te acuerdas?

»Va bene… Debes estarte preguntando por mí, cómo estoy… Hace tres días fui al médico porque me puse algo mal, he bajado de peso y tengo mucho cansancio y poco apetito. Mati y el primo tuvieron que insistir mucho pero accedí a ir al hospital, ya sabes que después de todo lo que pasamos no soy fanática de los hospitales. En fin, en unos días me entregan unos análisis de sangre y tengo la cita, mientras tanto me tienen con —saca unos botecitos de una gaveta y los sacude—, unas vitaminas y oxigenadores cerebrales. Pero ambos sabemos que la solución a esto es que regreses. Así que date prisa a terminar con esa guerra, porque te estoy esperando.

»En fin, ya casi exceso los dos minutos y medio, así que te amo y te sueño siempre, Franco. Adiós, amor.

Suspirando, Antonella cierra la pantalla del vídeo y lo envía, quedándose con una sensación de vacío al sentir que esa maldita pantalla le está robando algo. Se recuesta en la silla mullida detrás del escritorio, escuchando el mugir de las reses a la lejanía y viendo por la ventana las plantaciones de aceitunas necesitadas de atención. Se decide a despejarse la mente del trabajo buscando a Matilde en la cocina, encontrándola inclinada sobre un tinaja con harina de maíz que moldea con sus manos pero al ver su costado se da cuenta de que está llorando.

—¿Mati? Cos´e? ¿Qué pasa? Hey, mírame —pide con suavidad, tomando su rostro entre sus manos, notando la profunda tristeza en su mirada. Desde que se mudó a la casa grande no ha dejado de sonreír a pesar de las circunstancias, en realidad, por haber tenido que atravesar todo eso debería haber estado así mucho antes, pero ella ha sido resiliente y con una actitud positiva, hasta hace unas semanas en que Ignazio se fue de viaje a la capital—. Deja eso y vamos a hablar.

La convence de ir con ella a la sala de estar, sujetando sus manos y acariciando sus cabellos castaños le contempla unos segundos, esperando con paciencia y con amor a que comience a desahogar sus penas.

—¿Ya? ¿Estás mejor? —La chiquilla asiente, aspirando con la boca abierta para conseguir hablar—. ¿Qué pasa pues?

—Es que no lo sé, tengo miedo. —Y en sus ojos, Antonella puede ver aquel más antiguo temor que puede albergar el corazón de una mujer y sólo entonces comienza a ver la chiquilla como lo que es en realidad. Una vez comprendiendo esto se siente más tranquila y acompañada, porque hay otra persona muy cerca de ella que comparte sus mismos temores e inseguridades. Matilde tiene miedo de que Ignazio la engañe con otra—. ¿Viste las fotografías del periódico? Estará rodeado de modelos y gentes refinadas, señoritas bien y fiestas elegantes… Y yo estoy aquí, como una tonta, como un moco pegado en la pared y no hay nada, ni un compromiso entre nosotros que pueda hacer que no lo haga, que no… se acueste con otras mujeres.

—¿Y el amor entre ustedes? Esa es la promesa más sagrada y fuerte que puedan hacer un hombre y una mujer, ¿o es que no te ha ama?

—Sí, pero… ¿Y si no soy suficiente?, ¿y si se da cuenta de lo insignificante que soy?, ¿y si se aburrió de mí? Si nos hubiéramos casado…

—El matrimonio no puede obligar a ninguna persona a ser fiel, Matilde —explica, secándole las lágrimas de nuevo, ahora un poco más sabia bajo su propia experiencia matrimonial, corta e intensa experiencia—, sólo el amor. Y a veces, ni siquiera eso porque hay fuerzas a allá afuera que no podemos comprender y que nos hacen cometer errores, por miedo, no por falta de amor.

—¡¿Entonces qué hago?! —exasperada sacude sus manos, buscando una respuesta a su desesperación—. ¡Porque no sé qué hacer con esto! —Se señala el pecho abrazado por su blusa de manta aunque ha cambiado sus faldones juveniles por cómodos blue jeans.

—Confiar, es todo lo que podemos hacer. Hoy —medita ella, decidiendo que después de casi cuatro meses necesita compartir con alguien ese terror y esa angustia que alimenta con cada silencioso día sin su esposo—, fui a la pradera y sentí tanto miedo como tú, pero es un miedo distinto, porque no puedo imaginarme la vida sin Franco, no después de volver a nacer a su lado y de convertirme en una nueva mujer. Sentía que me asfixiaba entre tanto dolor y tristeza, y lloré, entonces me cansé de llorar y de cargar con todo sola, así que recé. Yo no soy creyente, pero pedí porque él volviera a casa sano y salvo. No te digo que confíes en ningún Dios, te digo que confíes en el amor; quién sabe y son la misma cosa.



Elizabeth Ortiz (EOrtizM)

Editado: 05.01.2020

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