Heridas Invisibles

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XV.

Hey! Gibbs. —La teniente, complacida de que Franco recuperara el conocimiento luego de seis silenciosas horas, apartando su rifle se inclina sobre la improvisada camilla de tablas en la que le han recostado en el suelo de la parte trasera de una camioneta. El sargento Kimberly Clark, el médico de la unidad, también se acerca en el lado contrario para revisar sus signos vitales—. Where’re we going’?

—Vamos al poblado más cercano, comandante.

La breve explicación no complace a Franco, quien intenta moverse para desprenderse de las amarras que le han hecho alrededor de los brazos, evitando que se moviera durante las primeras y cruciales horas tras la herida. Gibbs pensó que Franco no sobreviviría a la pérdida de sangre, ni siquiera ella pensó vivir mientras se libraba el combate, pero la mitad de la unidad lo logró, y tomando ella el mando localizaron un poblado cercano, relativamente, a dos días de camino a pie, en territorio hostil. Ese último dato acordaron no mencionarlo al comandante. Desde la hora de inicio del nuevo rumbo, han transcurrido cerca de treinta y seis horas, en las que Franco apenas y tiene minutos de concinciencia y largos periodos de ensueño, y cada uno de ellos podría ser el último.

—No, hay que volver a la baseee… —Su frase termina confundiéndose con un quejido por el dolor que vuelve a nublarle la vista, Kimberly se apresura a darle una nueva dosis de morfina que pronto le envía a dormir de nuevo.

—Tengo que cambiar el vendaje —anuncia él. Con ayuda de la comandante desatan los vendajes de una de las heridas, allí justo sobre la rodilla donde las piernas fueron cercenadas en la explosión; se descubren los vendajes sangrientos y el olor que emanan no es una buena señal, tampoco el tono purpúreo de la piel—. Necesita antibióticos.

—¡Donovan! —exclama la teniente hacia el conductor de aquella camioneta que por fortuna encontraron e hicieron revivir hace un par de horas—. ¡Acelera!

 

Sweetheart, ¿te sientes bien? —Isabella ha decidido entrar en la recámara de su hijastra luego de tocar y no recibir respuesta, no es la única preocupada porque se ha vuelto taciturna y silenciosa desde que volvieron del pueblo. Ahora la encuentra distraída deslizando un dedo sobre el filo de los dientes del peine con el que desenredaba el cabello húmedo tras la ducha—. Here, let me help you.

Ahora con un suéter azul celeste y sus pantimedias de maternidad, Antonella se sienta en el borde de la cama e Isabella detrás, tomando el peine pero decidiendo cambiarlo por un cepillo de cerdas suaves.

—Ya te dije que para tu cabello es mejor éste tipo de cepillos, con los peines lo vas a reventar —reprende con suavidad, mirando por el reflejo del espejo del armario las comisuras caídas de su boca y su mirada felina carente de brillo—. Tienes que decirle a alguien qué te pasa, cariño, tener tanta tristeza dentro puede hacerle daño al bebé.

—Tengo miedo —balbucea, mirando hacia el atardecer que penetra por el alféizar, tan naranja y rosa como hacía pocos días se vislumbraba, tal vez ya no lloverá para ese día y el siguiente, tal vez se seque el lodo y la hierba reverdezca, tal vez las flores crezcan mañana—. No sé nada de Franco, dicen que la guerra se acaba en cuestión de días pero en su oficina no me dan informes de nada desde hace dos semanas y tengo una gran tristeza en mi corazón por Ilario, porque lo quiero y quizá se fue porque yo no supe ser una buena amiga.

—Ah, mi niña —se lamenta Isabella, viéndola llorar por el reflejo del espejo, la vista clavada en los colores del marco frente a la cama—, no te puedes culpar por las decisiones que toman los demás sobre sus vidas, tampoco por las cosas que no puedes controlar, como una guerra. Lo mejor que puedes hacer es tener fe en que saldrá lo mejor de todo lo que pase, que tu bebé viene en camino para llenarte de alegría y de vida, que tienes por delante muchas aventuras por vivir, y que no estás sola, ¿sí? —Antonella asiente, las mejillas húmedas por la tristeza que se le ha desbordado, entonces la abraza desde atrás, besando su mejilla—. Te quiero.

—Quisiera que las cosas hubieran sido así desde el principio.

—Yo también —medita Isabella, ahora ella con las cuencas al borde—… Yo también…

 

Desde la rendija de la puerta, Matilde observa a madre e hija abrazadas y decide apartarse, regresará más tarde con el chocolate caliente y la torta que le llevaba a Antonella para alegrarle la tarde luego de verla tan decaída por lo de Ilario. Al volver a la cocina mira a Ignazio hablando con don Ilario en el pórtico, y éste agradeciendo con un abrazo y una sonrisa la información que le provee, luego de tanto tiempo sufriendo por la ausencia del hijo.

—¿Qué te dijo? —pregunta cuando vuelve a entrar a la casa.

—Pues nada, agradecido por saber dónde está Ilario, aunque angustiado por… saber dónde está. Me pidió permiso para ir a buscarlo mañana en una de las camionetas.

—¿Y?

—Le dije que sí, claro, además, hay que hacer otro par de vueltas en el pueblo mañana —explica él, serio y frío como lo ha estado últimamente, de aquel joven sonriente y encantador poco queda, sólo la faceta de hombre responsable y trabajador, de jefe de familia. Matilde no le responde, callada como últimamente, de aquella joven alegre y juguetona poco queda, sólo la faceta de esposa abnegada y atenta, de mujer de casa—. ¿Estás bien?



Elizabeth Ortiz (EOrtizM)

Editado: 05.01.2020

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