Heridas Invisibles

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XII.

De nuevo el silencio vuelve a carcomer la tranquilidad de Antonella, y ahora con su embarazo mantenerla es una prioridad, a su preocupación por el esposo lejano hay que añadir la notable tención en la joven pareja y la presencia de su madrastra en la casa, como una constante mandamás queriendo imponer su voluntad sobre la de Matilde.

El roble que ha soportado tanto y ahora se muestra más resiliente que nunca en su otoño frío, la acompaña en silencio, junto a los establos que exhala el constante aliento de los animales que alberga, la hierba crecida casi le alcanza las rodillas en ciertos lugares del rancho, pero la abundancia de flores silvestres compensa la molestia. Al ver la mañana fría dar paso a un tibio mediodía, Antonella cierra sus ojos y se permite sentir esos tibios y moribundos rayos en sus pómulos de marfil.

—¿Anto?

Cuando gira se puede notar lo ensanchadas que están sus caderas y el abultado vientre debajo de su suéter y los pantalones vaqueros de maternidad, sin embargo, el brillo en su piel y en sus ojos nunca ha sido igual, parece resplandecer a contraluz, como un ángel.

—Victor —sonríe, y ella se adelanta hasta él, colgándose de su cuello en un abrazo—. Pensé que no vendrías.

—Claro que sí, nunca rechazo una invitación a comer de ustedes. —Entonces se apoya en una rodilla para colocar las manos a los lados de la barriga de la embarazada y le propina un par de besos sonoros que rápidamente alborotan al pequeño ser en el interior.

—Creo que será niña.

—¿Ah, sí? —Victor casi adhiere la boca a su vientre para volver a hablar—. Oye, tú, allí adentro. ¡Toc, toc! ¿Alguien escucha? Victor aquí, haciendo la pregunta más importante del día: ¿Por qué no te dejas ver en el ultrasonido?, ¿eres una preciosa Antonellita? —Luego, adhiere su oreja a la barriga y espera, pero Antonella no logra soportar la risa—. Mmm… Tal vez no hay nadie en casa.

—Creo que le gusta que le cantes aquella canción de over the rainbow, no que le hables como si quisieras predicarle la Palabra, tonto.

—Deberías ser más amable con el padrino de tu bebé, ¿sabes? —Advierte él, rodeando por completo sus hombros para volver a abrazarla—. ¿Quieres quedarte un momento más para que hablemos?

—Me vendría bien —asiente ella, volviendo a su cómoda posición en la cerca junto al roble donde muchas veces compartieron momentos íntimos y lujuriosos, pero eran personas distintas entonces. En unos minutos le relata lo tensa que es la relación de Mati e Isabella, y las discusiones que le escucha sostener por las noches, aunque a un volumen bajo, con Ignazio, por tonterías o cosas sin sentido, sospechando que hay algo más que mantiene irritada a Matilde desde que el primo volvió de la competencia.

—No comprendo por qué le permitiste quedarse en primer lugar, Anto, no le debes nada a esa mujer y todo lo que está haciendo es alterar la paz de tu hogar. ¿Qué crees que será lo primero que Franco hará cuando vuelva y la vea aquí? La va a echar a la calle y no creo que vayas a preferirla a ella que a tu familia.

—Claro que no —replica, sucediendo su cabeza como la yegua briosa que es—, y créeme que no lo hago por cariño o porque sienta que le deba algo.

—¿Entonces? —insiste él.

—No lo sé, es lo más cercano que tuve a una madre. La he conocido más estos meses, Victor, sé cómo terminó trabajando para Anthony y sé que no hay excusas para lo que me hizo, pero no creo que guardar rencores contra una víctima más sea la forma en la que se deba traer un bebé al mundo.

—Vale, lo entiendo —explica él, intentando hacerla ver las cosas desde su punto de vista, expresándose con las manos—, pero perdonar no significa que debas permitir que la paz de tu hogar se rompa por una extraña, ¿me entiendes? Si Matilde, tu cuñada, no está feliz con ella, si Ignazio, tu cuñado, tampoco y tú esposo tampoco estará feliz, ¿por qué seguir postergando un momento que va a llegar eventualmente? ¡Sácala de tu casa, Antonella! No puedes confiar en ella, es de las de que hacen lo necesario para obtener un objetivo y cuando lo consiguen se van o te desechan, lo sabes bien.

—No quiero hablar más del tema —dice ella, comenzando a sentirse triste o incómoda con tantos pensamientos nadando en su mente. Victor comprende entonces, y decide cambiar el tópico hacia algo más para no angustiarla, así que le pregunta por la remodelación de la recámara del bebé—. Está lista, ¡¿quieres verla?!

Como si fuera posible, el brillo de emoción de Antonella la hace ver más bella. Se dirigen a la casa, donde su señora, Micaela Soriano y su pequeño Sebastián les esperan y reciben con alegría. Es sorpresa para todos ver que el pequeño se deja cargar con gusto por Isabella y por Matilde por igual, ésta última sobre todo disfruta de cuidar y cargar al pequeño, su prometido al lado la mira con el brillo de los hombres enamorados y Victor lo nota, aprovechando cuando las mujeres se quedan más tiempo de lo normal en la habitación que han preparado para el bebé, para llevarlo aparte y tener un corta charlas “de hombres”. Ahora que Franco no está, Victor tiene cierto sentido de responsabilidad para servir de guía al joven, y éste lo agradece porque en más de una vez en el día se siente perdido en esa extraña vida.



Elizabeth Ortiz (EOrtizM)

Editado: 05.01.2020

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