Heridas Invisibles

Tamaño de fuente: - +

XVIII.

—No puedo creer que esté firmando éste documento, pero aquí vamos —asiente él, sonriendo al poder presenciar un increíble acto de fuerza de voluntad no sólo de la paciente, sino de toda su familia. La mañana en que el médico firma el alta de Antonella es una lluviosa y fría, carente de espacios vacíos en un cielo basto en nubes grises que se observan desde las ventanas de la camioneta.

Llegan a casa, la bajan con cuidado y la dejan en la silla de ruedas, empujándola hasta el pórtico, se abre la gran puerta de tallados que Adriano insistió en colocar en la última remodelación como un capricho, adentro están las decoraciones navideñas y un gran letrero de bienvenida hecho a mano, lleno el salón con flores y globos, uno que otro obsequio.

—Las mujeres de la casa y varios de los labradores hicieron esto para ti —explica Matilde, gozosa de poder hacer por Antonella lo que en otras ocasiones hizo por el signore Adriano.

Sin emabargo, Antonella presiona los labios unos con otros y hace un gran esfuerzo para no llorar, porque no es capaz de ver la alegría con la que es recibida, sino que en su lugar ve el vacío que hay en su vida de nuevo, sin él, porque no volverá, porque está muerto.

—Quiero dormir —dice nada más, siendo abrigada por la falta de aliento y la ansiedad insipiente. Matilde deja de sonreír al verla empujar lentamente las ruedas de la silla hacia el pasillo, donde la acomodarán para evitarle subir y bajar escaleras.

Cuando despierta, el sopor del sueño aún la abraza pero distingue la figura sentada a su lado en la cama, es Ignazio vestido con su traje negro formal, bien peinado, más apuesto y parecido a Franco que nunca, por un instante le parece que es él, ¿será? No, no es, está muerto, se dice.

—¿Primo? ¿A dónde vas?

—Tienes que vestirte, Anto, tenemos que salir —dice él, volviendo a ver el reloj para darse cuento que aún tienen tiempo de sobra pero ella lo necesitará.

—¿A dónde?

—Hoy le darán los honores a Franco. —La respiración de Antonella comienza a agitarse, su mirada felina bordeada por una sombra purpúrea de llanto y desvelo se paseo por todo el rostro del joven, buscando comprender el sentido de lo que le dice—. Lo trajeron hace dos días y todo está arreglado para enterrarlo hoy.

—¿Qué? P-Pero…

—Anto, Anto —habla él, con la voz suave y gentil con la que se apaciguan a las yeguas salvajes, y funciona en ella igual—, mantén la calma para que no tengamos que llevarte al hospital de nuevo. Ésta era la única manera de ayudarte a que estuvieras presente, ¿entiendes?

—Me mentiste —murmura ella, sus ojos aperlados en lágrimas que amenazan con desbordar desde su interior.

—Era la única manera, ¿entiendes? ¿No quieres verlo?

—Sí quiero.

—Entonces, vamos. Mati e Isabella te van a ayudar —sugiere él, dejándole un beso en la frente y saliendo de la habitación, en cambio las dos mencionadas llegan con un rostro de arrepentimiento, también ya vestidas para el evento tan formal que les espera en el cementerio del pueblo.

Con los cuidados propios que se tienen con una niña pequeña, la ayudan a desvestirse y a introducirse en la bañera, donde le ayudan a sostenerse y pueden apreciar la decadencia que ha caído sobre una mujer que una vez fue ejemplo de belleza y salud: Las costillas se le resaltan a través de la piel, en la espalda sus omóplatos y columna se pueden adivinar cuando se encorva apenas una nada, los hombros tienen un forma puntuda ante la carencia de masa muscular, la piel de un tono blancuzco y su cabello, esos lazos negros, brillantes como diamantes, lucen opacos y resecos.

Sin mediar palabra la envuelven en pantalones y botas cómodos, abrigándola bien y acicalándole el cabello hasta que cobra un poco más de su antigua belleza, pero de nada sirve, porque ella no sonríe y se deja llevar en el mutismo de sus labios hasta la camioneta, siguiendo con la mirada aquel camino que recorrió hace años, para enterrar también a un hombre que amó con profundidad y cuya partida la dejó convaleciente.

Junto a la tumba de Adriano, yace la lápida del hijo, del padre, del esposo, del amigo, del primo, del comandante Franco Callahuge.

—Hay muchas personas —murmura Antonella, al ver a la multitud de militares, trabajadores, vecinos y gente del pueblo que se aglomera bajo aquel cielo que gotea de a pocos sobre el sepelio, ella aún sin alcanzar a llegar hasta el centro de aquel remolino, al pasar las miradas se giran hacia ella, y escucha muchas condolencias y palabras empáticas.

—Todos vienen a verte, a ver a Franco. Igual había muchas personas para el funeral de mi zio Adriano, ¿no recuerdas?

No, Antonella no recuerda ese día, porque su mente, como ahora por momentos, se fugó de la realidad para intentar soportar el dolor de la pérdida; con el bebé dentro de ella, no puede hacerlo y requiere de todas sus fuerzas permanecer allí, presente, por él. Ignazio y Matilde le ayudan a levantarse de la silla cuando no puede avanzar más en el terreno, y con pasos cortos van sus pies acortando la distancia que le separa del féretro con la bandera de la nación tendida sobre ella, así como las insignias de reconocimiento al valiente soldado.



Elizabeth Ortiz (EOrtizM)

Editado: 05.01.2020

Añadir a la biblioteca


Reportar