Heridas Invisibles

Tamaño de fuente: - +

X.

Isabella escucha la conmoción en la planta baja desde la recámara en la que le han dejado confinada, se siente frustrada e increíblemente ofendida de que nadie se digne a decirle una palabra y le atiendan como se atiende a un perro: Asegurándose de que coma, tome agua y no se muera nada más. ¿Tan difícil seria decirle por lo menos en qué día están?, ¿cómo la encontraron?, ¿o dónde la encontraron?

Con dificultad se sienta en la cama, dándose cuenta hasta qué punto sus guardaespaldas le dieron una paliza estratégica para que quedara lastimada, más no de gravedad, sólo lo necesario para convencer a Anthony con unas fotografías. Sabe que de no haber sido por ellos, ahora estaría muerta, y sabe que no podrá agradecer jamás. Se encamina hasta la puerta con paso lento, y abre la puerta hasta el pasillo de aquella desconocida casa, llegando hasta las escaleras pero sin encontrar a nadie ya en la sala de estar. Parece que le toma una eternidad, pero logra llegar a la planta baja, escuchando voces provenir del estudio donde se reunió por primera y última vez con su hijastra, allí se dirige, aprovechando que una de las puertas están entreabiertas para escuchar.

—…por el momento no creo que pueda volver a tener oportunidad de hablarte, pero cada vez que pueda lo haré, my love. Si las cosas siguen tan bien como hasta ahora, ésta guerra terminará pronto y me tendrás en casa, como lo prometí. Te amo, no lo olvides.

Sí en definitiva es la voz de Franco, lo recuerda de dos maneras: Como el atractivo y encantador hombre con el que habló en el estudio, y como el violento y tosco vaquero al que mintió en un restaurante de hotel. Escucha las lágrimas de Antonella también, y luego su voz.

—Acabo de ver tu vídeo, cariño, no lloro de tristeza sino de saber que por fin tengo noticias tuyas. Esos porci de la oficina de guerra no dan ni siquiera información de que estás vivo, en fin... Amor, acabo de regresar del hospital, ¿te acuerdas del último vídeo? Franco, estoy embarazada. —Una risa de locura y felicidad se escucha provenir de la habitación—. ¡Vamos a tener un bebé! ¡Un bebé! ¿Puedes creerlo? ¡Aquí dentro hay un bebé tuyo y mio! ¡Vas a ser papá! ¡Ah! —Suspira, recobrando el aliento y la compostura, e Isabella casi suelta también una risa al sentirse contagiada por esa dicha—. Ahora tienes otra razón más para volver, Adriano o Dominica te está esperando, quién sabe y sean los dos de una vez, pero eso es ser codicioso, uno a la vez hasta llegar a la media docena como acordamos, ¿no? Creo que no puedo decirte toda la felicidad que siento en éste momento y cómo me gustaría poder compartirla contigo pero sé que en cuanto veas esto seremos igual de dichosos. Te amo, Franco.

—¿Usted qué hace aquí abajo? —El brinco que Isabella da al ser sorprendida por una de las sirvientas hace que se abra la puerta por la que espiaba y Antonella advierta de su presencia y se apremie hasta el pasillo.

—¿Qué pasa? —Enfoca a la espía al otro extremo—. ¡Isabella! Deberías estar arriba, en reposo.

—Sólo quería… hablar con alguien —dice ella, temblorosa por la sorpresa, el dolor en sus huesos y el frío que se le cuela en los pies desnudos, viendo a la chiquilla y luego a su hijastra—. Me tienen allá arriba sin saber nada.

—No hay nada que tengas que saber. Cuando te recuperes podrás irte y averiguar lo que quieras —espeta Antonella, tomándola del brazo que tiene menos lacerado para guiarla de regreso por las escaleras—. No me gusta que estés husmeando por las puertas, eso es una grosería.

—Lo siento, hija, no quería entrometerme, pero me alegr…

—No me llames “hija” —la corta ella, ayudándola con el primer escalón bajo la mirada acusatoria de Matilde y de Ilario a su lado, enterándose de la causa del alboroto—. No me importa lo que hayas escuchado, no me importa si te alegras o no, sólo quiero que te cures y te vayas.

—Entiendo que no me quieras aquí pero tu sirvienta no tiene que tratarme tan mal.

—¿Sirvienta? —inquiere Antonella, a media escalera—. Matilde no es una sirvienta, es mi cuñada y ella se encarga de la casa y de ti, deberías ser más agradecida y respetuosa con ella. Aquí nadie es tu sirviente, Isabella.

—Lo siento, lo siento, querida. Es que no me presentas a nadie, no sé nada… ¿Ese joven veterinario vive aquí también?

—No te importa, Isabella. —Vuelve a espetar, casi al final—. Con el tipo de gente que te anda siguiendo deberías estar agradecida de que no te hayamos dejado tirada en la calle como te encontramos y no estar preguntando por información que nos podría poner en peligro.

—Anthony se fue del país, no tienes que preocuparte por él.

—¡No digas su nombre! —espeta Antonella, ofendida, deseando olvidar ese nombre y al hombre dueño del mismo. La suelta de forma definitiva, dejándola sostenida de una pared para marcharse—. ¡Te hubieras ido con él!

—¡Fue él quien me hizo esto! —Mientras Ilario y Matilde se quedan debajo de las escaleras, escuchando la conversación, Antonella se regresa, sus orejas hirviendo detrás de su cabello—. Me mandó a matar porque se enteró de que te dejé ir y que te estuve buscando otra vez sin decirle nada.



Elizabeth Ortiz (EOrtizM)

Editado: 05.01.2020

Añadir a la biblioteca


Reportar