Heridas Invisibles

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XIII.

Un aroma de esperanza impregna el aire, los encabezados por fin hablan de buenas noticias, empezando con naciones como Canadá, recibiendo a los refugiados con corazones y brazos abiertos, continuando con el retroceso de las fuerzas invasoras y la lenta reapertura de puertos y aeropuertos al comercio que revive al país sumido en un estado depresivo. Puede que el invierno se acerque y ya se pueda oler la lluvia y la nieve en las zonas coníferas, pero esa navidad será de dicha y de alegría, así se espera.

—¿Tienes frío, querida? ¿Enciendo la calefacción? —inquiere Isabella, interrumpiéndola en el estudio donde se concentra en cuentas luego de pasar la tarde atendiendo varios asuntos en el campo con la ayuda del buen Saldivar y Mazariegos, a su lado uno de los chuchos, Bravo. El animal le muestra los dientes cuando se acera demasiado, igual de arisco que su dueña, la chiquilla Matilde.

—No, Isabella, estoy bien. Gracias. ¿Por qué no vas a ayudar a Mati en la cocina? —responde sin verla, distraída con sus cuentas.

—¿La cocina? ¿Yo? Sabes que ese no es trabajo para una mujer como yo.

El comentario irrita a Antonella, haciéndola dejar la pantalla un momento para dedicarle una mirada de obviedad. Hasta el momento se ha mostrado paciente y comprensiva con su madrastra, pero los comentarios despectivos que ha lanzado de Mati o los sirvientes no le agradan, y siempre aprovecha que están solas para hacerlos; poco a poco se va recordando que quizá Ilario tenía razón hace unas semanas y pronto será el momento para echarla.

—¿Entonces qué trabajo debe hacer una “mujer como tú”?

—Yo conozco de buen gusto, decoración, modas…

—Aquí no se necesita eso —la interrumpe ella—, aquí sobra trabajo en las huertas y en la cocina, es eso o las vacas y los caballos. Tú decides.

Antonella vuelve a su trabajo, ignorándola de nueva cuenta.

—Todo lo que una pide es algo de respeto, un trabajo digno de mis habilidades.

—¿Un trabajo digno? —inquiere Antonella, dejando de forma definitiva su trabajo ya que el comentario la ofende hasta lo imposible—. ¿Qué te crees que la cocina, la limpieza o la agricultura no es digno? ¡Gracias a esas personas tienes algo limpio donde cagar y comida para hartarte! —exasperada, la señala con uno de sus dedos, al verla enrojecida Isabella palidece.

—Ninguno de ellos me trata con respeto —balbucea, algo cohibida por la faz de autoridad que Antonella le da a conocer de sí misma—, me ven y me hablan como si fuera un estorbo, me odian y no me quieren aquí.

—Y no los culpo —responde la otra, sorprendiéndola aún más al negarle su apoyo—. Desde que llegaste los ves como seres inferiores a ti, los tratas con egocentrismo y altanería, no te he escuchado decirles “gracias” nunca, ¡a nadie! La única persona que te soporta soy yo, y gracias a que yo se los he pedido te han tenido paciencia y consideración, pero me estás hartando Isabella. ¿Quieres saber la verdad? —inquiere, pero no espera la respuesta, se apoya de nudillos en la madera del escritorio—. Todos me dicen que lo mejor es echarte de aquí, me ruegan que lo haga por todo lo que me hiciste, porque lo saben, Isabella, de una forma u otra saben, y cuando Franco llegue estoy segura que no querrá tenerte aquí y no podré hacer nada para impedir que te saque a patadas porque mi familia es más importante que darte un techo donde vivir, ¿entiendes? No dudaré en elegir entre ellos o tú, Isabella.

—Pero yo sólo quiero ser parte de esa familia, quiero conocer a mi nieto. —La voz rota y los ojos cuajados en lágrimas al escuchar la confesión iracunda y apasionada de Antonella, dándose cuenta de que las cosas no son tan fáciles como ella creía.

—Entonces gánatelo.

Con la respuesta final, Antonella vuelve a su trabajo recuperando el aliento y acariciando su vientre mientras Isabella sale de la estancia preocupada de que su hijastra resulte afectada con tal disgusto que se acaba de llevar por culpa suya, sin embargo, algo en su mente comienza a escarmentar tras la conversación, porque se limpia dos lágrimas fugaces que derrama y toma aire, buscando el rumbo a la cocina.

En el santuario de las mujeres de los labradores, incluidas Matilde, es vista por sobre el hombro y nadie le presta atención mientras se encargan de los preparativos de la cena y el reemplazo de las velas en los candelabros; por un momento Isabella siente que ha retrocedido en el tiempo hasta otra época, hasta que Mati la despierta de su ensueño y le pregunta de forma breve qué deseaba.

—Yo… Sólo quería saber si les podía servir de ayuda en algo. —Su acento británico y su porte elegante no concuerda muy bien allí, tampoco sus sandalias de tacones y ropas, aunque sencillas, a ella le lucen como magnánimas prendas de diseñador.

—Estamos cortando verduras y tenemos que preparar un mole —mirándola de arriba hacia abajo con suspicacia, sin confiar en ella claramente, pero como Antonella dijo, no la culpa—, no creo que sea de mucha ayuda.

—Está bien, haré lo que sea.

—Aja —aún sin creer lo que escucha—, ¿está segura?



Elizabeth Ortiz (EOrtizM)

Editado: 05.01.2020

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