Heridas Invisibles

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XXI.

Principios de primavera del siguiente año…

 

La familia entera se reúne para el gran momento. Por fin, el primo Vicenzio y el zio Gerónimo han podido viajar a República para conocer a la piccola, Dominica Leonore Callahuge Saenz, alias “toppi”, y para dar un último adiós frente a la tumba de los dos jóvenes padres. No habrá tanto espacio para ellos en la casa donde Matilde creció, pero seguro que les acomodan temporalmente en la habitación de Isabella, ocupando ellos la recámara principal y preparando la última para la bebé que recibirán, con mucha más sencillez que la que su madre le había preparado en aquella casona abrazada por el fuego meses atrás. Lo perdieron todo en ese momento, pero no se perdieron el uno al otro, y dan gracias por eso.

Victor arriba al hospital también, cargando él en sus brazos a su pequeño Sebastian y de la mano de su señora, Micaela; dándoles la bienvenida saluda a los italianos y les introduce a su familia con dicha.

De la mano de un elegante caballero, a aquella sala de hospital llega una gran canasta con juguetes, ropas de color rosa, oso de peluche y globos con la insignia “It´s a girl!”. Monsieur Godard transmite sus felicitaciones a los jóvenes que han decidido tomar la tutela de la pequeña y también los mejores deseos de aquel viejo conocido, Dean Ampère.

Las cámaras de fotografía están listas cuando Ignazio y Matilde emergen del pasillo hacia la sala de espera, y una ola de aplausos les abraza al tiempo en que se inmortaliza aquel momento esperado en que Dominica puede ir a casa luego de varios meses de lucha fiera contra la muerte. 

 

El camino a la casa del rancho ha cambiado, así que las camionetas y automóviles pasan de largo en cúmulo de cenizas donde antes estaba la casona y donde ahora sólo se atisban los corrales y plantaciones descuidados por la falta de personal y de interés en ellos. La casa donde Matilde creció ahora se ve rebosante de vida y de alegría con tantas personas allí para conocer y bendecir a la pequeña.

Los vecinos y los trabajadores pasan unos minutos a saludar y a observar la cuna donde descansa una bolita sonrosada y tierna, envuelta en telas hipoalergénicas de colores blanco y rosa, cubiertas sus manitas con guantes para evitar que se rasguñe el rostro con sus diminutas uñas. La chiquilla Matilde, la mujer, también la contempla y piensa, en sus momentos de soledad, que ahora será una mamá para aquella criatura, y no puede evitar sentir en su corazón toda la angustia que esa responsabilidad conlleva.

En la soledad del lecho matrimonial, cuando la catarsis inicial pasa, cuando los invitados se marchan de regreso a sus tierras y vuelven a la rutina que les había funcionado para sobrellevar la pena, Ignazio nota su turbación. Se despiertan cada dos horas en la noche, se turnan para cuidar a la bebé y para desvelarse, se aprenden a preparar biberones y cambiar pañales, las ojeras se vuelven parte de sus rostros y en sus ojos se refleja la madurez que la responsabilidad provee. Todos estos cambios, la hacen derramar lágrimas cuando alimenta a la pequeña en medio de la noche, sentada en un mecedor donde su madre se sentaba con ella en otro tiempo, Isabella durmiendo en la habitación de al lado no se percata de éstos momentos en que Matilde se desborda de cansancio y temor, pero Ignazio, aún sin tener ninguna pista de que algo pueda estarle atormentando, es guiado por su corazón en el momento adecuado, encontrándola sufriente a la luz de la luna.

Amore mio —susurra, arrodillándose a su lado cuando la nota limpiando los rastros de lágrimas—, ¿qué pasa?, ¿estás bien?

—Sí, sí, sí… —Pero él sabe que no es así, con la bebé entre ambos le hace mirarle a los ojos—. No —suspira, liberando dos cautivas gotas saladas—, no estoy bien. Tengo miedo, miedo porque no sé si podré ser una buena madre para ella, tengo miedo de decepcionar a Antonella y a Franco, tengo miedo de no ser suficiente para ti, tengo miedo de perderlo todo de nuevo, de perderte de forma definitiva porque sé, lo sé en mi corazón aunque tú nunca me lo hayas dicho, sé que estuviste con otra mujer y sé que te aburriste de mí una vez. Mírame —le dice ella, susurrante aún en aquella temerosa y dolorosa declaración, entonces él, avergonzado y derrotado, de rodillas a sus pies y en su corazón, la mira humillado por la culpa—, dímelo ahora, dímelo porque necesito escucharlo de ti.

—Sí —asiente él, volviendo a esconder la mirada unos segundos—, perdóname, sólo fue una vez, te lo juro… Te lo juro que no volverá a pasar, perdóname…

—¿Por qué? —Llora ella, intentando controlar sus espasmos para no incomodar a la pequeña bebé en su regazo—. ¿No soy suficiente para ti?

Amore, amore… Eres la mujer de mi vida, la primera y la última, yo te amo y eres parte de mí, ¿entiendes? Fue un error, un grave error que me pesará para siempre, pero te juro que mientras tenga vida no habrá nadie más que tú, que mi familia, que nuestra familia; si decides perdonarme seré tuyo ahora y siempre.



Elizabeth Ortiz (EOrtizM)

Editado: 05.01.2020

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